El fotógrafo del paraíso Capítulo III. Carta de Achille Valenti Cancio a Magdalena #3
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Capítulo III. Carta de Achille Valenti Cancio a Magdalena #3

Hoy, dos meses después de iniciada la expedición, encontramos abandonados en un sitio cinco cartuchos de magnesio, una jeringa de Pravaz y un trípode.

Volví a interrogar a Uilílli y me dijo que Boggiani había querido quitarle la mujer a otro indio y que éste lo había asesinado.

No le creí. En las expediciones, los chamacocos no llevaban mujeres.

Lo puse boca abajo y le encajé el caño de mi Winchester dentro del culo, embadurnado con sebo.

Uilílli intentó dar una nueva versión de los hechos.

Zíghizi tradujo. Habló de un cudinho que según él era amante de Boggiani.

Yo sé de esos jovencitos caduveos amanerados, que visten como mujeres, tienen las artes de aquellas y son respetados por sus dotes chamánicas.

He visto a muchos nativos aparearse con esas hermafroditas en el monte.

Uilílli explicó que, durante esta última expedición de Boggiani, el guía le disputaba aquel cudinho y que Boggiani había impuesto su poder a punta de fusil para tenerlo.

Pero que una noche el guía lo emboscó. Y lo mató a traición, con un nochigo de piedra.

Enseguida Uilílli dijo que no sabía más y pidió clemencia.

Pero no se la concedí. Destrabé el mecanismo del fusil y con un “clac” seguro armé la horquilla de la recámara.

Empujé el Winchester aún más adentro del ano.

El indio gritó. Y esperó el tiro. Pero, en cambio, le pregunté: “¿Dónde está el cuerpo de Boggiani, Uilílli?”.

Cuando Zíghizi se lo tradujo, Uilílli le contestó algo.

Zíghizi indicó entonces un lugar en un monte cercano.

Saqué el fusil. Sangrando por el culo, el indio gateó, llorando.

Cuando llegamos al lugar, las manos de Uilílli comenzaron a excavar y apareció otra cantidad de objetos de Guido Boggiani: su diario y la máquina fotográfica que había traído de Italia.

Esas pertenencias dispersas entre los indios son aquí el mismo Boggiani, Magdalena.

Estos indios maulas lo tienen cautivo en cada objeto suyo.

Tengo que recuperarlos todos para juntar sus partes.

Para devolverle un Boggiani completo, tal como se lo prometí.

*

Una hora después del hallazgo, Uilílli cree que se ha salvado.

Pero no. Apoyo una vez más el Winchester, embadurnado en mierda, en sus sienes, y exijo nuevamente el cuerpo de Guido Boggiani y sus fotografías.

El indio patalea y grita. Habla algo con Zíghizi.

Discuten en esa lengua incomprensible. Finalmente, Uilílli confiesa ser el asesino.

Anote, Magdalena. Servirá en el juicio al que lo someterán en Asunción.

Seguimos las indicaciones de Uilílli y en un claro del monte encontramos los huesos del fotógrafo, diseminados por los pájaros a lo largo de doscientos metros.

En perfecto estado, pero sin cabeza. A diferencia de lo que hacían con su propia gente, los chamacocos no enterraron a Boggiani, un gran agravio.

Hago plantar una cruz en el sitio. Pero faltaban las fotografías y el cráneo.

Le he prometido que le llevaré todo, Magdalena.

Así que en ese mismo momento pongo la punta del Winchester en medio del vientre de Uilílli, llamo a Zíghizi y, ante la mirada atónita de todos, vuelvo a preguntarle: “Por última vez, ¿dónde está el cráneo del joven italiano? Pero, sobre todo, ¿dónde está la parte que falta del diario de Guido Boggiani, Uilílli? ¿Las fotografías? ¡Hable!”. Zíghizi traduce.

Uilílli me mira con unos ojos que, muchos años atrás, me hubieran enternecido. Llora otra vez como un niño y me doy cuenta de que se desespera.

“Decile que su vida depende de su respuesta”, le digo a Zíghizi.

“Decile que él sabe que la ley aquí no llega. Nadie sabrá si sus intestinos los desgarró un tigre. No podrán acusarme de que fue mi arma. Mi palabra es la que vale para los blancos. Decile a ese indio roñoso que piense, pero que piense bien”.

Zíghizi se lo repite, palabra por palabra. Pero Uilílli sigue mudo.

Vuelvo a pedirles a mis ayudantes que pongan al indio boca abajo, Magdalena. Tomo el Winchester, pero esta vez se lo encajo más adentro. El indio lanza un grito feroz. Cargo el arma.

“Por última vez… no estoy bromeando”.

Casi no se distinguen los rasgos en la cara embarrada de Uilílli, que mira a Zíghizi y balbucea algo. Entonces es ahora Zíghizi quien me mira y dice “allí”, indicándome un sitio junto a un quebracho.

Saco el Winchester del culo de Uilílli de un solo tirón y el indio da un alarido más fuerte que el anterior.

Lo desatamos. Gatea apenas, sangrando por el culo.

Se acerca a un quebracho. De repente mira nuevamente a Zíghizi, que le devuelve la mirada.

Se detiene. Quita la hojarasca y escarba la tierra con las manos, que también sangran.

Cada tanto mira a Zíghizi, que le dice algo en su lengua.

Un rato después aparece una caja. La abro.

Dentro hay muchas fotografías. Cuento: son trescientas sesenta copias de albúmina con sus correspondientes negativos de vidrio.

Pero debajo de la caja aparece además un libro.

Un libro más grande que el primer diario y que no terminaba de salir.

Cuando me lo dan abro el libro y descubro que no es un diario, sino un álbum con más fotografías.

Vuelvo a contar. Estas son cincuenta y cinco copias fotográficas.

Hay debajo de él igual número de negativos de vidrio.

Comparo las fotos del álbum con esos negativos.

Las cincuenta y cinco copias corresponden a esos cincuenta y cinco negativos.

De repente, cuando ya nos disponíamos a irnos, Zíghizi toma una pala y comienza a cavar más profundamente con energía.

Un momento después extrae la calavera de Boggiani.

Tiene un agujero enorme en el lado izquierdo, producido por un golpe fuertísimo hecho, evidentemente, con un elemento muy pesado.

¿Un nochigo de piedra? Creo que quien lo mató tiene que haberlo hecho a traición ya que no había en su esqueleto ningún signo de lucha.

Sorprendiéndolo con un fortísimo golpe desde atrás.

Y a juzgar por la fuerza que requiere ese enorme impacto en el lado izquierdo de su cráneo, probablemente el asesino era zurdo.

Zíghizi me da la calavera y yo lo miro asombrado. ¿Cómo sabía él que allí también se hallaba el cráneo del italiano?