Capítulo I. Carta de Elsa a Agustín Schultz #2
Poco a poco las llamas comenzaron a consumir el marco de la pintura de mi madre.
Pero el gualicho parecía difícil de quitar porque, a pesar del fuego, la tela no ardía y ella continuaba mirándonos desde el cuadro, como si nada, con la misma belleza diabólica que mantuvo intacta durante toda su vida, hasta que enfermó.
Se requirió mucho más tiempo para lograr que encendiera.
En un momento el diácono hizo una señal a dos monaguillos que abrieron la puerta que daba al Paseo de los Comuneros y un negro enorme, con el torso casi desnudo y unos ojos que metían miedo, entró cargando un inmenso atado de palos.
Sin mirar a nadie avanzó hasta el altar y, con un solo movimiento, lanzó la leña al fuego.
Saltaron chispas en todas direcciones, por lo que los feligreses de las primeras filas tuvieron que cubrirse el rostro.
La ceremonia pareció entonces salirse de madres.
Algunas mujeres gritaron mientras sus maridos trataban de apagar las diminutas brasas que saltaban a sus vestidos.
Hasta el propio presidente de la república, Benigno Ferreira, que se hallaba en primera fila con su esposa, sus nueve hijos y todos los miembros del episcopado, perdió la línea cuando tuvo que apagar un pequeño fuego fatuo que comenzó a inflamar una rosa de cretona que adornaba la capelina de su mujer, María del Carmen de la Mora.
Fue una de sus hijas quien le advirtió del hecho.
Sabido es que, en el Paraguay, los hombres no reparan en sus mujeres más que cuando necesitan satisfacer sus apetitos, señor Schultz.
En ese momento, un rumor solapado recorrió la concurrencia sugiriendo que aquel conato de incendio en la cabeza de la primera dama era una señal de Dios invitándola a su purificación por las infidelidades que se le atribuían con un general.
“Como si el Señor quisiera aprovechar para matar dos guyras con una ita”, advirtió, detrás de mí, la mujer de un diputado opositor.
Al instante, la esposa del presidente y algunos miembros del episcopado se volvieron y la miraron fijo.
Pero, antes de que las habladurías pudieran extenderse, un humo bajo, denso y negro surgió de la base de la pira y ahogó toda crítica.
La catedral entera se inundó con un vapor azabache que hizo desaparecer como por arte de magia las piernas de los concurrentes.
Quedamos todos hundidos en él como en un río, señor Schultz.
Algunas mujeres que se encontraban hincadas tuvieron que pedir ayuda a sus hombres para poder pararse con sus grandes vestidos y no desaparecer en aquel magma oscuro que les llegaba al pecho.
Toses fortísimas se desataron y el obispo tuvo que detener la lectura de los sacramentales que venía rezando desde el púlpito.
Tengo que confesarle, señor Schultz, que me inundó un enorme terror, que aumentó cuando el diácono se me acercó pálido y me dijo al oído: “A veces, hay fuerzas irrefrenables... Creo que el cuadro está poseído por un Maligno muy potente que no quiere darse por vencido” .
Percatado al parecer de lo mismo, el obispo hizo una seña con la que mandó traer más fuego y el gigante negro volvió a entrar con más leña.
En ese momento mi madre pareció mirarme impotente desde la pintura.
Bajo su typoi de tul que dejaba entrever sus partes más íntimas a través de su transparencia, daba la impresión de observarme con dolor y satisfacción al mismo tiempo.
Me acongojo solamente de recordarlo. Sabía que tenía que mantener la compostura frente a aquel cuadro que mostraba su impudicia ante todos: algo nada fácil.
Pero mis rezos me dieron la fuerza necesaria y su alma reposa ahora en paz, después de soportar por tantos años que gente de barrios bajos cantara coplas procaces, prohibidas por nuestra Santa Madre Iglesia, con las que conjuraban la aparición de su fétido esqueleto para solicitarle favores.
Años atrás, la maldición del barón Peralt de Cuberville, reputado como el diablo en persona, había caído sobre mi madre después de que lo dejara plantado en el mismo altar de la catedral frente al cual ahora incinerábamos la pintura.
De origen pobrísimo, pero de una belleza nativa poco común, ella había sido siempre rebelde a los mandatos masculinos.
Pero el barón de Cuberville quería una esposa sumisa.
Y cuando el día del casamiento la visitó a la mañana para ordenarle que a la salida de la iglesia permaneciera al final del cortejo ya que él presidiría esa marcha solo, ella escapó al Brasil en el acto.
Allí vivió en suburbios donde aprendió a reconocer el rostro de la necesidad, del sometimiento y del rencor.
Recién cuando el barón murió, volvió de su exilio a Asunción e instaló una casa de inquilinato en la calle Sendero para Morir.
Fue entonces cuando una residente del lugar llamada Madame Biseau descubrió en mi madre esa combinación de atributos aristocráticos y salvajes que hacían perder la cabeza a los hombres.
Le enseñó algunas palabras en francés y le explicó cómo lucrar con sus dotes.
Luego la convenció de transformar la pensión en una casa de lenocinio y se convirtió en su proxeneta.
Imagino que usted ya habrá oído acerca de estas cosas que sucedieron antes de que llegara Boggiani a esta tierra, señor Schultz.
Pero quiero que sepa otras de mi propia boca.
El relato requiere de su oído atento y sincero, dos virtudes de las cuales sé usted no es demasiado devoto.
Pero me he prometido en esta carta no hablar de cuestiones personales, así que seguiré con la historia de Guido Boggiani.
*
De a poco, el lupanar de mi madre se hizo más y más famoso en Asunción.
Comenzó a concurrir la aristocracia, se tomaba champagne diariamente y hasta sonó allí el primer gramófono que se conoció en el Paraguay, en el cual se escuchó un aria de Rigoletto grabada en La Fenice de Venecia y una pieza corta para piano de Mozart.
Es que en el burdel no se hablaba sólo de lujuria sino también de arte.
Fue en aquella época, cuando el prostíbulo se hizo muy popular, que el Maese Juan excomulgó a mi madre.
Aunque todo se complicó aún más para “la Magdalena” —así la llamaban a ella vulgarmente— luego de conocer a Guido Boggiani.
El pintor de veintisiete años, que acababa de llegar de Italia, había quedado conmovido con su belleza y le propuso inmortalizarla en un cuadro.
Pero el barón francés despechado había lanzado su maldición: nadie podría poseer a mi madre, ni siquiera en una pintura.
Incrédulo en supersticiones, el joven italiano hizo caso omiso de las advertencias de muchos y la pintó casi desnuda.
Pero la maldición se cumplió. Para él, con su muerte prematura y, para ella, atrapando su alma en la tela para siempre.
Ahora, gracias a los oficios de mi querido confesor que me rescató de pequeña del ateísmo de aquel burdel donde nací y me educó en la Fe de Cristo en este convento, he podido conjurar ese maleficio.
Un gualicho que se retiró anteayer a su sitio en el infierno, cuando una marea ígnea trocó en rojo incandescente la palidez del rostro con el que Boggiani había plasmado a mi madre en la tela, infectando su cuerpo con decenas de ampollas que se hincharon como pústulas hasta hacerlo desaparecer en el calor de aquellas llamas purgatorias.
Durante esa prolongada metamorfosis del cuadro, y gracias a un hecho inesperado, terminaron de cobrar sentido algunos detalles dispersos de la vida de Guido Boggiani que me había relatado mi madre desde su lecho de muerte.
Cosas que el italiano le confesó y que no figuran en su diario.
No olvide, señor Schultz, que las prostitutas fueron siempre un reaseguro para confidencias y secretos, ya que nadie toma por ciertas historias relatadas por ellas.
*
“Como si la uña finísima de Dios hubiera agujereado la bóveda celeste desde atrás para dejar entrever por la hendija una porción del fulgor del Paraíso, el tajo curvo de la luna nueva pareció calar el cielo crepuscular. Con las últimas luces del día, los albardones de las orillas del río Paraguay mostraban un verdor que se iba apagando a medida que mi vista se alejaba de la costa y se posaba en el monte espinoso y reseco que cubría el resto del paisaje. Allí, la tierra sólo parecía tener signos de vida cuando el viento alzaba el polvo y lo arremolinaba en pequeños tornados”.
Con estas bellas palabras Guido Boggiani describe en su diario aquel confín de nuestro país donde habitó durante tantos años. Sé que no le interesa la literatura, pero le sugiero que ponga mucha atención en cada frase de mi relato, señor Schultz. Yo sé por qué se lo digo.