El fotógrafo del paraíso Capítulo VIII. Carta del Maese Juan a Carlos Benítez
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Capítulo VIII. Carta del Maese Juan a Carlos Benítez

Capítulo VIII Carta del Maese Juan a Carlos Benítez

(Dos meses después del Auto de Fe)

Estimado señor Carlos Benítez: he recibido la bolsa de chaguar que me ha enviado.

No hace falta que le diga que he entendido claramente el mensaje encerrado en las balas que contenía.

Con su pedido hubiera bastado. Todo el Paraguay sabe que sus deseos son órdenes.

Su apodo de Emperador del Chaco no es gratuito.

Conozco al dedillo todo lo que ha hecho en esos montes olvidados y no lo apruebo.

Pero debería saber que la Iglesia siempre ha estado del lado del progreso.

Yo no contaba con que Magdalena escondiera una trampa en el cuadro.

Era más inteligente de lo que todos pensábamos.

Ella sabía que Elsa, su propia hija, podía caer fácilmente bajo las presiones de gente como el señor Schultz, y no creyó seguro dejarle a ella el encargo de dar a conocer esas fotografías.

Por eso ideó un ardid para que las fotos de las desgracias chamacoco llegaran directamente a la gente, sin que lo supiera ni siquiera la Santa Madre Iglesia, ni Schultz. Y tampoco Elsa.

Pero Elsa también resultó más viva de lo que esperábamos.

Porque descubrió sola la realidad de los hechos y actuó en consecuencia.

Pero no se inquiete, ni me mande más amenazas como esta que encierra la bolsa de chaguar que me ha enviado con mi desayuno.

Debería confiar más en la experiencia de la Iglesia, señor Benítez.

El Vaticano jamás puede permitir que la realidad desplace a la Fe.

Ella es nuestro sustento. Sin Fe no hay Iglesia, ni Dios.

Es necesario que el vulgo crea que la vida es un hecho inexplicable, siempre doloroso y solamente comprensible a través de Dios.

Y es también necesario que la gente nos vea como sus interlocutores con ese poder supremo que tiene en sus manos la vida y la muerte.

El arte ha sido siempre una de las herramientas más eficaces para este objetivo, señor Benítez.

Nos hemos ocupado de que así sea. Apoyando en todas las épocas a artistas que ensalzaron la imagen de Dios y explicaron el arte como un don divino que El Creador les confiere a unos pocos.

Una explicación contraria a la idea que sustenta la fotografía, esa disciplina que retrata el mundo tal cual es, que hoy comienza a cobrar un auge preocupante y que Boggiani manejó hábilmente para exhibir la situación de los chamacocos.

Pero nosotros no podemos permitir ser reemplazados por una disciplina que coloca la realidad delante del sueño.

Que mañana sustituirá la creencia en nuestro credo por alguna imagen de la realidad que explique claramente el dilema de la vida.

En suma, que intenta llevarse por delante el larguísimo camino de ilusiones que la Iglesia ha construido para cimentar el único valor en el cual, como ya le he dicho, apoyamos todo el andamiaje de nuestro poder: la Fe.

Aquí le envío los cincuenta y cuatro negativos de vidrio que usted tanto esperaba, señor Benítez.

Elsa me ha asegurado que la única placa de vidrio que falta ha sido destruida involuntariamente por Boggiani y que no existe ninguna otra imagen de su cuestionable actuación en el norte de nuestro país.

Se lo confirmo, señor Benítez. El obispo también me ha solicitado que le comunique que, mientras usted no vaya en contra de nuestra religión, la Iglesia no se meterá en sus negocios ni saldremos en defensa de aborígenes incultos.

Usted sabe que nuestra querida y Santa Madre Iglesia siempre ha sido pragmática.

Eso nos ha salvado de muchas tormentas y nos ha dejado prontos para enfrentar el futuro.

El obispo también me ha pedido que le agradezca la donación de durmientes de quebracho que le ha hecho, sobre los que asentará la refacción de la casa de ejercicios espirituales.

Y que le diga que no se preocupe por las habladurías que han corrido sobre usted luego del exorcismo en nuestra catedral, señor Benítez.

Él mismo me ha instruido para que el próximo domingo me ocupe personalmente de asegurarles a los fieles, desde el púlpito, que las fotografías caídas del cielo no han sido más que una nefasta obra del demonio que se hallaba encerrado en el cuadro.

Y que, como siempre, ese ser maléfico y mentiroso trata de hacer pasar por malos a los ciudadanos dignos y progresistas como usted.

El pueblo siempre cree en la palabra de los representantes de Cristo, señor Benítez.

No olvide que la Santa Iglesia Católica lleva casi dos mil años haciendo política.

Le envío, junto con esta carta, una estatua de la Virgen de Caacupé, bendita por el mismísimo Santo Padre, para que la ponga en su obraje.

Recuerde que sus hombres también necesitan creer en algo.

Y es bueno que sea en nuestra Fe y no en fantasmagorías inventadas en el monte.

Dios le conceda su gracia eterna, señor Carlos Benítez. ¡Viva el tanino!