El fotógrafo del paraíso
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Capítulo I. Carta de Elsa a Agustín Schultz
Capítulo I Carta de Elsa a Agustín Schultz
(Dos días después del Auto de Fe)
La memoria es un animal blando que adquiere formas extrañas cuando uno lo toca, señor Agustín Schultz.
Y debo confesar que durante las últimas semanas esa bestia no ha dejado de moverse en mi cabeza.
A veces parece una ameba fosilizada que remite a un tiempo antediluviano.
Otras, muestra la misma vivacidad de las mariposas albas, que atraviesan nuestro país posadas sobre los camalotes para llegar más rápido a su lugar de apareamiento.
De mañana el animal despierta con la actividad de los colibríes y a la noche se vuelve inmóvil como sapo de bañado.
En un comienzo adjudiqué estos caprichos de mi memoria a las anginas de cada invierno cuya fiebre me ha empujado muchas veces al delirio.
Pero gracias a algunos síntomas de este mal que se revelaban distintos este año —picazón extraña en la nariz, sequedad exagerada en la lengua y contracciones intempestivas del vientre— atribuí estos cambios al agua que bebemos últimamente.
Como usted bien sabe, señor Schultz, grandes contingentes de mensús han partido en estos años a trabajar río arriba en la tala del quebracho y, desde allí, lanzan a las aguas del río Paraguay restos hediondos de cebúes salvajes carneados en su orilla, pócimas oscuras usadas en la curtiembre de sus cueros, trapos infectados con la viruela que los acosa y hasta cadáveres, producto de las riñas a que induce la caña que beben para mitigar la soledad, reavivar sus sueños y atraer compañía imaginaria a la práctica solitaria con la que se consuelan noche tras noche en medio del monte.
Hasta entonces creía que estos extraños movimientos de mi memoria se debían a estos hechos.
Pero, hace pocos días, a medida que se acercaba la fecha de nuestra esperada transacción, la bestia reveló un rostro inesperado.
Una mañana, cuando en el convento de Trinidad de Itapuá, en donde vivo, desperté para los maitines, los pliegues de mi memoria dejaron al descubierto un animal salvaje, apasionado e indescriptible, mezcla de aguará-guazú, mono y gusano, que dormía en mí desde hacía mucho tiempo.
Pero no quiero asustarlo, señor Schultz.
He acordado con usted entregarle el diario y las demás pertenencias de Guido Boggiani, que tengo en mi poder, a cambio del título de propiedad de la parcela situada en las profundidades del monte paraguayo que el italiano le dejó en herencia a mi madre para que se lo entregue a su hijo Zíghizi.
Hace una semana he recibido la escritura de esas tierras que usted me envió tal como convinimos y, aunque ahora me he enterado de que la consiguió de manera despreciable, cumpliré con mi parte del acuerdo.
Sé que, de todo lo que le mandaré, sólo le interesa el diario de Boggiani.
Ciertos comentarios le han hecho a usted concluir que allí se esconde un secreto que guardaba ese gran artista, del cual quiere sacar gran provecho.
Pero debo desalentar su ansiedad. Para comprender el misterio que escondía Guido Boggiani y develar los motivos de su inesperada muerte en el monte hace falta conocer, sin duda, algunos datos que están en su diario.
Pero la verdadera clave está encerrada en el largo relato que me hizo mi madre desde su lecho de muerte, al cual hay que sumarle las palabras de alguien que me susurró un secreto al oído.
Sólo aunando estas tres crónicas podrá usted comprender el enigma que tanto lo desvela.
Se preguntará por qué me ofrezco como su guía en este laberinto.
Le explico. Inicialmente, ésta iba a ser una breve misiva cuyo único motivo era acompañar mi envío.
Pero hace algunos meses, cuando encontré el diario de Boggiani envuelto en el typoi de tules transparentes de mi madre, el misterio que flotaba sobre su muerte me atrapó también a mí y me abrió una puerta inesperada.
De un día para el otro me encontré inmersa en un mar de argumentos y contradicciones.
Apresada en un enredo donde cada certeza era derribada inmediatamente por una duda.
Y donde me perdí, tal como parece haberse perdido Boggiani en ese monte seco y arcaico que tapiza nuestro norte, en el cual aquel joven vivió tantos años.
Pero insistí, señor Schultz. Y, de a poco, un hilo de Ariadna que unía algunas frases del italiano, el recuerdo de un cierto tono en el relato de mi madre y, sobre todo, esa voz que me acercó su secreto, fue llenando de sentido los huecos de aquella trama fragmentada.
Los hechos sucedidos antes de ayer en nuestra querida catedral completaron el panorama.
Pero, además, corrieron un telón de mí misma.
Por eso decidí ayudarlo a descubrir el enigma que esconde la muerte de Boggiani. Ya entenderá.
*
Hace dos días, el Miércoles de Ceniza, incineramos el cuadro maldito.
Fue en un Auto de Fe al que asistió la sociedad asunceña en pleno.
Mi piadoso confesor, el Maese Juan, me había dicho: “Ya es tiempo, Elsa”.
Un andamiaje de palos de guayacán y timbó, montado delante del altar mayor de nuestra catedral, sirvió de crematorio a la pintura endemoniada que representaba a mi madre.
La pira había sido construida siguiendo las directivas del Santo Oficio de Lima, descriptas en un plano que obraba en el sótano de nuestro convento desde 1570.
El Fraile Tomás Ortiz, dominico anatemista, detalla allí el mejor modo de construir una fogata para “hacer arder judíos, luteranos, brujas, hechiceros, bígamos y putos”.
Yo misma he podido ver esas indicaciones en los planos que indican la hoguera requerida para estos menesteres, señor Schultz.
Las minuciosas directivas explican los suplicios a que debe someterse a los reos antes de su purificación y enumeran artefactos como “el potro”, un cepo al que se coloca al condenado para que sufra estiramiento de brazos y piernas, y “la garrucha”, un cordel ligado a una polea que alza al prisionero desde los brazos amarrados en la espalda mientras se le cuelga peso en los pies.
¿No le recuerda algo todo esto, señor Schultz?
Dice también Fray Ortiz que las fogatas de purificación deberán tener palos gruesos abajo y delgados arriba, al contrario de lo que dicta la lógica.
Explica que, a pesar de la dificultad que implica encender un fuego con tal disposición, una vez que los troncos más voluminosos consiguen arder, el fuego adquiere una temperatura extrema y a través de la leña fina encuentra un camino directo al cielo, traspasando al hereje con rapidez y extrayendo al Maligno de una sola estocada.
Fray Ortiz hace también una enumeración de los salmos que deben recitarse antes de que el condenado esté situado en la pira que, asegura, “dan aún más pavor al reo y, por ende, también amilanan al demonio que guarda”.
Para el conjuro de la pintura de mi madre en la catedral seguimos al pie de la letra tales instrucciones, tan usadas en los albores de nuestra patria para hacer entrar rápidamente la palabra de Dios a esta tierra salvaje, señor Schultz.
Aunque ayer ni siquiera los consejos de Fray Ortiz conseguían vencer al demonio que encerraba el cuadro.
El Diablo debía estar muy incrustado en la madera, porque el marco de palosanto chirrió varias veces cuando el diácono dio fuego al montón de hojas secas de molle usadas como combustible inicial del exorcismo.
Finalmente, la fogata ardió y desató una llama violácea seguida de una nube oscura que se alzó hasta la cúpula del templo.
“Una manifestación propia del demonio”, comentó un acólito, en medio del sofoco que nos produjo el humo en aquella noche tórrida de verano.
Desde entonces una mancha negra permanece en el cielorraso, opacando las franjas verdes y amarillas que ornamentan la nave principal desde el refectorio hasta el atrio.
El obispo ha decidido dejar allí ese vómito de Belcebú como recordatorio del conjuro.
Lo más granado de la beatería asunceña acudió esa noche al acto de purificación.
Hacía años que no se declaraba un anatema en la ciudad.
El último había tenido lugar en 1760, cuando el Consejo de Indias declaró la apostasía de un natural que se negaba a rezar el padrenuestro y, en cambio, oraba a una divinidad que llamaba Ñandeyara.
El condenado fue quemado vivo en la plaza central, delante de todo el pueblo.
Desde entonces se sucedieron diez crucifixiones de esclavos que habían alzado su mano contra sus amos y otras siete, voluntarias, de fieles que esperaban obtener alguna gracia especial, exorcizar una enfermedad o conseguir el perdón de sus pecados.
Mi querido confesor sostiene que el Reino de Dios que penetra por la carne fructifica en el alma. Y el Maese Juan sabrá por qué lo dice.