El fin y el principio (M. 5) Las muertes #14
98%

Las muertes #14

También le aguarda una muerte natural a Renato Ricci, el fanático comandante de la Guardia Nacional Republicana y antiguo presidente de la Opera Nazionale Balilla, quien hasta el último día se empeñó en enviar a cadetes de dieciséis años al frente en busca de una «hermosa muerte».

Capturado el 25 de abril, encarcelado en la isla de Procida junto con numerosos otros jerarcas fascistas, se beneficia de una amnistía y recobra la libertad en enero de 1950.

En los años que siguen, Ricci llega incluso a prosperar en los negocios gracias a las lucrativas representaciones comerciales que le ofrecen los industriales alemanes que había conocido durante la era nazi.

Muere de cáncer de hígado en su cama la mañana del 22 de enero de 1956.

Por último, pero no menos importante, Ampelio Spadoni también muere en su cama.

E incluso él abandona este mundo entre solemnes exequias.

El subcomandante de la tristemente famosa Legión Muti, el hombre inmortalizado en su sádica indiferencia junto al cuerpo exánime de un hombre torturado en una macabra fotografía robada de la cámara de torturas del cuartel de via Rovello, ese hombre, en la inmediata posguerra, es juzgado por diversos delitos junto con sus subordinados en las salas semivacías del Tribunal de lo Penal de Milán.

Se imponen tres condenas a muerte a sus camaradas Arnaldo Asti, Arnaldo Cagnoni y Michele Della Vedova.

Ninguna de ellas se ejecutará. Al mayor Alceste Porcelli, jefe de la llamada «oficina política», torturador habitual, se lo sentencia a treinta años de prisión por homicidio múltiple, secuestro, extorsión y violencia.

Diez son indultados; los demás, amnistiados.

Los menores involucrados en torturas y asesinatos son absueltos por «no ser imputables, al no estar en pleno uso de sus capacidades mentales».

En el peor de los casos, se les encierra en reformatorios.

La condena de Spadoni es de veinticuatro años.

Ocho se le indultan de inmediato, los demás son parcialmente anulados por el Tribunal Supremo.

El torturador Porcelli queda en libertad gracias a un decreto de amnistía en marzo de 1952. Durante ese mismo periodo, también son excarcelados los demás protagonistas de la violencia que aterrorizó Milán durante los seiscientos terribles días de la República Social Italiana.

Ampelio Spadoni vive veinte años más. Y no se esconde.

Se une al Frente Nacional de Junio Valerio Borghese tras su salida del MSI y preside la sección milanesa de la Asociación Osados de Italia.

En diciembre de 1969, encabeza la delegación neofascista en el cortejo fúnebre de Antonio Annarumma, policía fallecido en un enfrentamiento callejero, que concluye con una caza al hom bre frente al Teatro Lirico.

Spadoni muere el 28 de octubre de 1971, en el cuadragésimo noveno aniversario de la marcha sobre Roma. Lo que es el destino.

El comisario de policía de Milán, Libero Mazza, se apresura a enviar un telegrama de condolencias a los familiares del fallecido.

Sus camaradas, jóvenes y viejos, acuden en masa a su funeral, izando lábaros y estandartes con calaveras negras.

La ceremonia privada se transforma en una manifestación pública, acompañada por himnos escuadristas y cantos de guerra, entre un mar de banderines, boinas de paracaidistas y banderas negras.

A la sombra de estas, se esconden sin duda algunos de los terroristas neofascistas que ya habían dado inicio con la masacre de piazza Fontana a la sangrienta campaña de asesinatos políticos selectivos y matanzas indiscriminadas que afligiría la historia italiana durante otra década.

Su objetivo era ahogar en sangre el poderoso espíritu progresista que animaba al país. Lo lograrán.

R ODOLFO G RAZIANI Filettino, 11 de agosto de 1885 – Roma, 11 de enero de 1955

En la noche del 29 de abril de 1945, el día en que se masacra el cuerpo de Mussolini, al entregarse incólume en manos del servicio secreto estadounidense, Rodolfo Graziani carga con casi sesenta años de vida y casi cuarenta de guerra a sus espaldas.

Como muchos otros fascistas, tuvo una juventud heroica y una madurez indigna.

Su carrera política y militar fue fulgurante —coronel con tan solo treinta y seis años, el más joven en la historia de Italia, luego general, gobernador de las colonias, jefe del Estado Mayor e incluso virrey de Etiopía—, pero su parábola biográfica hace gala de una inflexible tendencia a declinar desde el elevado rango de héroe romántico de desiertos inexplorados al de exterminador de indefensos.

Durante la marcha de Rodolfo Graziani a través de las tierras desoladas del África fascista, desde principios de la década de 1930, el soldado dio paso, en efecto, al asesino de masas.

En Cirenaica, para acabar con la resistencia de los esquivos caballeros sanusíes, no duda en ordenar la deportación de cien mil civiles del Yabal al Ajdar cirenaico a una red de campos de concentración donde cincuenta mil de ellos encuentran la muerte; en Etiopía, contribuye en primer lugar a la conquista rociando nubes de gas mostaza desde el cielo sobre sus enemigos, tanto militares como civiles; más tarde, tras tomar el poder sobre el Imperio que había pertenecido al negus, incapaz de gobernar a su pueblo, el virrey siembra la tierra de prisioneros pasados por las armas, cadáveres colgando de horcas y cestas repletas de cabezas cercenadas de civiles exterminados.

Junto a ellos, los conquistadores fascistas posan para fotos de recuerdo que envían a casa.

Durante la Segunda Guerra Mundial, rescatado por Mussolini para derrotar a los ingleses en el norte de África, teniendo que vérselas no con pelotones de jinetes beduinos ni con diáconos imberbes, sino con las fuerzas armadas del Imperio británico, tras situar su puesto de mando a diez metros bajo tierra en una antigua tumba romana a quinientos kilómetros del frente, Graziani pierde un ejército de doscientos mil hombres en dos semanas.

Al final, destituido del mando y sometido a investigación disciplinaria, tras dos años de marginación y descrédito, en el momento de la proclamación de la República Social Italiana, el «león de Neghelli» vuelve al escenario para respaldar con el prestigio que le quedaba la sangrienta mentira de un ejército republicano nacional.

«No hay segundos actos en las vidas de los estadounidenses», escribió en una ocasión Francis Scott Fitzgerald.

Por el contrario, sí que los ha habido muy a menudo en la vida de los fascistas italianos.

Segundos y terceros. Rodolfo Graziani dedica su tercer acto a añorar el fascismo.

Inscrito en la lista de criminales de guerra de las Naciones Unidas, pero nunca llevado a juicio, condenado a diecinueve años por colaboracionismo por un tribunal militar italiano, pero, gracias a diversas amnistías, liberado en septiembre de 1950, el antiguo mariscal del Imperio se une al Movimiento Social Italiano, el partido de los veteranos de Saló, y se convierte en su presidente, esforzándose por todos los medios por revivir el movimiento neofascista.

Tras haber escapado a la muerte en demasiadas ocasiones durante noches de legendarias hazañas bajo una luna tropical, Rodolfo Graziani, después de sufrir un colapso, fallece el 11 de enero de 1955 en una clínica de via Trasone, en Roma.

En la segunda década del siglo siguiente, en el municipio de Affile, cerca de su ciudad natal, los administradores de la República Italiana elegidos democráticamente erigen con fondos públicos un santuario en memoria de este héroe de genocidios africanos.

T HEODOR S AEVECKE Hamburgo, 22 de marzo de 1911 - Bad Rothenfelde, 16 de diciembre de 2000

Alguien ha escrito que «la vida no te asciende por méritos». La muerte, desde luego, no. Y este es precisamente el caso de Theodor Saevecke.

Capturado por soldados estadounidenses de la Special Investigation Branch que investiga los crímenes de guerra nazifascistas, el capitán de las SS al mando del Aussenkommando Mailand, al verse frente a más de cuarenta testimonios recopilados en su contra y a las fotos de las matanzas que ha ordenado, incluida la masacre de piazzale Loreto en el verano de 1944, realiza una confesión completa.

No niega ni disminuye sus responsabilidades.

Las acepta. Su orgullosa confesión le granjea un trabajo.

Mientras Joachim von Ribbentrop es ahorcado en Núremberg junto con otros diez jefes nazis, el «verdugo de Milán» es reclutado por la CIA.

Nombre en clave: «Cabanio». A él, y a muchos otros como él, diseminados entre gobierno, judicatura y policía, la posguerra no les exige una vida en la sombra ni una huida a Sudamérica.

Su probada ferocidad, unida a las habilidades adquiridas en el ámbito de la represión policial, hace de él una pieza muy útil para contrarrestar los fuertes impulsos a favor de la renovación democrática, presentes tanto en la sociedad italiana como en la alemana.

El expediente sobre la masacre del 10 de agosto de 1944, marcado con el número 2.

167, queda sepultado en un armario cara a la pared en el almacén de la cancillería militar, en la planta baja del palacio Cesi-Gaddi de Roma.

Lo acompañan otros 695 expedientes judiciales y un registro general que recoge 2.

274 informes penales, recopilados por la fiscalía general del Tribunal Supremo Militar, relacionados con crímenes de guerra cometidos en suelo italiano por los alemanes y los «muchachos de Saló» durante la campaña de Italia, entre 1943 y 1945.

Permanecerá allí durante cincuenta años.

Mientras tanto, Saevecke puede desarrollar su carrera: colaborador de los servicios secretos estadounidenses, asesor gubernamental de la República Federal de Alemania, director de las escuelas de policía en Alemania Occidental.

Solo en una ocasión, a principios de los años sesenta, el antiguo torturador nazi parece correr el riesgo de que su pasado criminal salga a la luz: en octubre de 1962, ordena un allanamiento intimidatorio en la redacción del semanario progresista Der Spiegel .

El escándalo subsiguiente impulsa a las autoridades alemanas a pedir información a sus homólogos italianos sobre el pasado de Saevecke en la Gestapo durante la guerra.

La fiscalía militar italiana y el Ministerio de Defensa se pasan uno a otro el expediente incriminatorio varias veces.

Luego, en mayo de 1963, deciden archivarlo.

No les faltan razones: es necesario apoyar a la República Federal de Alemania en su papel como barrera ante el avance soviético; la inmunidad otorgada por la CIA a los criminales de guerra nazis ha de ser ocultada, los criminales de guerra nazis no deben sentarse en el banquillo de los acusados, ya que desde allí implicarían a sus cómplices fascistas, muchos de los cuales se han reciclado dentro de las instituciones de la República Italiana.

Y, por encima de todo, las expectativas generalizadas de renovación que la Resistencia había despertado veinte años antes no deben reavivarse en absoluto.

Debemos mirar hacia delante. El pasado ha de ser borrado.

Theo Saevecke puede, de esta manera, continuar su carrera en la policía alemana sin interrupciones.

En su transcurso, llega a ocupar un puesto en la dirección de los servicios de seguridad del Ministerio del Interior.

Se jubila en 1971 como subjefe de la policía de seguridad en Bonn, la capital de la nueva Alemania democrática.

Un único pequeño disgusto turba su vejez.

A mediados de la década de los noventa, unas valientes indagaciones periodísticas consiguen que el «armario de la vergüenza» del Palacio Cesi-Gaddi pueda por fin volver a abrirse.

Han transcurrido más de cincuenta años desde los sucesos de aquel pasado sepultado: cuando el expediente 2.

167 es remitido a la fiscalía militar de Turín, de los acusados solo el capitán Saevecke sigue vivo.

El 9 de junio de 1999, al final del siglo XX , el Tribunal Militar de Turín condena a Theodor Saevecke a cadena perpetua por el tiroteo de piazzale Loreto.

Demasiado tarde. El «verdugo de Milán» fallece «serenamente» en la cama en su propio domicilio pocos meses después. La muerte se produce en Bad Rothenfelde, una célebre localidad balnearia de la Baja Sajonia. Es diciembre de 2000. El último año del siglo XX . O, tal vez, el primero del XXI .