Capítulo III. Carta de Achille Valenti Cancio a Magdalena
Capítulo III Carta de Achille Valenti Cancio a Magdalena
(Cuatro años antes del Auto de Fe)
Me he convertido en un perro alzado que sigue con ardor su presa, olfateando los olores de la noche, querida Magdalena.
Con el mismo salvajismo que los dogos, me pongo en cuatro patas y meto mi nariz en la tierra.
Reconozco la frescura de la lluvia apenas caída, el aroma de las pezuñas de los bueyes que pasaron hace días, o el olor de la huella que persigo.
Puedo distinguir entre el perfume de la baba de un zorro, la hediondez de la regla de una vaca, el tufo del aliento del yaguareté o el sudor de los pies de ese indio Uilílli, a quien ardo en deseos de capturar.
Todos dicen que él es el asesino de Boggiani.
Una vez al día se asoma al río Paraguay para beber y luego vuelve a esconderse en el monte.
Sé que camina liviano y deja señales confusas.
Que riega gotas de sangre de mono en el camino para despistar el olfato de nuestros perros.
Que invierte sus pisadas o camina de rodillas para disimular su condición humana.
La distancia entre los dos se alarga durante la mañana, cuando él gana terreno gracias al mayor conocimiento que tiene de su tierra, y se contrae al anochecer cuando el rocío hace que los olores del monte se alcen y yo avance más rápido sobre su pista.
Si los jabirúes chillan agudos al poniente, sé que está cerca.
Si él ve alzarse los loros desde el naciente, sabrá que le piso los talones.
A veces estamos a pocos metros, separados por pequeñas matas de tasi. A veces, a muchas leguas.
Con los años aprendí a leer los mensajes del monte.
Pero no siempre fue igual, Magdalena. Una serie de hechos me trajeron hasta esta nación paraguaya.
Nací en Tortona, un pueblo de Italia. De allí salí a los diez y siete años para América.
Fui siempre rebelde. Me gusta el peligro.
Un día me enteré de que en el Paraguay se ganaba buena plata a cambio de ser decidido y me lancé a cruzar el Atlántico.
Apenas llegué, supe que el gobierno argentino ofrecía tierras fiscales en concesión al sur del río Pilcomayo.
No lo pensé dos veces, tomé en arrendamiento la propiedad de una familia húngara y luego añadí cuarenta y dos leguas más que habían pertenecido a la famosa madame Lynch, esposa del general Solano López.
Me volví todo un colono. Abrí caminos en la zona, hice plantaciones de tabaco y hasta fundé un pueblo.
También me hice montaraz, aunque siempre conservé mi mentalidad progresista.
Pero con la guerra mis negocios se derrumbaron.
Así es que marché a la frontera norte del Paraguay, donde viví del tráfico de mercaderías con los indios.
Dados el conocimiento del terreno que adquirí y mi bravura innata, mi fama se esparció.
Me han contratado ya varias veces para buscar colonos perdidos o muertos en el monte.
Ahora, para cumplir con usted que me encargó encontrar los restos de Boggiani, partí hace algunos días de Asunción hacia las profundidades del Chaco boreal con mis diez mejores hombres.
Recogí a Zíghizi en Bahía Negra para llevarlo a Asunción a mi vuelta, como usted me ha encargado.
Además, él me oficia de intérprete en esta búsqueda, Magdalena.
*
Sepa que no es el dinero que me ha ofrecido aquello que me empuja a esta expedición, sino la pasión.
Pienso todos los días en usted y en su cuerpo.
Olfateo el suelo como lo hice con su vulva.
Lamo el pasto como lamía el vellón renegrido de su sexo.
Me pierdo en eyaculaciones solitarias durante las noches calientes del monte y despilfarro mi energía cuando debería guardarme para la batalla contra lo ignoto.
Me desvelo cuando, en cambio, debo reposar para conseguir mi objetivo.
Pero voy a llevarle las pruebas de la muerte de Boggiani, tal como le he prometido, Magdalena.
Yo nunca pude amar. La vida de baquiano en un territorio tan adverso fue endureciendo mi corazón.
Nunca creí en mujer alguna. Pero con usted fue diferente.
Quizás sean mis años, que ya llegan a cuarenta y cinco, o los dolores punzantes en mis huesos que presagian una vida breve.
Hubo un tiempo, cuando era joven, que tenía los músculos elásticos, el corazón osado y la sonrisa siempre en la boca.
La vida en el monte y los encargos de búsqueda de hombres perdidos o muertos terminaron con mi alegría.
He visto la muerte muchas veces. Y de muy cerca.
Duermo perseguido por sus sombras. Sueño con cadáveres.
Pero conozco la sabana boreal como pocos.
Y también las mañas de los pueblos que la habitan.
Soy como un ángel caído en este suelo salvaje.
Un mago que tiene el poder de la vida y de la muerte en la punta del Winchester que llevo siempre en mi mano derecha.
No creo en el bien, ni tampoco le temo al infierno.
Más bien lo espero ansioso. ¡Esta mugre que acumulo desde hace años, Magdalena!
Desearía no haber descubierto tanto salvajismo en mí.
Míreme. Embrutecido, hundido en lo más primitivo.
Con la única sabiduría de comerciar con los nativos y rastrear hombres civilizados perdidos en el embrujo de la espesura.
Ahogado en discusiones con indios adversos, perseguido por mosquitos voraces.
Yo no alumbro ideas, sólo ofrezco hechos.
Pistas para llegar hasta hombres vivos perdidos en el monte, o simplemente hasta sus huesos, siempre que me paguen.
Al fin y al cabo, vivir es aprender a venderse.
Mientras tanto no somos más que unos idiotas persiguiendo sueños.
A mí, en cambio, a veces me gusta agarrar al miedo por el cuello.
Apretar sus carótidas. Volverlo mudo, preocupado.
Y, después, me gusta asesinar al miedo. Como la primera vez.
Fue sin querer, casi. Allá en Tortona. Digo casi, porque nunca estuve del todo seguro.
El destino hizo que aquella noche mi hermano jugara en la costa del río conmigo.
No sé si los alambres estaban ya en el fondo, donde se enroscó las piernas, o quizás fui yo quien los puse.
Ya no me acuerdo. Lo odiaba desde que nació.
Recuerdo sus gritos ahogados y mis explicaciones a mis padres.
La primera muerte que vi. Porque después, aquí, vi otras, y otras.
Y la piel se me endureció. Y el alma. Y el amor.
Por eso le aseguro, Magdalena, que usted tiene algo especial.
Un embrujo maléfico. De lo contrario, alguien como yo no estaría arrastrándose por el monte para llevarle los huesos de un artista loco.
Y esta vez no es por el dinero, ya se lo dije.
Lo haría gratis. Es por usted, que me hace sentir la misma necesidad de caricia que tienen los tapires, la misma pasión salvaje con que veo amarse a los carayás en los árboles.
Conozco bien las pulsiones primitivas. Sé distinguir cuándo es por amor y cuándo por prole.
Cuándo la primavera manda o cuándo es sólo por gozo.
Lo sé porque hace años que husmeo esta tierra palmo a palmo.
Sé perfectamente quién es ese Boggiani que busco.
Lo conocí en medio del monte, hace tiempo ya.
Me pidió ayuda para encontrar a su hijo Zíghizi.
Y lo guie. Pero ya no importa eso. Sé que ahora el italiano está muerto.
Pero dispénseme, Magdalena. Me informan mis hombres que acaban de capturar a un indio.
Lo tienen atado. Dicen que se llama Uilílli pero tengo que asegurarme de que sea él.
Y, en ese caso, ayudarlo a hablar. El Winchester es una máquina de verdad infalible.
Sudará como un niño, los testículos se le volverán pequeños como los de una rata y se meará encima.
Vi a muchos vomitar y arrepentirse en ese momento.
Pedir perdón y hasta delatar a sus propios hijos.
A veces apoyo mi carabina en sus bocas, otras en las sienes de quienes espero confiesen un crimen.
Pero lo que no falla es meterles el caño del fusil en el culo, con un cartucho cargado con espinas de vinal.
La vejación es la manera más eficaz de forzar la verdad, Magdalena.
La idea de que si disparo las espinas perforarán los intestinos en decenas de partes y su cuerpo se irá desangrando lentamente les da pánico.
Aunque esas muertes en las que se mezcla la sangre y la mierda sean, también para mí, algo incómodas.
Ya lo he hecho. Discúlpeme por lo que le cuento.
Pero no se preocupe, de algún modo Uilílli dirá la verdad.
Por más duro, por más indio. Pero antes quiero contarle todo lo que sufrí hasta encontrar a quien usted me pidió.
Desde el principio. Así se dará cuenta del tamaño de mi amor.
*
Apenas usted me encargó la búsqueda de Guido Boggiani salí de Asunción con diez hombres.
Pasamos Fuerte Olimpo y llegamos hasta Bahía Negra.
Allí, como le dije, sumé a Zíghizi como intérprete.
Nos dirigimos al territorio de los chamacocos bravos, de los tomárâho.
Dije que buscaba el camino a Bolivia y me indicaron algunos senderos.
Sabía que no podía pronunciar el nombre de Boggiani sin que toda la búsqueda fracasara.
Pero, de a poco, toldería tras toldería, las miradas se fueron poniendo más hoscas.
Comenzaron a sugerirme caminos falsos. Me enviaron a sendas que se ahogaban en el río, a picadas que morían en un claro.
Pero no cedí: no pronuncié el nombre de Boggiani.
Zíghizi me dijo que me cuidara. Que estaba oyendo palabras sueltas que no le gustaban: “busca...”, “muerto...”, “peligro...”.