El fin y el principio (M. 5) Las muertes #12
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Las muertes #12

Servicios secretos, embajadas clave, mandos supremos del ejército, papeles cruciales en la guerra que azotaba el continente: la vida de Roatta transcurre a veces en el frente, muy a menudo entre bastidores, en la sombra, pero nunca lejos de los centros de poder.

Fue capitán de infantería en la Gran Guerra, brillante agregado militar por toda Europa, el hombre que dotó a Italia de un servicio secreto digno de ese nombre, involucrado, según algunos, en el asesinato político de los hermanos Rosselli y en el del rey Alejandro I de Yugoslavia, asesinados en Francia en los años treinta; más tarde, asesor militar del golpista Francisco Franco y comandante del cuerpo de voluntarios italianos durante la carnicería de la guerra civil española, embajador en Berlín los meses en que la Alemania nazi se preparaba para arrasar el mundo, y jefe del Estado Mayor del Ejército italiano en 1941.

En 1942, Roatta es nombrado general del Segundo Ejército en Eslovenia y Dalmacia.

Bajo su mando, los invasores italianos se manchan con crímenes atroces contra la población civil: su despiadada circular 3c, proclamada para aplastar a los partisanos yugoslavos, provoca represalias, incendios de casas y pueblos, ejecuciones sumarias, redadas y matanzas de rehenes, e internamientos en campos de concentración.

En 1943, es enviado a Sicilia para organizar el Sexto Ejército ante la inminencia del desembarco angloamericano, para volver después a la jefatura del Estado Mayor del Ejército.

Mussolini cae, y él permanece en su puesto.

El 8 de septiembre, antes de huir con el rey a Brindisi, Roatta abandona sin ninguna directriz a los mandos y a las tropas, que quedan a merced de la venganza de su antiguo aliado alemán, y no hace nada para defender Roma. Badoglio lo destituye en otoño de ese mismo año bajo presión de los Aliados.

Solo entonces, tras la liberación de Roma y la formación del gobierno Bonomi, el intocable artífice de oscuras conspiraciones parece estar al borde de pagar su prenda.

Mario Roatta se sienta en el banquillo de los acusados de la Comisión de Investigación por su abandono de la defensa de la capital y, en el marco de los juicios de depuración, es arrestado por orden del Alto Comisariado como antiguo jefe del Servicio de Inteligencia Militar.

Los cargos: colaboración para mantener el fascismo en el poder, el asesinato de Rosselli, actos terroristas y crímenes contra la población civil.

El 22 de enero de 1945, da comienzo en Roma el juicio contra Roatta y otros catorce acusados ante el Tribunal Supremo de Justicia.

Mientras tanto, presionadas por la Yugoslavia de Tito, las Naciones Unidas añaden su nombre a la lista de criminales de guerra italianos.

Pero el general niega todos los cargos y rechaza ser juzgado; logra incluso huir del centro escolar romano convertido en hospital militar donde se encontraba recluido.

Es condenado a cadena perpetua en rebeldía, mientras que el ministro de la Guerra solicita al fiscal general militar que lo procese como principal responsable del «desastre moral y material» que siguió al 8 de septiembre.

Pero en países con una historia política tan tenebrosa como la de Italia, los príncipes de esas tinieblas nunca acaban en prisión.

En marzo de 1948, la condena de Mario Roatta es revocada de forma clamorosa; posteriormente, el 19 de febrero de 1949, el Tribunal Militar de Roma dictamina que el procesamiento por los cargos de «rendición culposa negligente» y «abandono del mando» no ha lugar después del 8 de septiembre, porque «los hechos no están tipificados por la ley como delitos»; en 1951, por último, la investigación por crímenes de guerra también es desestimada.

Se ha dicho que era un hombre que sabía demasiado.

«Su silencio era oro para muchos», comenta el futuro presidente de la República Italiana, Giuseppe Saragat, en el periódico Avanti!

De esta manera, Roatta se instala en España, acogido por el mismo dictador al que había ayudado a tomar el poder, Francisco Franco.

Pero, a la par de muchas páginas de su vida anterior, también el resto de su existencia escapa al alcance de la Historia.

Se habla de su implicación con servicios secretos italianos «de renombre», de actividades comerciales turbias en tierras ibéricas, incluso de la fundación de una organización clandestina con finalidad anticomunista.

Hoy por hoy, no hay información cierta. Ni la habrá nunca.

Mario Roatta muere el 6 de enero de 1968, e incluso su fin está envuelto en misterio.

Algunos dicen que está enterrado en Roma, en el cementerio del Verano, en una tumba con un nombre falso, sin que consten ni el año de su nacimiento ni el de su muerte.

Extraño destino para un hombre que marcó la historia de Italia.

O tal vez no. Tal vez sea la sepultura más apropiada para uno de los artífices de una historia obstinadamente oscura, criminal, aciaga.

A RTURO B OCCHINI San Giorgio del Sannio, 12 de febrero de 1880 – Roma, 20 de noviembre de 1940 G UIDO L ETO Palermo, 5 de noviembre de 1895 – Roma, ¿? 1956

En el número 4 de viale delle Milizie, en el lujoso barrio de Prati, en una de las muchas casas utilizadas por los jerarcas fascistas, vive Arturo Bocchini.

El «viceduce», el fundador de la policía secreta, la OVRA, la sombra de Mussolini según los fascistas y «el más insidioso de los enemigos» para los antifascistas.

El hombre que lo sabe todo sobre las tripas del país, que lleva escuchando sus «bajos fondos» desde hace quince años gracias a una omnipresente red de informadores profesionales y de delatores voluntarios, reside en un discreto chalecito adornado con parterres de hortensias.

Hombre del sur, hedonista, a ras de tierra, ávido de comida y mujeres, regresa a su casa alrededor de las cuatro de la madrugada del 18 de noviembre de 1940.

Mientras los ejércitos italianos sufrían desastrosas derrotas en distintos frentes, Bocchini se ha dado un festín de langostas y champán durante toda la noche en compañía de Maria Letizia De Lieto Vollaro, su amante de veinticinco años.

El bon vivant tiene sesenta años. Su cuerpo fuerte, robusto, regordete y saciado se desploma.

Al darse cuenta de la desesperada condición de su compañero, tras consultar con sus familiares e informar a los nazis, la joven amante consigue dos anillos de boda y un obispo.

El coronel de las SS Eugen Dollmann, al llegar a la villa con las primeras luces del alba, encuentra al jefe de la policía fascista ya moribundo.

En la cama, con el cabello suelto y sumergida en un mar de lágrimas, yace la «pequeña Maria Letizia, casada in extremis ».

El «viceduce» muere de un derrame cerebral tras una cena pantagruélica, mientras en Albania, arrollados por la contraofensiva griega, la infantería italiana recibe la humillante orden de «efectuar una retirada profunda».

La sucesión preocupa especialmente a los alemanes: la policía política fascista ha sabido someter a todo un pueblo durante décadas, sofocando cualquier disidencia desde su cuna, pero nunca llegó a colaborar plenamente con los planes de exterminio nazis.

En el funeral de Arturo Bocchini, notoriamente contrario a la entrada de Italia en guerra, están presentes tanto Himmler como Heydrich, los artífices de dichos planes.

Como suele ocurrir, la sucesión se produce bajo el signo de la continuidad.

El napolitano Carmine Senise, mano derecha del difunto, asume la jefatura de seguridad pública, mientras al frente de la policía política permanece el siciliano Guido Leto, quien ocupa ese cargo desde la marcha sobre Roma.

Senise es destituido en abril de 1943 tras ser acusado de tener la mano blanda en la represión de huelgas, ser sospechoso, con razón, de conspirar contra el Duce y ser objeto de rumores bien fundados sobre su presunta homosexualidad.

Garante de la continuidad es Guido Leto, confirmado al frente de la OVRA también con la implantación de la RSI, y depositario de los archivos de la policía política, que habían sido trasladados al norte, a la fábrica de lana del conde Gaetano Marzotto.

Tras la caída definitiva del fascismo, al principio Leto se ve confirmado temporalmente por los Aliados como conservador de los archivos, pero luego es detenido y encarcelado en Regina Coeli.

En última instancia, el 12 de abril de 1946, es absuelto por el Tribunal de Apelación de todos los cargos en su contra.

Asimismo, el máximo responsable de las oscuras conspiraciones y de la violencia encubierta goza de la clemencia del tribunal.

Especialmente él: su detención en Roma no impide que Leto depure los archivos de los nombres de informadores que se habían convertido a la democracia, pero tampoco le impide compartir sus secretos con Palmiro Togliatti y Pietro Nenni, a la cabeza de los partidos comunista y socialista respectivamente.

Con todo, la oscura labor de mantener la continuidad no había terminado.

Ahora se trataba de garantizarla entre el fascismo y la república antifascista.

Reintegrado en 1948, Leto entra de nuevo en servicio con la tarea de reactivar los servicios secretos italianos, que nunca han llegado a ser desmantelados de verdad.

En 1951, termina su carrera como director técnico de escuelas de policía, no sin antes formar a las nuevas generaciones de agentes.

Tras su jubilación, el conde Marzotto, a quien había conocido en Valdagno durante los sangrientos días de Saló, nombra a Leto director de su cadena de hoteles Jolly. Tras treinta años de represión policial, a Leto aún le queda un lustro de cortesías hacia sus huéspedes. Muere en su cama en 1956.

J UNIO V ALERIO B ORGHESE Artena, 6 de junio de 1906 – Cádiz, 26 de agosto de 1974