Capítulo III. Carta de Achille Valenti Cancio a Magdalena #2
Un mes después llegué hasta la tierra de esos tomárâho que habitan el fondo del monte.
Estaba a mitad de camino entre Bahía Negra y la laguna Pitiantuta.
Me dijo Zíghizi que hasta allí había llegado Boggiani.
Y que, para entonces, el italiano se había transformado.
Usted me ha dicho, Magdalena, que él se buscaba a sí mismo.
Y que le había dicho que con esta segunda gran expedición esperaba conseguir mejores pieles que con la que había hecho años antes, a las tierras del rey Nawuilo.
Pero también entender un secreto que guardaba su alma y que todavía no era capaz de entender.
A los tomárâho les ofrecí comprar artesanías.
Varias mujeres trajeron algunas bolsas de chaguar, un mate y dos vasijas pintadas.
Las compré y pedí más, a los gritos, sabiendo que esa voz recorrería su tierra y otros traerían más objetos para venderme.
Quizá, entre ellos, las pertenencias de Boggiani.
Al rato, ocho mujeres más se agolparon ofreciendo vinchas, cuencos y una piel de jaguar: nada.
Seguí hacia el oeste. El monte se volvía cada vez más intrincado.
Vi los primeros signos claros: un árbol herido de un balazo, las huellas de un caballo herrado que la sequedad de la tierra había preservado.
En esos días varios guías huyeron. Sabía, hacía rato, que otros indios nos seguían.
Presentía sus miradas desde el monte, sus pasos acechando los nuestros, sus miradas espías.
Supe que, en adelante, no encontraría más que campamentos vacíos.
De repente la suerte cambió. Acampamos en una laguna y unos indios que aparecieron para vender tabaco me dijeron que, tiempo atrás, un extranjero había muerto en este sitio.
El primer indicio concreto de Boggiani. Yo no había pronunciado aún su nombre.
En estas comarcas no se declara lo que se busca.
Hacerlo hubiera significado perder a Boggiani definitivamente.
Por fin llegué hasta la nación del cacique Oroe y entré en su campamento con mis hombres.
Como señal de amistad le di a uno de mis expedicionarios mi Winchester y avancé desarmado.
Oroe pidió mi arma y tabaco como pago para permitir nuestro paso por su tierra.
Me negué. Enfureció, pero contuvo su reacción al ver las armas de mis guardias que lo apuntaban.
A la distancia vi a un muchacho que dejaba escapar de su bolso la punta del periódico paraguayo La Patria : el primer indicio de Boggiani.
Ofrecí comprarlo, a los gritos, para que todos se enteraran.
De a poco vinieron a mí otros objetos que trajeron para vender: El Diario Oficial de Asunción, El Paraguayo .
Luego aparecieron las primeras pertenencias de Boggiani: una taza esmaltada, sus cajas de lata, un trozo de bandera y dos cucharas metálicas.
*
En ese momento decidí preguntar por Boggiani.
Su nombre produjo una estampida. Oroe y sus indios escaparon al monte.
Y yo avancé en la búsqueda de su cuerpo.
Zíghizi me acompañaba. Cuanto más nos adentrábamos en el monte, más seco se volvía, Magdalena.
Los capullos de caraguatá apenas contenían agua, el calor se hacía insoportable y los mosquitos no se aguantaban.
No dábamos abasto con los machetes para abrirnos una picada, las mulas se nos morían y los pozos de agua que buscábamos no aparecían.
En medio de esa lucha por sobrevivir fue que encontramos a Uilílli.
Inmediatamente lo interrogué y trató de despistarme.
A través de Zíghizi, quien lo traducía, me dio señales equívocas. ¡Ese indio taimado…!