Capítulo II. Carta de Florcita de Mburucuyá a Elsa
Capítulo II Carta de Florcita de Mburucuyá a Elsa
(Un día después del Auto de Fe)
Perdoná, doña Elsa. Pero necesitaba escribirte.
Es urgente. Sé que hiciste trato con mi diá padre Agustín Schultz.
Me lo ha dicho Valenti Cancio. Pero antes de entregarle todas las pertenencias de Boggiani tenés que oír lo que tengo para decirte, por favor.
Estoy chusca preocupada. Perdoná, doña Elsa, mi vida entre los chamacocos me contagió su lengua.
Esta que se entrecruza con la mía. Con mi lengua anterior, quiero decir. Atendé.
Ya han pasado algunos años desde que Zíghizi me tocó la ventana y huimos juntos al monte.
Entonces yo era inocente. Pero ahora me doy cuenta del mal que puede tener gente como el pínsen Carlos Benítez atravesado por su alma.
Su avaricia. Igualita a la de mi diá padre Agustín Schultz.
No puedo perdonarle a él. Por eso quiero contarte sobre el segundo diario del señor Boggiani, ahora que está muerto, doña Elsa.
El que hizo cuando estuvo por segunda vez por el Paraguay y que vos tenés. Atendéme, doña Elsa.
Yo le amo a Zíghizi. Me di cuenta la primera vez que le vi darle de comer a los gansos en nuestra casa.
Su timidez fue lo que me enamoró. La manera en que él les hablaba en su idioma primitivo y la sonrisa que me hizo después.
Con su boca como de durazno. La única sonrisa que le vi yo en toda su vida.
Porque tenía un dolor por sus ojos negros.
Lindo, hondo. Que enamoraba. Te aseguro, doña Elsa.
Hacía tiempo que mi diá padre, Agustín Schultz, le había traído desde el monte.
A nuestra quinta de Areguá. Y le trataba como un cadiód , al pobre.
Como esclavo, quiero decir. Una noche, abrí la puerta del galpón.
Mi diá padre le tenía ahí por un cepo. Tirado en el suelo.
Desnudo. En sudor. Tosiendo como un perro, le tenía.
Me quedé helada. Yo tenía apenas catorce años.
Nunca había visto a un hombre desnudo, doña Elsa.
Sólo a los santos de las iglesias envueltos en trapos por esas partes secretas del cuerpo y me preguntaba cómo serían.
Pero ese día, cuando le vi a Zíghizi, entendí el misterio.
Él estaba boca arriba. Apretado entre unas maderas que le agarraban la cabeza y los brazos.
Roñoso. Y me dejé llevar. Sin pensarlo, le tomé su esajá que se asomaba por la mata oscura entre sus piernas.
Su broto reaccionó enseguida mientras yo le acariciaba como un fruto.
Ninguno de los dos hablaba. Mudos estábamos.
Y, al rato, aquel broto vomitó una leche pegajosa por mi mano.
Justo en el momento en que mi diá padre abrió la puerta.
Lo que siguió no puedo casi contártelo, doña Elsa.
La tortura que le puso a Zíghizi y los ojos de mi diá padre, que cambiaron hasta darme pánico de sólo mirarlos.
El color cambiado, parecía que tenía. Te juro, doña Elsa.
Me prohibió moverme de mi cuarto. Atravesó una cuerda frente a la puerta y le hizo colgar cencerros.
Sólo nuestra cocinera me veía para alimentarme.
Y él, que me visitaba todas las tardes. Y me acariciaba.
Con unas manos cargadas. Como si por sus dedos pudiera explotarle una furia.
Me daba miedo. Atendé, doña Elsa. Los primeros días acarició mi pelo.
Pero después empezó a tocarme todo el cuerpo.
De a poco sus dedos bajaron por mi vientre.
Les puso entre mis piernas y revolvió mis partes más carnosas.
Como que buscaba, parecía. Los besos de mi diá padre también se volvieron cada vez más pegajosos.
Mezclados con un jadeo. Al principio yo no le entendía.
Pero algo espeso empezó a andar por mi cuerpo.
Y me gustó. Lo digo sin vergüenza, doña Elsa.
Un día, él le metió a su dedo pulgar por mi esaré .
Bien fuerte le metió. Como un pinche. Yo di un grito del dolor y él sacó a su dedo con sangre.
Atendé. Me asusté mucho. Pero parece que ese día él confirmó lo que quería, porque después fue espaciando sus visitas.
A partir de ahí empecé a tocarme yo misma.
Cambié la mano de mi diá padre por mis propios dedos.
Tiempo después Zíghizi me dijo que oía mis gemidos que salían de mi ventana.
Desde el corral de los chanchos donde mi diá padre lo encerró después de habernos descubierto.
Donde tenía que pelear con ellos por las sobras de comida podrida que él les tiraba a la noche.
Y me contó que, varias veces, mientras me oía, él también se tocaba su esajá embarrado.
Pero no te escribo sólo para contarte cosas íntimas, doña Elsa. Atendé. Quiero pedirte un favor. Pero voy a explicarte antes por qué te le pido. Te voy a contar cosas que solamente supimos Zíghizi, yo y tu óta madre Magdalena. Aunque también Achille Valenti Cancio las supo. Atendé.
*
Cuando una madrugada Zíghizi escapó del corral donde estaba encerrado, mi diá padre se convirtió en un tatiah salvaje.
Gritaba como un lobo. Fue en ese tiempo cuando se ensañó más con los chamacocos.
Te lo digo sin vergüenza, doña Elsa, aunque hable de mi diá padre.
Atendé. Primero hizo arder hasta las cenizas el sitio donde le había encerrado a Zíghizi.
Después salió a buscarlo. Por el campo, con una macheta atravesada por el cinto.
Decía que si encontraba a ese indio roñoso que le había robado el corazón de su Florcita de Mburucuyá le desollaría vivo.
Pero pasaron varios días sin encontrarlo.
Y tuvo que volver a su casa. A hundirse solo en el odio.
Un día le dije que yo podía pedirle a Zíghizi que volviera.
Pero sólo si él me juraba no tomar venganza.
Contra de él. Para entonces, mi diá padre era un gutho , un fantasma.
Parecía poseído. Con payé . La gente lo esquivaba en la calle.
De sólo mirarlo metía miedo. Sólo sabía tomar caña, día y noche.
Y anunciaba que pronto moriría. Por eso acepté que volviera.
Y me prometió no hacerle daño a Zíghizi.
Pero, en verdad, eran sólo artimañas: mientras hacía de cuenta que lo había perdonado, le mandaba matar. Atendé.
“Es un salvaje, el maldito hijo de puta. Merece su famosa tortura del Winchester. Mátele”, le oí decir una noche a mi diá padre desde mi cuarto.
Le hablaba al señor Achille Valenti Cancio, que estaba con él, por su escritorio.
Pero mi padre no sabía que ese señor Valenti Cancio le conocía a Zíghizi.
Que había estado con él en el monte. Antes.
En el tiempo en que aún vivía Boggiani. Ya le voy a explicar ese otro tiempo, doña Elsa. Pero no se apure.
De no ser por el señor Valenti Cancio, Zíghizi ya no estaría hoy en este mundo curepé .
Porque él le buscó y le contó del encargo de matarlo que mi diá padre le había encomendado.
Le ofreció también una canoa para que huyera lejos.
Pero Zíghizi no huyó. Al contrario, volvió a nuestra casa, doña Elsa.
Esa misma noche. Desafiando a nuestro padre.
Solo. Cuando todos dormíamos. Atendé. Saltó el muro y golpeó la ventana de mi cuarto.
Cuando me asomé, me dijo: “Tu padre me mandó matar. ¿Venís conmigo o te quedás?”.
En ese entonces yo tenía catorce años y Zíghizi quince.
Escapé con él. Esa mismísima noche. Sin pensarlo.
Una hora después de estar durmiendo por mi cama mullida, corría junto a él por el zanjón de Tacumbú, por Zeballos Cué, y a la mañana comía por la ranchada baja de San Blas.
Tan bien cuidada por mi diá padre que había sido… ¿Entendés, doña Elsa?
Al día siguiente montamos la canoa que el señor Valenti Cancio había dejado.
Por un bañado del río, en los bajos. Y partimos hacia la tierra de los chamacocos.
Navegamos en la oscuridad de la noche. Las enredaderas de tasi de la orilla se entrelazaban por mi pelo y recuerdo que me parecían bichos, doña Elsa.
Yo temblaba de susto. Pero Zíghizi me abrazaba y me besaba.
Era entre miedo y lindo. Todo gracias al ompa amor, que cuando dicen que es sólo fantasía de jovencitas yo les digo que no es así, doña Elsa.
Durante esas semanas nos alimentamos con pescados.
Él les cazaba con la mano. Les comíamos crudos.
Y así llegamos a su tierra. Pero las pocas tolderías chamacoco que encontramos estaban vacías, porque hacía tiempo que los apó colonos venían tomando su tierra.
Por la porítona madera de los árboles. Estos hombres agarraban a las tierras sin papeles legales, doña Elsa.
Elegían las que querían, nomás. Rempujando a los indios al fondo del monte.
En apenas dos años los apó terratenientes se multiplicaron.
En ese tiempo la tierra parecía que no tenía dueños.
Pero le tenía. Era de los chamacocos, que no querían ser domados por los blancos.
Para entonces, pínsen Benítez ya tenía su fábrica de tanino.
Y un puerto con su nombre, leguas al sur de Bahía Negra: Puerto Benítez.
Tenía mucha tierra. Pero quería más. Todo el norte del país.
Sólo para él. Porque estaba repleta de árboles inmensos de maderas valiosas.
Mi diá padre, que como vos sabés era botánico, le ayudó a quedarse con las mejores.
Mientras tanto, la mayor parte de los chamacocos había escapado al monte, donde ningún blanco se animaba.
Donde la poca agua que había estaba guardada por algunos brotos, pero donde se sentían más seguros.