El fotógrafo del paraíso Capítulo II. Carta de Florcita de Mburucuyá a Elsa #3
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Capítulo II. Carta de Florcita de Mburucuyá a Elsa #3

Me contó Zíghizi que supo, por entonces, que Boggiani andaba internado por el monte con su cámara.

Y que le contaron que le costaba mucho su arte.

Porque hacer esas fotografías era muy difícil.

Y la máquina era muy pesada. Hacía viajes a lo más profundo del lugar retratando a los chamacocos.

Cada tanto se caía del caballo con todos sus aparatos.

Y algunas placas de vidrio se le partían.

Boggiani insultaba entonces a todos los diíghicibit .

Pero, cuando sacaba fotos, también palabreaba.

Porque las tenía que revelar enseguida. Con unos vapores que hacía con un alcohol de pinga.

Me dijo Zíghizi que Boggiani hacía una magia con esos vidrios.

Y ese gas. Que batía unas claras de huevos de pato para pintar un papel de arroz, donde salía la foto.

“Albúmina”, me dijo el señor Valenti Cancio que Boggiani llamaba a las fotos.

Yo no entiendo. Boggiani armaba una carpa donde hacía sus magias.

Una carpa con olor a almizcle, decía Zíghizi.

También anotaba todo por una lista: el día, el lugar y un comentario sobre a qué le había retratado.

Todo. Decía que tenía que hacer un trabajo blita difícil.

Pero, además de las imágenes de paisajes que hizo para Benítez, había muchos retratos.

Muchachitas tatuadas y compañeros nuestros.

Bellos, esbeltos, maravillosos: Ióata serio, Vicente con el pecho sangrante, Millet con una boa, Nepotio de frente, Angaité con tocado de plumas, Cuttigheó en figura entera, Tolói con tres mujeres.

A ellos llamaba Boggiani “mis dioses sin tiempo”.

El italiano hacía casi todas sus fotos de día.

Pero a veces le daba por fotografiar de noche.

Algo que era muy difícil. Y que necesitaba preparación.

Para eso usaba unos cartuchos que estaban llenos de un polvo blanco.

Chulbi . Ponía esos cartuchos sobre la máquina de sacar fotografías.

Después les acercaba una brasa. Y los hacía explotar.

Con un fogonazo que iluminaba todo el monte.

Como si fuese día. Que hacía huir despavoridos a los bichos. Y a los chamacocos.

*

El caso es que, después de poco tiempo, Boggiani se dio cuenta de que Benítez sólo quería el clappa exterminio de los chamacocos.

Y entonces dejó de trabajar para él. Y también decidió buscar a Zíghizi.

No quería sentirse cómplice de la matanza contra todo ese pueblo.

Y, menos, cargar con la muerte de su hijo adoptivo, curepé .

Atendé, doña Elsa. Porque allí pasa algo importante.

Desde entonces Boggiani le dejó de hacer retratos a los chamacocos que llamaba “mis dioses sin tiempo” y empezó a fotografiar la dlipta miseria en que se encontraban los chamacocos por culpa de Benítez.

Decía que allí estaba la memoria más verdadera de esa gente.

Trabajaba incansablemente. Y decía que con ese trabajo quería mostrarle al mundo el estado en que estaban sus queridos chamacocos.

Anduvo por el monte varios meses. Fotografiando y buscando a su hijo Zíghizi.

Y al final lo encontró, doña Elsa. Gracias al señor Valenti Cancio, que lo guió hasta él.

Allí, padre e hijo hablaron. Largo. Varios tingas días.

Aunque Zíghizi nunca me quiso decir qué se dijeron con Boggiani en ese encuentro.

Sólo me contó que el italiano le mostró unas fotografías de los chamacocos.

Y que, al verlas, a él le entró mucha tristeza.

*

Escuchá, doña Elsa. Ahora quiero decirle otra cosa más. De una época posterior. Tal vez lo más importante de todo.

Durante un buen tiempo, yo viví con Zíghizi en el monte.

Pero en un momento algo que supe me separó de él.

Y volví a la quinta de mi diá padre Agustín Schultz en Areguá, donde le escuché hablar con pínsen Benítez mientras se quedaban tomando la pinga esa.

Una vez que él vino. Después de la cena .

Y conversaban de “un extraño diario en vidrio del italiano”, del cual les habían hablado, “que debía contener un secreto que significaba mucho dinero”.

Ahora atendeme bien, doña Elsa: me dijo el señor Valenti Cancio que, cuando encontró el cadáver de Boggiani, había “cuatrocientas quince fotografías junto a igual número de negativos de vidrio”.

Pero Valenti Cancio me dijo que vos vas a entregarle a mi diá padre Agustín Schultz trescientos sesenta de esos negativos de vidrio, Elsa.

¿Dónde están los cincuenta y cinco que faltan?

Viví muchos años en el monte, pero sé contar.

Pero no te preocupes. No te escribo para que me lo digas, doña Elsa.

Soy discreta. Y apruebo lo que vas a hacer.

Nunca le des a mi diá padre esos cincuenta y cinco negativos de vidrio que Boggiani hizo de las desgracias de los chamacocos cuyas copias se conocieron ayer en la catedral.

Dale las primeras fotografías que hizo, nomás.

Y sus negativos de vidrio también, si querés.

Los paisajes y los retratos de quienes llamaba “mis dioses sin tiempo”.

Porque si mi diá padre y Benítez consiguieran los negativos de vidrio de esas cincuenta y cinco fotografías de las desgracias de los chamacocos, sé que los destruirían.

Pero, sobre todo, doña Elsa, si ellos vieran una de esas fotografías, una especial, mi vida y la del pusque hijo que espero se derrumbarían.

Debo defender al hijo que llevo en mi ósico vientre.

El retoño de Zíghizi y mío. No te lo había dicho: estoy preñada y volveré inmediatamente al monte, a vivir con él.

Leé la carta que el señor Valenti Cancio escribió a tu madre mientras buscaba el cuerpo de Boggiani en el monte.

Él me relató una parte de su contenido, que yo luego corroboré.

Debe estar entre las cosas que dejó tu madre.

Y dado el peligro que puede significar para mí el intercambio de fotografías que tenés pensado hacer con mi diá padre, te ruego la leas en detalle, para que entiendas por qué te pido lo que te pido.