Capítulo VII. Carta de Elsa a Achille Valenti Cancio
Capítulo VII Carta de Elsa a Achille Valenti Cancio
(Treinta días después del Auto de Fe)
Señor Achille Valenti Cancio: tengo a buen resguardo los negativos de vidrio con los que Boggiani realizó las copias que el Miércoles de Ceniza volaron incendiadas en la catedral.
Usted conoce mejor que nadie la trampa que ideó mi madre.
Ella tuvo la prevención de poner dentro de su cuadro solamente las cincuenta y cinco copias de papel de albúmina que mostraban las desgracias de los chamacocos y que volaron en la catedral.
Los cincuenta y cinco negativos de vidrio de esas copias fueron, en cambio, escondidos por mi madre.
En un sitio que sólo ella y usted conocían para preservarlos y que yo descubrí en nuestra casa.
Quiero decirle que ese testimonio de cómo Benítez somete a los chamacocos está ahora a salvo en el convento, señor Valenti Cancio.
He puesto cincuenta y cuatro de esos negativos de vidrio al cuidado del Maese Juan, quien inmediatamente los ha declarado “Bienes de la Santa Iglesia Católica”.
Ya nadie podrá tocarlos sin autorización del Vaticano, que pronto los copiará para dar a conocer las fotografías urbi et orbi .
Sólo me quedé con uno de esos negativos de vidrio y lo destruí.
Usted y yo sabemos por qué. Ahora estoy en paz.
Ahora quiero agradecerle, señor Valenti Cancio.
En una visita que me hizo hace pocos días, Florcita de Mburucuyá me contó sus dificultades con Zíghizi en el monte.
Sé que apenas usted encontró el álbum con esas fotos de Boggiani enterradas junto a su cadáver quiso traerlas a Asunción, como le había prometido a mi madre.
Y lo arduo que le resultó convencer a Zíghizi, que se opuso, como lo había hecho años antes con Boggiani.
El muchacho decía que no quería que el mundo civilizado viera esas fotografías.
Insistía en que, si esas imágenes de las desgracias chamacoco andaban sueltas por ahí, los personajes fotografiados se mantendrían vivos en ellas contagiando de ese pasado oprobioso al presente.
Con ello, ese presente constante y renovado de que gozaba el tiempo en su tierra desaparecería.
Sé también que usted trató de hacerlo cambiar de parecer.
Y le explicó que si en la ciudad se veían esas fotos de la miseria de los chamacocos muchos reaccionarían y esto los ayudaría a salir de la situación que les estaba haciendo padecer Benítez.
Pero él no le quería oír. Le resultaba más importante la preservación de ese hoy constante chamacoco, que el sufrimiento de su pueblo. Y quería destruir las fotografías.
Sé, también por Florcita de Mburucuyá, que usted tuvo entonces que imaginar otro modo de que esas fotos llegaran hasta mi madre.
Algo por lo que le estaré siempre agradecida.
Ella me contó que, haciendo gala de su ingenio, usted le propuso a Zíghizi que ambos volvieran a Asunción junto con las fotografías.
Argumentó que, aunque él y los chamacocos las destruyeran, Agustín Schultz y Carlos Benítez jamás les creerían y las seguirían buscando, persiguiendo a su pueblo hasta el cansancio.
En cambio, le dijo a Zíghizi que si, por el contrario, lo acompañaba a la capital y le contaba toda la verdad a mi madre, ella lo entendería y escondería las fotos y su secreto.
Ese que usted descubrió y sobre el que le prometió a Zíghizi también su propio silencio, señor Valenti Cancio.
Convenció finalmente a Zíghizi con el argumento de que mi madre era la única paraguaya que tenía el coraje necesario como para mentirle al “Emperador del Chaco”.
La fama de mujer dura había ya llegado a oídos de todos.
Incluso a los de Zíghizi. Y le recordó que usted siempre lo había ayudado.
Así es que, luego de dudarlo un poco, esta vez el muchacho aceptó.
De ese modo, usted cumplió con los dos pedidos que le había hecho mi madre: encontrar el cadáver y todas las pertenencias de Boggiani y llevar a Zíghizi a Asunción para protegerlo.
Un gran logro. Gracias, señor Valenti Cancio.
Usted sabía que mi madre iba a buscar, de todos modos, una manera de hacer conocer esas fotos a la gente.
Que ella no iba a dejar de denunciar esa matanza a la que estaban sometidos los chamacocos, entre los que se encontraba el propio Zíghizi, hijo adoptivo de su querido amigo Boggiani.
También sabía que ella tampoco le daría todas las fotos al Maese Juan: él la había excomulgado.
Pero estaba seguro de que ella encontraría un modo de que se conocieran.
Es más, usted mismo la ayudó a concretar la manera.
Mi madre era una mujer muy reservada. Como usted.
Y guardó el secreto sobre la identidad del asesino de Boggiani hasta conmigo.
Igual que yo, que también he callado. Sólo quiero ratificarle a usted que he destruido un negativo: el que muestra a Zíghizi con su nochigo en la mano izquierda.
Conservemos nosotros ese secreto, señor Achille Valenti Cancio.
Uilílli ha sido sobreseído de la acusación por la muerte de Boggiani hace tiempo por falta de pruebas y la investigación de su muerte fue echada al olvido, sobrepasada por los rumores de una guerra con Bolivia que parece cada día más cercana.
Al fin y al cabo, Dios es el único que es capaz de condenar y no quisiera que esa fotografía pudiera despertar alguna nueva sospecha en la gente o avivara un nuevo juicio.
Sé cuánto estima usted a Zíghizi. Y a mí no me corresponde juzgar a nadie.
Mi propia Fe está apoyada en misterios del alma aún más inexplicables que estos.
Le pido un último favor, señor Achille Valenti Cancio.
Usted ha sido un hombre entero. Leal a mi madre y a los desvelos de Florcita de Mburucuyá por Zíghizi.
Le ruego que vaya a buscar a esa niña y a su muchacho, y que les lleve el título de propiedad de la pequeña parcela de tierra que obtuve del señor Schultz y que adjunto a esta misiva.
Allí podrán vivir ambos, a salvo de la prepotencia de Benítez, junto al resto de los chamacocos.
Creo que eso le brindará futuro al amor que se tienen ella y Zíghizi.
Dígale también a Florcita de Mburucuyá que perdone.
Explíquele que, desde ahora, ambos son dueños de esa parcela de tierra.
Y que, tanto ellos, como las fotografías de las desgracias de los chamacocos están bajo la protección de la Santa Iglesia Católica.
Nuevamente gracias, señor Achille Valenti Cancio.