Capítulo V. Carta de Elsa al Maese Juan
Capítulo V Carta de Elsa al Maese Juan
(Siete días después del Auto de Fe)
Querido Maese Juan: todo está en orden. He mandado al señor Schultz las pertenencias de Boggiani y tengo el título de la parcela de campo que, tal como mi madre me pidió, le enviaré prontamente a Zíghizi a través del señor Valenti Cancio.
El cuadro endemoniado también fue conjurado.
Y su exorcismo en nuestra querida catedral me hizo descubrir el verdadero secreto de Boggiani.
Un descubrimiento que me urge confesarle.
Como usted sabe, hay muchas elucubraciones acerca del asesinato de Guido Boggiani.
Algunos han dicho que sus amores equívocos han sido la causa de su muerte.
Otros, que quien lo ha matado respondía a poderosos intereses y, los más, que su muerte fue inspirada por la superstición de los chamacocos respecto de su dios Nemur.
Pero la verdad es otra. Más profunda. Y va más allá de esas explicaciones. Sólo unos pocos la conocemos.
Luego de varios intentos, Guido Boggiani había querido saltar de una cultura a otra e intentó amalgamarse con ese mundo salvaje que lo atraía, para convertirse en una persona nueva.
Durante su primer viaje, trató de cruzar ese puente haciendo cada vez más real su pintura, hasta transformarla casi en el paisaje mismo.
Pero pronto entendió que esos intentos eran gestos estéticos vacíos.
Luego probó con su propio físico. Se sometió a pecados de abominable desenfreno y vivió meses entremezclando su cuerpo con la naturaleza y con otros seres de su propio sexo, en un intento nefando por sentir el pulso mismo de nuestra tierra en su piel.
Pero ni siquiera estos experimentos le dieron resultado.
El verdadero salto sólo fue posible gracias a otro arte: la fotografía.
Y, más específicamente, a esas últimas cincuenta y cinco fotografías del álbum que encontró el señor Valenti Cancio y que le permitieron atravesar los límites de su propia cultura.
Me explico. En sus primeras expediciones fotográficas por el monte chamacoco, Boggiani ya había descripto a los indios con mejor arte que nadie.
Porque, hasta entonces, las fotografías de aborígenes exaltaban solo sus características extravagantes.
Pero ¿sabe usted, Maese Juan, que Boggiani fue el primero en fotografiar una sonrisa de una india sudamericana?
¿Que esa sonrisa natural en una de sus fotos traza una línea de un antes y un después en la historia de la fotografía de este continente?
¿Que el humanismo de sus vistas comenzó a ser cada vez más elocuente con los días y que no encajaba con aquella época de fotografías en donde los aborígenes eran retratados como especies animales?
Ése fue un rasgo fundamental de sus fotografías.
Y su descubrimiento. Darse cuenta de que ese arte tenía un arma que ningún otro arte tenía: la propiedad de la verdad.
Que la dependencia con la realidad de la fotografía era una ventaja única, su realismo incontestable y su memoria perfecta.
Entonces Boggiani dio otro paso. Porque, a pesar de la naturalidad con que fotografió a sus “dioses de la tierra”, esas primeras fotografías aún conservaban algunos patrones estéticos.
En cambio, no hay rastro de aquellas normas estéticas en las cincuenta y cinco fotografías de Boggiani sobre la miseria de los chamacocos, esas que cayeron del cielo en la catedral.
Muchos cuerpos aparecen fotografiados allí casi sin arte.
Atrapados al vuelo. Usurpados con apuro documental, sólo para ser cobijados en la memoria fotográfica como testimonio.
Algo nunca visto hasta el momento, Maese Juan.
Luego de haber pintado durante años, Boggiani había descubierto que su aparato de tomar fotografías era capaz de congelar a ese animal escurridizo de la memoria.
Ese mismo que no quería soltar mi pensamiento hasta ahora.
El que no quería dejar de moverse. Se había dado cuenta de que ese mecanismo de lentes, vidrios y pócimas era apto para detener la memoria y enviarla al futuro.
Que allí radicaba su enorme poder. No se había inventado, hasta ese momento, un sistema para atrapar la vida.
Y ahora lo tenía en sus manos. La fotografía le había hecho atravesar ese puente que tanto quería pasar porque ese sistema era capaz de contar la mismísima realidad.
Más aún: era más perfecta que la realidad: permitía detenerla, escudriñarla y volverla presente, ese sitio donde la memoria puede adquirir todo su espesor.
Ése fue el gran descubrimiento de Boggiani. Pero también el horror de los chamacocos, Maese Juan, porque, con las fotografías de Boggiani, su presente infinito comenzaba a llenarse de pasado, cambiando la forma que para ellos tenía hasta entonces el tiempo.
Guido Boggiani estaba empeñado en llevar ese registro de la miseria chamacoco a la civilización, a su mundo.
Trasladar esa memoria y esa denuncia, intactas.
Así es que cuando Zíghizi se opuso por miedo a que las fotografías de Boggiani pudieran modificar aquel presente constante en el que vivían los chamacocos, Boggiani lo enfrentó.
No quería que su trabajo sobre la miseria en que Schultz y Benítez habían dejado a ese pueblo fuera echado al olvido.
Si sus fotografías desaparecían, aquella realidad oprobiosa de los chamacocos también desaparecía.
Pero, además de ese testimonio, desaparecería también esa nueva manera de hacer arte que él había descubierto.
Y, con ello, de alguna manera, también él desaparecería.
Así es que trató de convencer a Zíghizi. Y discutieron durante días.
Pero ésa fue sólo una parte del problema porque, pronto, otra preocupación mayor se fue colando en la mente de Boggiani, Maese Juan.
El italiano sabía que, hasta entonces, para el mundo civilizado, la realidad jamás había sido parte del arte.
Es más, había sido desprestigiada por los artistas.
Y, a poco de cavilar, se dio cuenta de que no le bastaría con llevar sus fotografías a ese mundo porque, aunque fueran mostradas en Asunción, la gente tomaría su realismo sólo como un nuevo artificio estético.
Hacía más de cincuenta años que la fotografía venía luchando por ser arte, tratando de imitar a la pintura, intentando alejarse de la realidad para aparentar ser más “artística”.
Hasta entonces, poquísimos fotógrafos, como él, habían entendido que el poder fundamental de la fotografía no estaba en imitar al arte pictórico del caballete sino, al contrario, en exaltar su capacidad de mostrar verdades del presente, Maese Juan.
Esa crónica fotográfica que hoy nos deslumbra con hechos de la vida real en algunos periódicos no existía en ese entonces.
Y se pensaba que todo arte refería siempre a un mundo imaginario.
Boggiani se dio cuenta entonces de que, aunque él llevara sus fotografías a Asunción, nadie comprendería que esas imágenes de la miseria chamacoco eran hechos verdaderos.
Las verían siempre como arte. Y entonces se volvió más oscuro que nunca.
Se preguntaba una y otra vez cómo conseguir que esas fotografías fueran miradas como una crónica real.
Cómo llenarlas de verdad. Cómo certificar la realidad que mostraban sus fotos.
Durante semanas estuvo pensativo. Hasta que, finalmente, encontró una solución rotunda.
Inesperada. Extrema. Se dio cuenta de que el único modo de corroborar la veracidad de sus fotografías era ligarlas con un hecho que la sociedad paraguaya pudiera reconocer como verídico, sin ninguna duda. Un hecho que fuera pura verdad.
Maese Juan, comprendí el verdadero motivo de la muerte de Boggiani recién cuando Ópiét me releyó las únicas frases del italiano incluidas en el final de su álbum fotográfico. Unas palabras que me dieron la clave de su muerte.
“He visto morir cientos de animales en manos de los chamacocos. Observé, en esos momentos, que el horror en sus ojos parece compensado por la tristeza que embarga las miradas de los matadores. Pareciera que, por un instante, los hombres murieran junto con ellos. Que matador y muerto se volvieran uno y que ese acto sagrado produjera una nueva verdad: la verdad que sólo es capaz de certificar un acto de sangre derramada. Único acto que contiene una verdad innegable”.
¿Dónde termina lo propio y empieza lo ajeno, Maese Juan?
¿Hay un borde de cada uno de nosotros? Quiero decir, la piel ¿es una pared infranqueable?
Y el cuerpo, ¿es un recipiente adecuado para el alma?
Porque a veces parece más bien un lecho incómodo para un adminículo tan delicado como ese.
¿Qué hay del mundo en cada uno? ¿Nosotros somos solamente nosotros o hay otras partes más en cada uno vagando por ahí? ¿Cuál de todas nuestras memorias somos?
Guido Boggiani se dio cuenta de que sus fotografías de las desgracias chamacocos necesitaban ser corroboradas con un acontecimiento que fuera irrefutable, Maese Juan.
Algo que fuera reconocido como verdadero por el mundo al cual él pertenecía.
Algo que les confiriera veracidad inapelable a sus fotografías y las alejara de toda interpretación bucólica, proyectándolas al nuevo siglo como una manera nueva de hacer arte con los hechos reales del mundo.
Ha comenzado un nuevo tiempo que será el de la desconfianza.
Yo misma fui inoculada hace poco con esa enfermedad.
El señor Schultz me la contagió. Y ese pecado no tiene cura, se lo aseguro.
Porque desde ahora nada será tomado por cierto hasta que no esté corroborado con testimonios.
Todo será puesto en duda, Maese Juan. Éste no será el siglo de la religión.
Será el siglo de la realidad. Y, por ende, el de la fotografía, único arte capaz de certificar esa verdad.
De “ser” la realidad. Ha terminado para siempre el tiempo de la Fe.
Ya nadie confía en nadie, Maese Juan. Ni en Dios. Ni siquiera yo.
Boggiani quería pasar ese puente, atravesar una barrera.
¿Locura, pasión, forma extrema de arte, o sólo deseo de salvar a su hijo adoptivo del avance de los terratenientes?
Quién sabe. El caso es que lo logró. Por eso parecía más feliz que nunca la última vez que apareció en la casa de mi madre en Asunción y le pidió que, si le pasaba algo, rescatara su legado fotográfico.
Recién entonces volvió al monte y le comunicó a Zíghizi que se llevaría sus fotos a Asunción.
A pesar de saber que, en nombre de su pueblo, él se lo impediría.
A cualquier costo. Luego dejó que los hechos sucedieran.
Sin oponerse. Y así consiguió lo que buscaba: certificar sus fotografías con otro hecho que le contagiaba realidad.
Con un muerto en el monte donde había tomado esas fotografías. Con su propia muerte.
Sé que usted perdonará a su asesino gracias a la comprensión del alma humana que le ha brindado su práctica cotidiana con Dios, Maese Juan.
Cada cultura tiene sus razones. Yo también lo perdoné.
Luego de terminar de comprender el misterio que rodeaba la muerte de Boggiani.
En medio del Auto de Fe. Con aquella última explosión que lanzó al aire el retrato de un nativo joven a quien las llamas le habían devorado la cabeza.
Y que cayó sobre mí, justo en el banco donde estaba hincada.
El muchachito aparecía con un garrote de piedra en la mano izquierda y estaba completamente desnudo.
En la parte inferior de la fotografía se podía leer, escrito a mano, “Zíghizi, il mancino, col suo nochigo di petra”.
¿Sabe lo que quiere decir “ mancino ”, Maese Juan?
Mancino significa zurdo. La fotografía estaba fechada en abril de 1901.
Fue la última que hizo Boggiani antes de ser asesinado. ¿Comprende, Maese Juan?