El fotógrafo del paraíso Capítulo I. Carta de Elsa a Agustín Schultz #5
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Capítulo I. Carta de Elsa a Agustín Schultz #5

Ya sé que no le interesa la historia, señor Schultz. Pero es en esa mismísima palabra donde duerme parte del misterio que encierra la muerte de Boggiani. Escuche.

El lugarteniente de Ayolas, Domingo Martínez de Irala, asumió la comandancia de aquel ejército de olvidados de Dios y avanzó con su tropa al encuentro de Juan de Salazar, que acababa de fundar Asunción.

Allí, ambos dejaron de lado la Conquista y se dedicaron a copular con las esposas, hijas y nietas de los guaraníes, que les eran ofrecidas en el afán de apaciguar su codicia.

En esa época, Asunción del Paraguay fue llamada El Paraíso de Mahoma porque, tal como en los palacios árabes que habían visto la luz luego de la expulsión de los moros, allí cada hombre gozaba de setenta mujeres. Así fue naciendo nuestra patria.

Al igual que don Pedro de Mendoza, gran cantidad de aquellos soldados murió de venéreas en esa época.

Y también las aborígenes contra quienes arremetieron su impudicia durante los años que siguieron.

Ellos habían portado aquel terrible mal desde Europa y fueron los culpables de arrasar aldeas enteras con sus vergas pustulentas.

Aunque también mataban con un estornudo insignificante, con una leve fiebre o con un beso.

La infección fue el primer diálogo entre nuestras razas, señor Schultz.

Pero América también tenía ciertas sorpresas para los recién llegados.

Diminutas arañas de aspecto inofensivo y una baba que se endurecía como el hierro en los oídos de sus huéspedes hasta volverlos sordos como tapias.

Uras que agusanaban las fosas nasales y ponían huevos en el cerebro llevando a sus víctimas a la locura.

Jatecubas que vivían bajo las uñas de los pies y gangrenaban una pierna en pocos días.

Para no hablar de los rituales de los hechiceros que practicaban el pecado nefando y eran capaces de “sacar de seso” a los invasores con ciertas hierbas a las que muchos españoles se aficionaron.

No hubo aquí, en el sur de América, bienvenidas fastuosas ni dispensas más que las de la carne y de los vicios pródigos, señor Schultz.

Tampoco riqueza alguna para repartir, sino dos mundos que chocaron, incapaces de asumir el tiempo del otro.

Y esto tiene mucho que ver con el misterio que envuelve la muerte de Guido Boggiani.

Pero déjeme ser más precisa ya que, para entender, usted necesitará de ciertos detalles de aquella época de nuestro país.

A pesar de la pobreza reinante y del saqueo, la tierra paraguaya se fue erigiendo como la más próspera al sur de la Guyana.

Es cierto que fueron los guarangos, ahora dichos guaraníes, quienes primero enseñaron a los recién llegados el cultivo de la mandioca, el maíz y el maní.

Pero, de entonces a hoy, el Paraguay tuvo una historia de mestizaje muy extensa.

No quiero aburrirlo con los méritos de Asunción, Madre de Ciudades, desde donde partieron las corrientes pobladoras.

Lo que me interesa es que sepa que luego de aquella primera época se sucedió otra de guerras encadenadas.

De matanzas entre gente cuya piel y nacionalidad eran indefinidas.

De intereses mezquinos que sólo mostraron alguna intención comunitaria en la Rebelión Comunera de Tovatí y en la Guerra Guaranítica, únicos gritos de libertad que se escucharon.

Ambos ahogados, señor Schultz. No sé si esto le recuerda a otra cosa…

¿Entiende por qué lo menciono? ¿Aún no? Entonces debo seguir con mi breve clase.

Tiempo después, la emancipación de España trajo una sensación de libertad a nuestro país.

Parecía respirarse un aire nuevo y los mancebos de la tierra celebraron.

Pero una revolución llevó al poder a Gaspar Rodríguez de Francia, que fue nombrado Supremo Dictador de la República y gobernó durante treinta años.

El remedio fue peor que la enfermedad, señor Schultz.

A su muerte, Carlos Antonio López se convirtió en presidente.

Él sí fue un gran patriota. Trajo técnicos europeos para modernizar nuestro país y fomentó la educación y la cultura.

¿Lo sabía? Claro que no, señor Schultz. Ni tampoco le interesa, estoy segura.

Supongo que entonces le interesará menos la historia más reciente del hijo de don Carlos Antonio, el Mariscal Francisco Solano López, y los hechos sucedidos durante la peor contienda que libramos los paraguayos después de la cual no quedaron casi varones vivos en nuestra patria: la Guerra de la Triple Alianza.

La más indigna que se librara jamás en Sudamérica.

La más despareja en fuerzas. Tenga en cuenta que en 1866, un año después de que nos lanzáramos a esa guerra en respuesta al pedido de ayuda del ex presidente del Uruguay Bernardo Prudencio Berro debido a la invasión que estaba sufriendo su país desde el Brasil, perdimos casi todo nuestro ejército profesional en la batalla de Tuyutí.

Peleamos el resto de la guerra en contra de Argentina, Brasil y Uruguay, los tres países que se aliaron para enfrentarnos, solo con civiles.

Uno de los últimos combates, Acosta Ñu, se libró con mujeres y niños que se pintaban los bigotes para parecer hombres y, a falta de munición, llenaban los cañones con vidrio.

Hacía un año que el Mariscal había comenzado una retirada donde cada mañana llegaba a un pueblo, fundaba allí la capital y a la tarde lo perdía a manos de nuestros enemigos.

Poco después caía muerto en el Cerro Corá al grito de “Muero con el Paraguay”.

Ya sé que estará pensando que no ha propuesto nuestro intercambio para que le dé una lección de historia, señor Schultz.

Que estos detalles de nuestro pasado no tienen para usted importancia ni ve la relación entre estos hechos con el secreto que guarda la muerte de Boggiani, aquello que a usted más le interesa.

Pero pronto entenderá el porqué de mi explicación y se le aclarará el paisaje.

Tal como se va aclarando mi propio pasado con esta carta.

Lo que realmente quiero decirle es que sé que nuestra patria ha sido asaltada una y otra vez tanto por soñadores como por oportunistas.

Que nuestra historia está llena de extranjeros y cipayos dispuestos a lanzarnos a grandes guerras por grandes intereses.

Pero no se me escapa que nuestro país se ha desangrado, también, gracias a heridas diminutas producidas por centenares de hombres de ambiciones silenciosas, que por lo ignotas podríamos considerarlas despreciables.

Aunque son las más peligrosas. Porque hay dos maneras de vaciar un cuenco: rompiéndolo a pleno sol, frente a todos, o vertiéndolo lentamente en el silencio de la noche, cuando duermen.

Ambas consiguen su propósito. ¿No presiente de qué le hablo y por qué le cuento todo esto, señor Schultz?

Haga memoria. Pero mientras tanto, permítame tomarme un respiro.

Van a dar las laudes. En poco tiempo nuestro convento revivirá y debo tomar mi baño matinal para recibir pura el día.

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