El fotógrafo del paraíso Capítulo IV. Sigue la carta de Elsa a Agustín Schultz
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Capítulo IV. Sigue la carta de Elsa a Agustín Schultz

Capítulo IV Sigue la carta de Elsa a Agustín Schultz

(Cinco días después del Auto de Fe)

Retomo mi carta, señor Schultz. ¿Ha dormido bien en estos días?

Yo no. Muchas cosas me han estado repicando en la cabeza estas últimas tres jornadas en las que me llamé a silencio, en las cuales descubrí que uno tiene allí una cantidad de cajones llaveados que se van abriendo durante la vida.

Algunos no llegan a abrirse nunca y uno muere con los cajones cerrados.

Y a veces es mejor que así sea. El problema es que usted abrió uno de esos cajones que no debía haber abierto nunca.

Por eso, estuve a punto de deshacer nuestro pacto y desoír la voluntad de mi madre.

Pero luego me di cuenta de que, en realidad, quería lo contrario: ser la primera en revelarle el misterio que ronda la muerte de Boggiani.

Me refiero al secreto que terminó de conocerse el pasado Miércoles de Ceniza en nuestra querida catedral. Escuche. Aquí voy.

Ese día todo Asunción se enteró de aquello que usted tanto buscó, señor Schultz.

No lo sabe, ¿cierto? Tanto esfuerzo que usted hizo por poseer ese secreto y ahora está en manos de todos…

Pero no vaya a pensar que la vida es injusta.

Le aseguro que, dadas las circunstancias, hasta me va a agradecer, porque esta carta le brindará la oportunidad de conocer ese secreto antes que el señor Benítez, y esto le dará ventaja.

Hay que ver el lado bueno de las cosas, señor Schultz. La vida es el ejercicio de conformarse.

Hasta ahora, ni usted ni él conocen los detalles de este último suceso en la catedral, ni sus consecuencias.

Las noticias llegan al norte de nuestra patria, donde está Benítez, con la misma lentitud con que las lleva el Humaytá , remontando el río Paraguay contra la corriente.

Y también tardan en llegar a la quinta donde usted vive en Areguá, aunque esté más cerca de Asunción, pues el camino de tierra ofrece grandes dificultades.

Pero le he pedido a Ópiét que le lleve a usted esta misiva junto al resto de mi parte de nuestro intercambio en el carruaje del obispo que se encuentra en el convento, el medio más veloz que existe en nuestra ciudad.

De ese modo usted conocerá estos sucesos antes de que, en el lento navegar del Humaytá , lleguen estas noticias hasta la lejana estancia Las Arenas, de Benítez.

No diga ni una sola palabra. Ya he perdido la paciencia. Solo escuche. Le conviene.

Boggiani mantuvo algunas pláticas con mi madre antes de desaparecer para siempre en la espesura del monte, señor Schultz.

En las últimas visitas que le hizo le decía que, entre los chamacocos, había constatado una cosa que llevaba guardada muy adentro desde hacía años.

Y le explicaba, con una pasión que rayaba la locura, que no le era posible sustraerse a la rusticidad de esta tierra.

Sobre todo, a la vigencia constante que tenía allí el presente.

Le advertía que, en aquel monte perdido, el hoy se entremezclaba en cada cosa y luego se desvanecía sin dejar señales, dando paso a algo nuevo cada día.

Insistía también, una y otra vez, con que quienes la habitaban eran como el Hermes de Praxíteles, una estatua que había visto en el pueblo griego de Olimpia, en el viaje que había hecho junto con sus amigos D’Annunzio y Hérelle.

La única pieza auténtica de ese escultor que aún existía, señor Schultz.

Usted no entiende ni le importan estas cosas.

Pero Boggiani repetía con fervor que esa estatua que había visto en Grecia había logrado sobrevivir a su tiempo y que, por lo tanto, era la única que contenía la antigüedad en primera persona.

Al igual que sus propias fotografías de los chamacocos, que decía tenían la misma fuerza de aquella escultura, gracias a la memoria de las desgracias de aquel pueblo que él había logrado encerrar en ellas.

“Parecía poseído por un delirio”, me decía mi madre.

“Pero también parecía más feliz que nunca”, subrayaba.

Pero vayamos al punto que le interesa, señor Schultz.

Hay trescientas sesenta fotografías con sus correspondientes negativos de vidrio que recuperó el señor Valenti Cancio y que le enviaré, con imágenes de bellos paisajes, muchachitas tatuadas y muchos jóvenes bellos.

Aquellos que Boggiani llamaba “mis dioses sin tiempo”.

Pero lo que usted no sabe es que, además, hay otras fotografías que nadie nunca había visto hasta el pasado Miércoles de Ceniza.

Y no existen negativos de esas otras fotografías, señor Schultz.

Boggiani debe haber perdido o roto esos vidrios en alguno de sus viajes por el monte.

O los chamacocos los habrán destruido, quién sabe.

Las únicas copias de esos negativos que había llovieron en nuestra catedral sobre los concurrentes al conjuro.

Así que usted nunca podrá verlas. Una lástima.

En cambio, todo Asunción sí las vio. Escuche atentamente.

*

Como ya le relaté, en la primera fila de nuestra querida catedral todos esperábamos que ardiera el cuadro de mi madre preparado para el conjuro.

El presidente de la república empezó a impacientarse y su mujer le hablaba al oído.

De repente una pequeña lengua de fuego comenzó a salir por el agujero que había hecho yo con la navaja en su entrepierna el día que mi madre murió.

El fuego dibujó una corona delgadísima alrededor de su “llaga” y luego se dispersó con rapidez por sus muslos y por su torso. Finalmente envolvió su rostro.

En ese momento empezaron las explosiones, señor Schultz.

Tres en total, una detrás de otra. Con la primera, parte del marco de madera voló por el aire y dio contra la figura de la Virgen de Caacupé que estaba al lado del altar.

Los feligreses que aún quedaban en las primeras filas se guarecieron como pudieron.

El presidente y la plana mayor del obispado corrieron hacia el fondo de la catedral, donde se amontonaron detrás de un Cristo enorme.

Sólo quedé yo, en mi banco de la primera fila, viendo cómo se cumplía el pedido de mi madre.

Lo que intuía sucedió unos minutos después.

Con la segunda explosión volaron por el aire una cantidad de fotografías de albúmina que se hallaban escondidas entre la tela y el fondo del cuadro.

Decenas de retratos de aborígenes: rostros de mujeres esqueléticas, cuerpos de mujeres desnutridas, niños muertos de hambre, jóvenes flaquísimos, desnudos.

Pedazos del pueblo chamacoco, maltrecho y ardiendo, cayó como una lluvia desde el cielo.

A pedido de mi madre, el señor Valenti Cancio había puesto dentro del cuadro tres cartuchos de magnesio que Boggiani usaba como luz para sus fotos nocturnas.

Que explotaron. ¿Comprende, señor Schultz?

No había sido contra el caparazón de la termita que había chocado mi cuchillo el día de la muerte de mi madre, sino contra uno de esos cartuchos.

Aquella guerra duró un rato largo, durante el cual vi el cuerpo de mi madre deshacerse.

En un momento hubo una tercera explosión mucho más grande y luminosa.

Lo que quedaba del cuadro voló en pedazos y otra lluvia de fotografías incendiadas cayó desde el techo de la catedral.

Los presentes las tomaron y observaron las escenas de hambruna que mostraban.

Y el destino hizo que a mí me cayera una en la mano.

Una fotografía muy especial. Pero de eso no voy a hablar con usted.

Es suficiente que sepa que así terminó una parte de ese “segundo diario de Boggiani, que usted tanto deseaba obtener completo, señor Schultz.

Pero las fotografías que muestran las desgracias de los chamacocos que usted y Benítez desataron están ahora en manos de todo Asunción.

Ése era el secreto de Boggiani, señor Schultz.

Siento decepcionarlo. El diario de Guido Boggiani no guarda nada redituable.

La memoria de los chamacocos, incautada en sus fotografías, era el único secreto que contenían.

Un secreto que ahora ha desaparecido, quemado, pero que antes de hacerlo ha quedado a la vista de los habitantes de Asunción.

En estos días, toda nuestra capital habla de esas imágenes, algo que ni usted ni el señor Benítez hubieran querido.

Ya lo ha dicho el Maese Juan: los caminos del Señor son misteriosos.

Y en esta vida cada uno tiene antes o después su merecido.

Como ya le he expresado, la gentil Ópiét le llevará hoy mismo esta carta hasta su casa.

Aquí la doy por terminada. Trasladará, junto con ella, la cámara, las trescientas sesenta fotografías más sus negativos de vidrio y las demás pertenencias de Boggiani que obran en mi poder.

Tengo el título de propiedad de la parcela de Boggiani que usted me envió y que, a pesar de saber que fue robado, aceptaré para poder cumplir el deseo de mi madre.

Así es que estamos a mano. Y ahora voy a despedirme para siempre: no quiero saber nunca más de usted.

Aunque no sólo me despido aquí de usted, sino también de su recuerdo.

Ese que me repica todavía en el alma o, lo que es peor, en mi cuerpo.

*

Sé que usted me dirá que quiere conocer el porqué de la muerte de Boggiani y la identidad de su asesino.

Y que, a la desilusión de que el secreto que guardaba Boggiani no tiene valor monetario alguno, se le sumará la pregunta de por qué le he escrito esta larga explicación que, sabía, no lo conduciría a ningún lugar concreto, ni valioso.

Pero, sin embargo, no es así. Este relato lleva exactamente al lugar donde lo quería llevar, señor Schultz.

Las cosas no son siempre una mercancía que puede medirse, pesarse, obtener un resultado en contante y olvidarse.

Cosas tales como el amor o el odio quizá no sean, a veces, solo sentimientos pasajeros que se diluyen en el olvido con un nuevo abrazo, pierden valor con el tiempo o se disuelven de a poco con el pasar de los años.

También pueden ser perdurables. Casi eternas.

Y no tener precio. Claro que hay una explicación para la muerte de Boggiani.

Pero no hay en ella nada económico, tal como usted esperaba.

Me entiende. No todo es material en la vida. Ésta es mi lección para usted.

A Boggiani lo mataron los chamacocos bravos por miedo a Nemur, señor Schultz.

Ya habrá escuchado que la tradición chamacoco dice que los primeros hombres de esa nación habían matado a unos seres que les habían dado la vida.

Una especie de dioses. Y que de esa matanza se había escapado uno de ellos, Nemur, que había jurado volver para vengarse de los chamacocos.

Ellos vivían siempre con ese miedo. Cuando vieron que las fotografías de Boggiani podían llevar a un hombre verdadero a un papel, volver alguien vivo a lugar muerto y así volver el presente pasado, empezaron los rumores entre ellos.

Se preguntaban si aquellas fotografías no serían también capaces de dejar abierto el camino para que alguien lo camine al revés, para que un muerto volviera a la vida y desde el pasado regresara al presente.

Decían que a Nemur le sería fácil retornar al mundo a través de una fotografía, ese puente peligroso que había construido Boggiani.

Por eso, los chamacocos no querían que esas fotografías anduvieran dando vueltas, con el riesgo de que Nemur las encontrara.

Eso era lo que les asustaba a los chamacocos.

Y a Zíghizi. Pero Boggiani quería llevar sus últimas fotos testimoniales a Asunción.

Para que todos supieran lo que estaba pasando en el monte por la maldad de Benítez.

Y, para evitarlo, lo mataron y enterraron sus fotografías.

Quédese con esa explicación y no indague más.

Respecto de la identidad del asesino de Boggiani, señor Schultz, le recomiendo que tampoco crea en los rumores que ponen en duda la autoría de quien ya fue juzgado por este triste suceso.

Aunque las pruebas para una acusación de asesinato tal vez no hayan bastado para condenar a Uilílli y finalmente haya sido liberado.

Créame. Se lo dice “su puta”. Fue usted quien me bautizó de ese modo y me hizo descubrir al demonio que yo mantenía escondido.

Aunque ya le he advertido que no debería confiar en historias contadas por putas.

Adiós, señor Agustín Schultz. El Maese Juan me espera. Y debo confesarme.