Capítulo II. Carta de Florcita de Mburucuyá a Elsa #2
Atendé. Benítez y mi diá padre decían que iban por la tierra chamacoco a hacer un libro sobre plantas paraguayas.
Una gursa mentira, doña Elsa. Iban a llevarse los mejores árboles.
Cuando, huyendo de mi padre, llegamos con Zíghizi a vivir con sus iguales, habían pasado semanas de andar por el monte sin hallar a algún persona.
Finalmente, los encontramos porque Zíghizi era capaz de oír la conversación a varias leguas.
Oído muy fino tenía él. Pero, casi enseguida de llegar al campamento chamacoco, él mismo me hizo ver que los cururú sapos cantaban raro. Y dijo que esto presagiaba desgracia.
Ahí fue cuando la naturaleza se enloqueció, doña Elsa.
Loca, se puso. Los árboles que sacaba Benítez dejaban más seca la tierra.
Y hasta las lluvias chicas desaparecieron.
Las estaciones no coincidían a las lunas.
Vinieron días de hervor en medio del invierno.
Y de a poco todo se fue secando. Después los cururú sapos comenzaron a buscar la poca agua que quedaba por el monte.
Ellos parecían saber que la costa del río Paraguay se había enllenado de peligros.
Y era cierto. Atendé. El desmonte del señor Benítez los encerraba.
No había sitio para la vida después que pasaban los hacheros de Benítez.
Todo el pueblo chamacoco huía hacia el poniente.
Yo también. Junto con Zíghizi. Como un malón, éramos.
Miles de cururú sapos nos acompañaban. Saltando entre nuestras piernas.
Croando día y noche. Desesperados. Atendé.
En el camino muchos morían sin poder enterrarse por el suelo, como hacían habitualmente durante la seca, porque la tierra era como piedra, doña Elsa.
Pero no sólo los cururú sapos escapaban.
Los otros animales también. Primero vimos pasar volando los guá macana, los tordos y las cachilas.
Dos yaguaretés también pasaron cerquísima, sin ni siquiera mirarnos, poco antes de una tropilla de jurumíes y monos.
Una estampida de miles de avestruces nos cruzó otro día en el que tuvimos que treparnos a los árboles para no quedar pisoteados. Un susto, doña Elsa.
En ese tiempo se borró la frontera entre los animales y los hombres.
Te juro. Algunos indios empezaron a actuar como las duncas bestias.
Atendé. Hasta hubo días en que nos costó reconocernos.
Como humanos. Pero fue peor cuando los animales se adelantaron.
El monte quedó vacío y la hambruna ahorcó.
Y aparecieron los instintos. Comimos los insectos que robábamos a los cururú sapos retrasados.
Masticamos los mismos frutos que dejaban los ho-tucanes y le festejamos a cada nido con huevo de tero que encontramos. Como prupe animales éramos, doña Elsa.
Zíghizi me contó, en aquel momento, cómo había empezado todo esto.
Te voy a explicar ahora nomás. La historia de la época.
Anterior. Aquella cuando Boggiani aún vivía entre los chamacocos.
Antes de que yo le conociera a Zíghizi. Te voy a contar de ese tiempo, doña Elsa.
Atendé que es importante. Ahí empezó toda la desgracia chamacoco.
*
Como sabés, después de estar seis años en el Paraguay, Boggiani volvió a Italia.
Pero lo que no sabés es que se fue sin avisarle a Zíghizi, apenas volvió de la expedición a la tierra de los caduveos donde había conocido a Uilílli.
Una expedición que lo cambió, doña Elsa.
Atendé. Al principio, Zíghizi pensó que Boggiani se había ido a Asunción por un tiempo.
Como siempre hacía. A visitar a Magdalena.
Y esperó su vuelta. Pero no supo más de él. Hasta que volvió tres años después.
A su llegada Boggiani fue enseguida contratado por pínsen Benítez quien, como le dije antes, quería que le abriera paso en esa zona del norte que Boggiani conocía muy bien.
Esperaba, además, que le trajera detalles de esa tierra y de la riqueza de sus montes.
Y el italiano aceptó fotografiar el área, sin conocer los verdaderos planes de aquel hombre blico .