Capítulo I. Carta de Elsa a Agustín Schultz #3
“Las hojas en forma de abanico de dos palmas caranday, de las que pendía mi hamaca, ocultaban intermitentemente la luz blanquísima de la luna que le iba ganando al día. Su brillo aparecía y desaparecía al ritmo de la oscilación que la brisa caliente imprimía a mi red de chaguar, donde yo dormía envuelto en un tul como una enorme crisálida. Sólo una inmensa nube de mosquitos que flotaba sobre mi cabeza, ocultándome el cielo y cambiando de forma en agitadas transfiguraciones, rompía la calma de las cosas. Además de los esporádicos resuellos que lanzaba cada tanto una manada de bueyes salvajes que dormía bajo un monte de chañar cercano. Un bramido afónico que rompía el callar sostenido de miles de sapos, cigarras y grillos que esperaban el fin del atardecer para lanzar sus cantos de apareamiento. De repente, el grito de un búho sonó con esa nota cristalina que sólo son capaces de emitir ciertas aves. Y se desató la noche. La profundidad de su negrura me envolvió y, de a poco, descorrió ante mis ojos un telón de estrellas brillantísimas que se duplicó sobre la superficie del río. El silencio, la libertad sin límites, la soledad grandiosa y la paz infinita fundan la grandeza de esta región”.
Cuando Guido Boggiani escribió esto, hacía tiempo que deambulaba solo por aquel paisaje.
Pintando. Armado de una caja y un caballete e impulsado por una fuerza que él mismo no terminaba de comprender, pero que lo empujaba a plasmar en sus lienzos aquel paisaje prístino y extraño a la vez.
Fíjese, señor Schultz, cómo lo describe más adelante.
“Este monte seco donde vivo, sembrado de árboles parcos, esconde una belleza arcana en su escasez. A diferencia de las forestas tropicales donde el sol y la humedad resaltan los colores de plantas y animales, aquí cada árbol y cada brote es una demostración del esfuerzo de la naturaleza por evitar lo yermo. Aquello que en los humedales es generosidad de forma y tinte, aquí se vuelve plantas enjutas y grisáceas que han aprendido a vivir años casi sin agua. Montes de quebrachos, timbós, lapachos y guayacanes viejísimos que parecen haber bebido su último trago cuando se formó la tierra. Palmares que aprovechan las escasísimas horas de lluvia para multiplicarse dificultosamente. Enredaderas grisáceas y muchas veces venenosas, que se trepan sin ley en arbustos de ramas espinosas con cogollos de aspecto antediluviano. Sólo las caraguatás y los irupés florecen con colores ardientes una vez al año: única señal y único indicio de que en este monte también existe Dios. Mientras tanto, todo me devuelve un retrato anémico de las pinturas del Tintoretto, un espejo desvaído de los frescos del Masaccio”.
Y sigue...
“Hasta los animales que habitan aquí poseen una monocromía que dificulta distinguirlos de la vegetación. Los murciélagos atrapamoscas, las zarigüeyas de tres patas, los quirquinchos ladradores, los aguará-guazú y los pájaros nocturnos como el caburé y el urutaú se han mimetizado de tal modo con el ambiente que parecen formar parte del mismo monte. Los bichos multicolores de otros sitios de Sudamérica han mutado también aquí en insectos pálidos: hormigas yzau, gusanos uras, mosquitos carancho o zancudos taladro. Animales que parecen desesperarse cada atardecer por conseguir una gota de sangre que les permita llegar al otro día y que sólo dejan de atormentarme cuando duermo rodeado por un círculo de paja brava encendida y humeante. Creo que es esa falta absoluta de belleza clásica lo que me atrae de este sitio. Pero ¿por qué me fascina tanto un paisaje así de infecundo? ¿Por qué me inspira esta vegetación baldía? ¿Por qué esta parca realidad se ha vuelto para mí tan atractiva? ¿Qué me liga a la mezquindad de esta nueva versión del Paraíso?”.
*
Estas y otras cosas se preguntaba Guido Boggiani en su diario, señor Schultz.
Y tenía razón en preguntárselo. Su origen jamás había previsto un destino tan extremo.
Había nacido en 1861, en Omegna, un pequeño pueblo del Piamonte situado a orillas del lago d’Orta, un sitio cuya atmósfera bucólica convocaba a artistas de muchas regiones.
Aquella ciudad de vivos colores, con balcones medievales repletos de camelias, lilas y azaleas, sumados al bello paisaje circundante, había despertado primero en su padre y luego en él el amor por la pintura.
Y, apenas comenzada su carrera, uno de sus cuadros titulado La cosecha de castañas había obtenido el premio Príncipe Humberto, convirtiendo repentinamente a Boggiani en uno de los artistas de moda en los salones de arte de la época.
Pero, a los veinticinco años, algo lo convulsionó.
Tanto, que dejó abruptamente aquella vida y partió a Sudamérica.
Una decisión y un destino que sorprendieron a todos.
Nadie supo entonces con certeza qué impulsó a aquel joven a dejar esa existencia cómoda y aquel futuro promisorio.
Si esa decisión fue animada por una honda decepción, el descubrimiento de un engaño o el súbito alumbramiento de alguna nueva verdad en su vida.
Lo único cierto es que llegó por primera vez a nuestra tierra en 1887.
Digo “por primera vez” porque, luego de vivir en el Paraguay durante seis años, volvió a Italia en 1893.
Allí hizo estudios de antropología y un extraño viaje por el Egeo.
Regresó a nuestro país tres años más tarde, ahora convertido en fotógrafo, donde vivió cinco años más hasta su trágico asesinato en 1901, dos años antes de que usted llegara a nuestra casa, señor Schultz.
Lo que nadie sabe realmente es qué pensó Boggiani en el vapor que lo trajo por vez primera a nuestra tierra.
Mi madre sólo me contó que llegó a Asunción, desde Buenos Aires, en el paquebote llamado Humaytá, remontando durante días los ríos Paraná y Paraguay.
Ella aseguraba que la idea de Boggiani de venir a nuestro país escondía un impulso incontrolable que lo guiaba desde hacía tiempo.
Una fuerza para la cual el joven italiano no encontraba nombre.
Acostumbrada a los vericuetos del alma humana, mi madre decía que sólo ella había logrado comprender la razón por la cual Boggiani se había zambullido en aquella aventura que pagó con su vida.
Y me dio las primeras claves para entender esas razones que, por otra parte, me cautivaron.
*
Sé que ya se estará preguntando cómo reuní la información acerca del sitio donde vivió el italiano, señor Schultz.
Bien sabe que nunca estuve en el lugar. La respuesta está en el aporte que me hicieron varios hermanos de nuestro convento de Trinidad de Itapuá, a quienes acudí en busca de datos luego de hallar el diario de Boggiani.
Aunque debo confesarle que algunas cosas fundamentales me fueron explicadas por alguien que lo conoce a usted muy bien. Pero de eso le hablaré más adelante.
En esos meses mi claustro se llenó de libros.
Ya en las primeras noches de lectura de la Historia del Paraguay del Padre Guevara, mi interpretación de los hechos comenzó a tomar otra dimensión.
A la vez, la lectura de los Apuntamientos sobre la historia natural, de Félix de Azara, y de los Viajes por la América meridional , de Alcide d’Orbigny, me abrieron los ojos a la geografía, la flora y la fauna del escenario adusto donde vivió el joven italiano.
De a poco me fui convirtiendo en una investigadora que rastreaba en la biblioteca del convento cualquier dato que pudiera ayudar a clarificar el misterio de la muerte de Boggiani.
Y, como si mi actitud hubiera hecho estallar una enfermedad contagiosa, este enigma desveló a los demás hermanos, señor Schultz.
Acudían a mi celda desde los maitines a las vísperas para aportar nuevas revelaciones o sugerir nuevos interrogantes.
El beato Silvio, por ejemplo, me trajo una copia de la Storia dell Arte dell Piamonte , de Ludovico Della Chiessa.
Ese ejemplar, único en el Paraguay, relataba la evolución de la pintura italiana desde las invasiones celtas hasta la actualidad y había sido copiado a mano por él mismo en la biblioteca vaticana durante su tiempo como seminarista.
Pude leerlo gracias a que, en mis primeros años en el convento, él mismo me había enseñado el idioma del Dante, además de su querido dialecto piamontés, dos lenguas que me fueron de gran ayuda.
Con la primera pude entender los cambios que sufrió el arte italiano a lo largo de su historia.
El dialecto del Piamonte, en cambio, me ayudó a descubrir los pensamientos más íntimos de Boggiani, que volcaba en su diario en aquel raro dialecto, como si fueran secretos que temiera revelar.
Pero no me bastaron los datos referidos a la historia europea, la geografía, la flora, la fauna y el arte, señor Schultz.
También consulté por carta al presbítero Mariano, que había partido a evangelizar la Gran Bolivia y había caído en la trampa del mismo demonio que pretendía conjurar entre los salvajes: el Belcebú etílico del singani.
Ese alcohol lo había transformado en un hechicero loco y vagabundo que vaticinaba a los cuatro vientos el advenimiento de una extraña revolución en Sudamérica apoyada por los persas.
A pesar de su vicio, el presbítero Mariano conocía en detalle la frontera norte del Paraguay y tenía experiencia directa en la zona situada al oeste de Bahía Negra donde transcurrieron los últimos días de Boggiani.
Casi tanta como la hermana Nela en el estudio de las pasiones humanas más peculiares, en las cuales buceaba con un interés que varios consideraban sospechoso, gracias a los libros de una nueva ciencia llamada “psicología” que le había alcanzado el acólito César.