Capítulo VI. Carta de Agustín Schultz a Carlos Benítez
Capítulo VI Carta de Agustín Schultz a Carlos Benítez
(Veinticinco días después del Auto de Fe)
Señor Carlos Benítez, cuando le llegue esta carta estará tomando un tereré con zarzaparrilla en su estancia y puedo imaginar cómo le caerá el brebaje después de leerla.
Nuestro plan se desmoronó de la peor manera.
Por un sortilegio que pareciera tener más que ver con la magia que con el seso con el que hemos planeado todo.
Entregué el título de la parcela de Boggiani a Elsa, la heredera de Magdalena, y ella me mandó el diario y las pertenencias de Boggiani, tal como habíamos acordado.
Cuando recibí sus cosas, había una carta de ella, a través de la cual me enteré de que, unos días antes, había quemado en plena catedral el cuadro de su madre que había pintado Boggiani y que éste había revelado en ese acto su secreto.
Elsa explica en la misiva que, ese día, volaron sobre la cabeza de los asistentes de aquel conjuro las fotografías de la miseria chamacoco que usted ha producido con su prepotencia y sus abusos, y que yo también ayudé a concretar.
Esas fotografías que realizó Guido Boggiani.
Y ahora todo Asunción habla de sus desmanes.
Al enterarme de lo sucedido imaginé las represalias que usted podría ordenar sobre mi persona por no haber podido manejar este tema con mejor pulso.
Por eso he venido rápidamente desde mi quinta de Areguá hasta la ciudad de Asunción, en la cual tomé sin demora el Humaytá hacia el sur.
Le expediré esta carta en cuanto pise el primer puerto de Corrientes y seguiré inmediatamente mi viaje hasta algún lugar de la tierra.
No le diré cuál, claro está. Llevo conmigo todas las pertenencias que había dejado Guido Boggiani en el Paraguay luego de su muerte.
Incluso algunas cosas que no tenía Elsa en su poder.
Antes de ir a Asunción hice un viaje hasta Bahía Negra, donde entré al precario rancho donde vivía y revelaba sus fotografías, y me alcé con todo lo que he podido acarrear en dos caballos.
Tengo el contrato firmado por Elsa en el que me cede todas las pertenencias de Boggiani.
Comercializaré las fotos en Europa, donde están de moda los retratos de aborígenes.
Para usted, en cambio, no hay más que malas noticias.
No había un segundo diario de Boggiani ni nada redituable, señor Benítez.
Elsa nos engañó. Lo que imaginamos como un segundo diario con secretos valiosos era sólo un álbum de fotografías.
Y, de todas ellas, las más comprometedoras para usted estaban escondidas en el cuadro.
Mediante un diabólico mecanismo, esas imágenes volaron sobre la gente reunida en la catedral.
Y con todo dolor tengo que decirle que la situación de los chamacocos en sus tierras es ahora vox populi .
Asunción entera habla de eso. Hasta el gobierno sufrió tal presión popular que debió actuar.
Pronto tendrá noticias de ellos. Una dotación militar salió ayer hacia Las Arenas, su inmensa estancia, para pedirle explicaciones, señor Benítez.
Imagino su disgusto y su consecuente furia.
Hasta a mí la situación me ha tomado por sorpresa.
Me queda claro que nunca me perdonará el daño que ocasionará a sus negocios mi impericia en el caso.
Lo acepto. Pero recuerde que, en una oportunidad, usted mismo me nombró como uno de sus testaferros, señor Benítez, una práctica a la cual está acostumbradísimo.
Si no, nunca hubiera podido hacerse de las miles de leguas que hoy posee, violando todas las leyes del Paraguay.
Quiero recordarle aquí que, gracias a usted, conocí a muchos de sus otros testaferros y me informé de sus maniobras con lujo de detalles.
Usted mismo me contó algunas de ellas en nuestras noches de charla y alcohol.
Tengo además un documento que su contador le dejó al Maese Juan en su última confesión, señor Benítez.
Hace tiempo Elsa lo consiguió para mí, como una prueba de amor.
Es una investigación que realizara la doña Gabriela Dalla-Corte Caballero llamada “Empresas y tierras de Carlos Benítez en el Chaco Paraguayo; historias, negocios y guerras”.
Así que no trate de buscarme ni de vengarse.
¿O quiere que le recuerde algunos de los nombres de ese informe? Le transcribo aquí sólo un tramo.
“La compra de las 2.800 leguas cuadradas del Señor Carlos Benítez permite observar cómo utilizó a testaferros, con la finalidad de eludir la legislación paraguaya. Entre ellos encontramos a Ladislao Montes, quien vendió a Benítez 300 leguas cuadradas chaqueñas (lotes 151, 170 y 183). Pero el mismo día en que Ladislao Montes encargó esta transferencia, José Montes, su hermano, vendió también otras tierras a Benítez por valor de $ 8.400 fuertes. En tanto, su primo, Carlos María Palacio, en realidad, el sobrino de Carlos Benítez, hijo mayor de María Ignacia Aramburú y de Carlos Portal, vendió a su tío otra ‘suerte de tierra’ ubicada en el Chaco Paraguayo…”.
Podría seguir, señor Benítez, pero para muestra es suficiente esta engorrosa trama de apropiaciones que tan inteligentemente usted ha armado.
Yo le aconsejaría que me olvide. Done algunas tierras a los chamacocos, regáleles varias raciones de comida y ganado, ofrézcales trabajo y haga todo esto públicamente.
Después deje que el tiempo pase. Los años borran toda huella.
Al lado de gestas como la suya, la denuncia que contienen las fotografías del señor Guido Boggiani será olvidada rápidamente.
Él ha dejado sólo fotografías. Usted, en cambio, dejará mucho dinero a sus herederos.
Y, en estas tierras sudamericanas, el dinero es poder.
Y el poder es silencio. Y aquí el silencio vuelve a transformarse en dinero. Usted lo sabe mejor que nadie.
¡Adieu, monsieur Carlos Benítez! No trate de encontrarme. Recuerde que yo, al igual que usted, soy un hombre rústico y sin escrúpulos.