El fotógrafo del paraíso Capítulo I. Carta de Elsa a Agustín Schultz #4
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Capítulo I. Carta de Elsa a Agustín Schultz #4

Déjeme detenerme aquí un segundo, señor Schultz.

Porque, sin duda, el aporte más fructífero que he tenido para la comprensión de todo este misterio que envuelve a Guido Boggiani han sido las largas conversaciones que mantuve con Ópiét, la diminuta chamacoco que tomó el nombre cristiano de Mercedes cuando se convirtió a nuestra Fe.

Ella era la más recoleta de la congregación.

Su experiencia de mujer de campo, combinada con las agudas observaciones de que era capaz, la convirtió en mi más asidua confidente.

El análisis preciso de ciertos pasajes que realizamos juntas y, sobre todo, algunas frases que ella rescató del diario de Boggiani desataron mi comprensión final del misterio que envolvía su muerte y me ayudaron a correr el velo que lo ocultaba.

Aunque toda esta investigación no hubiera sido posible sin la ayuda del Maese Juan, nuestro prior y mi piadoso confesor.

Es vox populi en el convento que su pluma ha sido responsable de las más bellas contratapas de algunos de los libros más preciados que tiene nuestra biblioteca, señor Schultz.

Aunque fue su conocimiento cabal de los portentos sucedidos en la historia de Sudamérica, desde la Conquista a la actualidad, aquello que me dio una idea clara sobre lo que encierra el pensamiento de los hombres que, como Boggiani, deciden trasponer su propia cultura para sumergirse en una ajena; acerca de los sucesos que acontecen cuando un grupo humano se superpone a otro y sus memorias se enciman. Escuche con atención, señor Schultz.

Supe, por ejemplo, de boca del Maese Juan, que Diego Martínez de Irala y Juan de Salazar fueron los primeros pobladores europeos de Asunción del Paraguay.

Que esos hidalgos buscaron en nuestra tierra la retribución por los enormes esfuerzos realizados por ellos para cruzar el mar océano.

El florido verbo del Maese me permitió imaginar la urgencia de sus menesteres y su porfía, casi como si hubiera estado con ellos.

Evocarlos en su viaje a América frente a sus agujas de marear enloquecidas por los bancos de piedras-imanes que yacían en medio del Atlántico y que hacían andar en círculo a las carabelas con la que intentaban cruzar el Mar Incógnito.

Sentir el pavor que les despertaban los fanales apagados en la noche por las olas que barrían las cubiertas de la Anunciada y la Trinidad , en medio de las tormentas.

Su sobresalto por mesanas y trinquetes rifados por el viento.

Su espanto frente a la visión de vergas partidas y cornamusas arrancadas de cuajo en los trasluches a los que era forzada la flota en cada abrupto cambio de amura del viento.

El pánico al oír desde las sentinas los chicotazos de los obenques más gruesos que sostenían la arboladura, amputados por las ráfagas con la misma facilidad que si fuesen babas de araña.

Además de explicarme en detalle cada uno de estos términos marítimos, el Maese Juan me contó también acerca de las estampidas de los setenta y dos caballos que traían aquellos conquistadores, cuando estallaba la furia oceánica.

El golpeteo furibundo de sus cascos contra las cuadernas y el olor pestilente de sus heces mezclado con los vómitos de la tripulación que dormía junto a ellos en las bodegas de las naves.

Los rezos incesantes de las esposas de esos marinos abrazadas, suplicándole a Cristo en medio de las tempestades.

Pero también el tedio de semanas y semanas de calma chicha a la espera de la aparición de un hilo de tierra en el horizonte que indicara la cercanía de las islas de Tarsis, Ofir o Cipango donde, muchos sostenían, debían estar llegando.

Así y todo, aquellos hombres no cejaban en su propósito.

Como tampoco claudicó Boggiani, a quien una fuerza difícil de describir lo empujaba, señor Schultz.

¿Curiosidad por el futuro, huida de su propio pasado?

Quién sabe qué impulsa a esta clase de aventureros.

Pero escuche con atención lo que la imaginación es capaz de construir.

En aquellos días y noches de zozobras, mirando un horizonte siempre idéntico, el mapa conocido por esos primeros hombres que llegaron a nuestra tierra se transformaba hora tras hora, redibujado por la exégesis imaginaria de un lugar desconocido.

Algunos sostenían que el sitio al cual se dirigían estaba poblado por esternocéfalos que hablaban desde una boca que tenían en el medio del pecho, por pigmeos iwaipanomas descendientes de Gog y de Magog, por amazonas gigantes a quienes los hombres no alcanzaban ni a la rodilla, por haüts de cuerpo animal y rostro humano, y por seres con cara de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo.

Aquellos aventureros creían también que en América habrían de encontrar hidras de ocho cabezas que relinchaban, monos cantores, perros mudos, gente con rabo y hermafroditas con rostro de lobo de mar, patas de gallina y orejas tan grandes que, cuando se acostaban, usaban una de colchón y otra de cobertor.

Eso, para no mencionar los basiliscos, mantícoras, nervales y sirenas cuyo aspecto se volvía, en cada nuevo relato, más horroroso.

No faltaban tampoco quienes mantenían sus ilusiones y referían la flora del nuevo mundo en descripciones de plantas curativas singularísimas: guayacanes cuya savia pegajosa servía de cataplasma, frutos del tamaño de elefantes que con sólo meterse dentro curaban el escorbuto, flores carnívoras que rejuvenecían inmediatamente a quienes se animaran a masticarlas, yuyos minúsculos que reponían la hombría en segundos a los mustios o mantenían las rigideces durante días a los briosos.

Y hasta mandrágoras, cebiles y floripondios cuya ingesta brindaba un bienestar eterno.

En aquella competencia de delirios, algunos de esos marinos sostenían también que el mundo estaba dividido en cinco zonas y que en pocos días estarían al borde de la quinta y última.

Que, para confirmarlo, bastaba poner la mano izquierda entre la cara y el sol cuando saliese, y mirar por entre los dedos haciendo de cuenta que cada uno era una de esas zonas: el pulgar, la fría del norte; el índice, la templada de Cáncer; el dedo medio, la zona tórrida; la del corazón, Capricornio y, el meñique, el sur helado.

Otros afirmaban, en cambio, que las naves se dirigían hacia las antípodas, donde los hombres pisaban la bola o redondez de la Tierra del lado opuesto a ellos mismos.

O refutaban esos dichos, manifestando que creer en tierra antípoda era un disparate contrario a toda razón e ingenio porque, si así fuera, los hombres que allí vivieran deberían andar contra natura: los pies altos y la cabeza baja, algo sólo admisible para la risa.

La realidad es que en aquellas naves venían católicos apostólicos cultos, hijos de mamelucos enriquecidos en las cortes del Siglo de Oro y sefardíes convertidos a la fuerza al cristianismo luego de la toma de Toledo.

Pero también viajaban lúmpenes de toda calaña: gitanos de habla mitanni, francos prostibularios ex regentes de mancebías, flamencos luteranos ladrones de santos, mendigos almohades expulsados de Marrakech, teutones menesterosos, guerreros ziríes escapados a Andalucía después de la caída de Córdoba, bereberes faquires del Magreb y tahúres wattásidas huidos de la ocupación de Ceuta por Portugal.

Todos ellos descarnaban sus sueños en esta tierra, señor Schultz.

Como luego lo hizo Boggiani. Pero déjeme continuar explicándole cómo se formó nuestra patria.

Usted no lo sabe y le ayudará a comprender el misterio que encierra la muerte de Boggiani.

Supe por el relato del Maese Juan que, apoyados en esos afanes que le he descripto, un puñado de hombres de tintes y desvelos diversos tocó tierra en 1536, en las costas del Mar de Solís o Mar Dulce, y fundó allí Santa María de los Buenos Aires.

Que, acuciados por los querandíes y por el hambre, comieron sapos, culebras, zapatos, monturas, libros y hasta sus excrementos.

Un hidalgo se comió allí a su hermano. Al mes siguiente el comandante de la expedición, don Pedro de Mendoza, volvió a España sin haber encontrado el remedio para la sífilis que lo aquejaba y dejó el mando al capitán Juan de Ayolas.

Pero, observe la tozudez de estos hombres, señor Schultz.

Imagine cómo sería la fuerza que los impulsaba y pregúntese de dónde nacía ya que, junto a sus hombres, el capitán Ayolas remontó los ríos Paranaguazú y Paraguay navegando mil millas a la sirga, cinchados por percherones que arrastraban sus bateles desde la costa, contra la corriente.

Así llegaron hasta el puerto de La Candelaria —actualmente Bahía Negra—, el exacto sitio donde Boggiani vivió luego largo tiempo y que usted conoce muy bien.

Una gran coincidencia, ¿no es cierto? Me contaba el Maese Juan que, en el camino, aquella tropa malcomida peleó contra charrúas, querandíes, carios, guaraníes, chana-timbús y hasta, decían, contra yacarés que lanzaban fuego por la boca.

Pero los payaguás, con quienes se encontraron más al norte, terminaron con el capitán Ayolas antes de que pudiera hallar la ciudad de un Rey Blanco descripta por Francisco César, un emisario que él mismo había enviado semanas antes a una entrada a la tierra.

Esa ciudad inexistente de riquezas y placeres, que la imaginación transformó rápidamente en “La Ciudad de los Césares”, estaba situada en el cerro Rico de Bolivia, en el río Senguer de la Patagonia, en el Cuzco peruano, o en la Antofagasta chilena, dependiendo de quien la mencionase.

Pero aquel anhelo se deshizo para Ayolas con dos flechas que se incrustaron en sus ojos y le hicieron explotar su sueño junto con la selva que tenía delante.

Enseguida, un gusto ácido se irradió por su sangre.

Ése fue su último recuerdo del Nuevo Mundo.