El fin y el principio (M. 5) Las muertes #13
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Las muertes #13

El «Príncipe Negro» nace en el seno de una familia noble que se remonta a la época imperial romana.

La vida militar es su vocación, aunque su espíritu y actitud no sean en realidad los de un general del ejército, sino los del capitán de una compañía de mercenarios.

Mejor dicho, a juzgar por su pasión por el mar, podría considerarse más bien un cabecilla de corsarios.

En efecto, su carrera se desarrolla en la marina, obtiene el título de buzo, comanda submarinos.

Durante el conflicto, mientras las fuerzas convencionales italianas, y la Armada en particular, sucumben encadenando una derrota tras otra, la unidad que dirige, la X MAS —un cuerpo especializado en misiones secretas y en el uso de minisubmarinos, lanchas rápidas cargadas de explosivos y asaltantes subacuáticos a bordo de torpedos de baja velocidad, los tristemente famosos maiali , cerdos—, inflige daños devastadores a los Aliados.

La unidad que guía Borghese despierta tanta admiración y temor que los estadounidenses se inspiraron en los métodos de la X MAS para sus Navy Seals, y muchos otros ejércitos se inspirarán en su ejemplo para sus tropas de élite.

Malquisto por Mussolini debido a su popularidad y su reticencia a unirse a las filas del fascismo oficial, la leyenda negra de la X MAS, sin embargo, empieza después del armisticio, cuando el cuerpo militar organizado por Borghese se pone bajo las órdenes directas del mando alemán y, empleado para combatir a los Aliados, pero especialmente a la Resistencia italiana, se hace responsable de una larga serie de atrocidades.

En la posguerra, tras varios periodos de detención, Borghese se salva gracias a la intercesión de los servicios de inteligencia estadounidenses, que pretendían utilizarlo con fines anticomunistas.

En 1951, es nombrado presidente honorario del MSI, partido del que pronto se separa para convertirse en un referente de la derecha subversiva extraparlamentaria.

Este camino lo lleva, en la noche del 7 al 8 de diciembre de 1970, a encabezar un intento de golpe de Estado junto con funcionarios ministeriales, miembros de las fuerzas armadas y militantes de grupos neofascistas conspiradores.

Cuando la acción subversiva se halla ya en una fase avanzada de ejecución y cientos de insurgentes se han movilizado, a la 1:49, el propio Borghese ordena su inmediata cancelación.

Tras el fracaso del golpe, el príncipe se refugia en España junto con otros conspiradores y con la probable complicidad de una parte de las fuerzas de policía.

El 28 de agosto de 1974, el Corriere della Sera anuncia que Borghese, de vacaciones en Cádiz, ha fallecido a causa de una pancreatitis hemorrágica aguda y que su cuerpo será devuelto a Italia tras ser embalsamado.

El 1 de septiembre, se da la noticia de que el príncipe será enterrado al día siguiente en la basílica papal de Santa María la Mayor junto a su antepasado, el papa Pablo V.

El Vaticano confirma que la familia Borghese llevaba enterrando a sus muertos en esa iglesia desde 1611.

Al final de la ceremonia fúnebre, a la que asisten dos mil personas aproximadamente, unos jóvenes activistas de extrema derecha, tras vencer la débil resistencia de los guardias, levantan el ataúd y lo sacan de la iglesia gritando: «¡Italia!

¡Italia! ¡Viva la X MAS!». El grito resuena con fuerza en la plaza romana, estableciendo una nítida identificación, por mera yuxtaposición de los términos: Italia, X MAS.

En realidad, la controvertida vida del príncipe Borghese, especialmente después de 1945, sigue rodeada de misterios en muchos aspectos. Y entre ellos, el motivo de la repentina orden de anular el golpe de Estado esa noche de diciembre de 1970.

A MERIGO D ÙMINI San Luis, 4 de abril de 1894 – Roma, 25 de diciembre de 1967 F ERRUCCIO V ECCHII Sant’Alberto, 22 de marzo de 1894 – Castelfranco Emilia, 24 de febrero de 1960 A LBINO V OLPI Lodi, 21 de septiembre de 1889 – Milán, 7 de agosto de 1939 A RCONOVALDO B ONACORSI Bolonia, 22 de agosto de 1898 – Roma, 2 de julio de 1962 T ULLIO T AMBURINI Prato, 22 de abril de 1892 – Roma, 2 de noviembre de 1957 A MPELIO S PADONI Romano Lombardo, 9 de noviembre de 1906 – Milán, 28 de octubre de 1971

Tras producirse la Liberación, los días de ira duran semanas, meses, en algunos lugares incluso años.

Muchísimos perpetradores de la violencia fascista —de la primera o de la última hora, a menudo de la primera y de la última — son abatidos sin compasión y al margen de toda legalidad: fusilados al borde de una carretera tras procesos sumarios, linchados por la furia popular, asesinados en una ordalía de represalias colectivas, disputas tribales y venganzas personales.

Muchos van al encuentro de este despiadado final.

Muchos, pero no todos. La mayor parte de los matones, verdugos, torturadores, de los asesinos fascistas se van de rositas.

Sustrayéndose tanto de la venganza como de la justicia.

Entre el 25 de julio de 1943 y el 25 de abril de 1945, Amerigo Dùmini es arrestado y liberado varias veces, tanto por fascistas como por antifascistas, y se reinventa una y otra vez, trapicheando con los fascistas y con los Aliados, con los partidarios de Mussolini y con los de Badoglio, apañándoselas como siempre.

Al final, tras ser reconocido por un sargento mayor de los carabineros, a quien le confía una motocicleta para repararla, es llevado ante la justicia.

El Tribunal de lo Penal de Roma, de hecho, ha decidido volver a juzgar el asesinato de Matteotti.

El veredicto se dicta el 3 de abril de 1947: Dùmini, Poveromo y el fugitivo Viola son condenados a cadena perpetua por asesinato premeditado y con agravantes, pena conmutada por treinta años de cárcel.

A fin de cuentas, sin embargo, la cadena perpetua de Dùmini se transforma en nueve años y nueve meses de prisión efectiva.

El asesino de Giacomo Matteotti sale del centro penitenciario de Civitavecchia el 23 de marzo de 1956.

Tan pronto como recupera la libertad, demuestra su lealtad al fascismo uniéndose al Movimiento Social Italiano, escribe un panfleto sobre la situación carcelaria en Italia y se lucra incluso de su propia leyenda al publicar unas memorias, Diciassette colpi , en la editorial Longanesi, en las que se atreve a declarar que el secretario socialista murió «de una hemoptisis provocada por el susto» durante su secuestro.

Al final de su infame existencia, los últimos años de Dùmini transcurren en la amargura y la soledad.

Deja de hablar del pasado y sobrevive gracias a una pensión de supervivencia del Estado italiano.

En el invierno de 1967, mientras persigue en casa a su perro Marat, que detesta la correa, sufre una grave caída y se rompe el fémur.

Ingresado en el hospital San Camillo de Roma y sometido a una cirugía, el ya anciano escuadrista, que en su juventud se jactaba de sus numerosos asesinatos, sufre un infarto.

Reanimado, hospitalizado durante varios días, sufre un nuevo infarto y muere el día de Navidad.

Dùmini no es, en todo caso, el único verdugo fascista que sobrevive indemne a la sangrienta primavera de 1945.

Ferruccio Vecchi, Osado de la Gran Guerra, futurista, militante de primera hora y pionero ultraviolento del escuadrismo milanés, liquidado políticamente antes de la marcha sobre Roma, se consagra a la escultura durante las dos décadas de la dictadura, y si bien es arrestado y juzgado después de la guerra, continuará dedicándose a su actividad artística hasta el 24 de febrero de 1960, día de su muerte en completa soledad.

Por lo demás, la otra figura destacada del escuadrismo milanés temprano, el brutal Albino Volpi, autor de la puñalada que mató a Giacomo Matteotti, liberado por la justicia fascista tras un breve periodo de prisión, había fallecido por causas naturales el 7 de agosto de 1939.

El régimen le dedicó un funeral solemne, con banderas enlutadas ondeando sobre un ataúd adornado con dos coronas enviadas por el propio Duce, una en su calidad de jefe de Gobierno y la otra a título personal.

Pero, más de veinte años después, también recibe honores fúnebres Arconovaldo Bonacorsi, leyenda de la violencia fascista, fallecido el 2 de julio de 1962 en una clínica romana de Valle Giulia, por complicaciones postoperatorias.

En el momento de su muerte, Bonacorsi tenía sesenta y tres años y cargaba en su conciencia con cientos de palizas, el asesinato de Anteo Zamboni, de dieciséis años, a quien apuñaló en una calle de Bolonia en 1926, el fusilamiento por orden suya de miles de republicanos españoles en las islas Baleares durante la guerra civil, y una larga posguerra dedicada a menudo a predicar la imposibilidad de cualquier reconciliación con los antifascistas.

Al funeral de Bonacorsi, celebrado en la iglesia de Sant’Eugenio, en via delle Belle Arti, asistieron viejos escuadristas, jóvenes neofascistas y numerosos representantes del Movimiento Social Italiano.

También algunos de los responsables de las crueldades del último fascismo murieron de vejez en sus camas.

Tullio Tamburini, antiguo líder de los feroces escuadristas florentinos a principios de los años veinte y posteriormente jefe de la policía de Saló, que desempeña un activo papel en la deportación de ciudadanos judíos, pasa a la clandestinidad con la llegada de los Aliados, es encarcelado en Como y luego en San Vittore, pero tras ser absuelto durante el proceso de instrucción por el Tribunal de Brescia, es liberado el 21 de septiembre de 1947, en medio de las protestas de los florentinos, que no habían olvidado los asesinatos que perpetró.

Tras expatriarse a Argentina, regresa a Italia a principios de la década de los cincuenta con la complicidad de figuras del mundo neofascista.

Muere en Roma el 2 de noviembre de 1957.