El fin y el principio (M. 5) Las muertes #11
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Las muertes #11

Inmediatamente después de la guerra, el Tribunal de Roma lo absuelve de los cargos de «colaboración activa con el gobierno fascista» y le concede la amnistía, a pesar de que sus acciones habían «contribuido a mantener el vigor del régimen con actos relevantes».

Cada vez más enfermo, el conde de Misurata vuelve a su patria, a Roma, en octubre de 1947. Muere pocas semanas después.

El día de su funeral, una procesión de góndolas acompaña el féretro de Giuseppe Volpi hasta el cementerio de San Michele.

Unos años más tarde, en 1954, sus restos fueron trasladados a una tumba neorrenacentista en la iglesia de los Frari, junto a las tumbas reservadas a las familias más importantes de los magistrados supremos de Venecia.

Casi como si fuera el último dux, el dux burgués. El dux fascista.

D INO G RANDI Mordano, 4 de junio de 1895 – Bolonia, 21 de mayo de 1988

Puede ocurrir, en ocasiones, que una fecha marque la vida de los hombres con la violencia de una herida.

Y que todo un destino se coagule en torno a ella.

Para Dino Antonio Giuseppe Grandi, conde de Mordano, esa fecha es, sin duda, el 25 de julio de 1943.

El día en que tuvo que elegir entre la lealtad a su jefe y la lealtad a su país, o, tal vez, entre la supervivencia del fascismo y la suya propia.

El día en que, al presentar ante el Gran Consejo la moción con la que acusaba a la dictadura de haber arrastrado a la nación al abismo y pedía al rey el retorno a la Constitución, desbancó al Duce de su sitial.

El día en que liquidó todo su propio mundo.

Desde ese día, para él, el veterano de la Gran Guerra, el licenciado en Derecho, el jefe de los escuadristas emilianos durante el bienio negro, el diputado fascista, el subsecretario del Interior, el ministro de Asuntos Exteriores y de Justicia, el creador del código de procedimiento civil aún vigente en Italia, el embajador afín a los británicos, el presidente de la Cámara de los Fascios y de las Corporaciones, desde ese día todo se desmorona; su vida pública y política termina para siempre.

En septiembre de 1943, a pesar del apoyo de Víctor Manuel III, el presidente Roosevelt se opone a su nombramiento para cargos gubernamentales.

La consecuencia es su huida a Madrid y luego a Lisboa, la estrecha vigilancia a la que lo someten los servicios secretos de fascistas y nazis, su condena a muerte en rebeldía en el juicio de Verona y la incautación de sus bienes.

Luego, por último, la entronización de los vencedores, el desprecio de los fascistas nostálgicos y el odio de los antifascistas.

Así, en 1947, temiendo el auge del comunismo en el país que él mismo, a pesar suyo, había ayudado a liberar, Dino Grandi se refugia en Brasil junto a su familia, con «solo tres maletas y una vida que debía empezar de cero».

Lejos de Italia, gracias a la ayuda de Joseph P.

Kennedy, su colega embajador en los tiempos de Londres, se convierte en un destacado abogado comercial internacional, luego en representante de ventas de tractores agrícolas Fiat en Brasil, después en terrateniente y, por último, en vicepresidente de Techint, la multinacional italoargentina de hidrocarburos, donde actuar como intermediario entre la ENI, de Enrico Mattei, y las compañías petroleras estadounidenses.

Vuelve a Italia en 1959 y compra una gran y próspera empresa en Albareto, en la provincia de Módena, antes de regresar a vivir, intacto, en Bolonia, donde se dedica a organizar sus memorias biográficas y a contar su versión de los hechos a los historiadores.

Luego llega el 21 de mayo de 1988, cuando Pino Romualdi, el fundador del partido creado para perpetuar el legado del fascismo, pasa a mejor vida.

Ese mismo día, ya ciego, a los noventa y dos años, en la habitación de un piso en el centro de Bolonia, rodeado de montones de libros y viejos diarios, muebles antiguos y sobrios retratos familiares, acompañado por un sacerdote objetor de conciencia al servicio militar, confesor suyo, muere este mussoliniano polifacético e inquieto, este fiel desobediente, este fascista que acabó con el régimen fascista.

P INO R OMUALDI Dovia di Predappio, 24 de julio de 1913 – Roma, 21 de mayo de 1988

Giuseppe Nettuno Romualdi, conocido como «Pino», hijo de un paisano, coetáneo y amigo de infancia de Benito Mussolini, es el dirigente de mayor rango del Partido Fascista Republicano que sobrevive al derrumbe de la RSI. Y su supervivencia no es únicamente física, sino también política.

A pesar de haber encabezado a los cinco mil fascistas que abandonaron Milán al amanecer del 26 de abril de 1945 para organizar una última resistencia en el Reducto Alpino, Romualdi escapa de la justicia sumaria de los partisanos.

Aprovechando sus conexiones con el Office of Strategic Services estadounidense —formaba parte de un amplio proyecto que preveía incluso la colaboración con los fascistas en clave anticomunista—, se oculta inicialmente en Milán y luego se traslada a Roma, donde funda los Fasci di Azione Rivoluzionaria, una estructura paramilitar lista para entrar en acción en caso de que la vía legalista para preservar la herencia fascista se viera desbaratada.

Perseguido por una sentencia de muerte dictada por el Tribunal Extraordinario de lo Penal de Parma por su participación en la ejecución pública de siete hombres inocentes el 1 de septiembre de 1944, Romualdi vive durante mucho tiempo en la clandestinidad.

Esto no le impide, enarbolando la amenaza insurreccional, contribuir a la promulgación de la amnistía gracias a la cual, en junio de 1946, veinte mil de los treinta mil fascistas detenidos o internados son liberados.

Tampoco le impidió fundar, en diciembre de ese mismo año, junto con Giorgio Almirante, el Movimiento Social Italiano, un partido de inspiración abiertamente neofascista, creado para perpetuar el legado de la última y aberrante experiencia política de la República de Saló.

Detenido en marzo de 1948, juzgado de nuevo en Milán y Roma, y absuelto en última instancia en Macerata gracias al falso testimonio de un sacerdote, agente secreto de la OSS, Pino Romualdi es elegido diputado por el MSI en junio de 1953.

A pesar de que la Constitución de la República Italiana prohíbe categóricamente la reconstitución del Partido Fascista, Romualdi ocuparía un escaño en el Parlamento durante los siguientes treinta y cinco años.

Defensor de un partido insertado dentro de la Alianza Atlántica, capaz de atraer no solo el voto fascista, sino también el de otros sectores nacionalistas y reaccionarios, Romualdi, durante mucho tiempo vicesecretario y luego presidente del MSI y antiguo vicesecretario del Partido Fascista Republicano dirigido por Alessandro Pavolini, convive durante tres décadas con el liderazgo de Giorgio Almirante, con las corrientes golpistas y con los sectores extremistas del MSI, afines a grupos armados y organizaciones terroristas responsables de atentados en masa.

Romualdi muere en Roma el 21 de mayo de 1988.

Al día siguiente, también muere Giorgio Almirante.

Los dos principales líderes del Movimiento Social Italiano, unidos en un destino de tragedia griega, fallecen en el curso de veinticuatro horas.

El panegírico de su funeral conjunto, celebrado en la iglesia de Sant’Agnese in Agone, en piazza Navona, en Roma, lo pronuncia Gianfranco Fini, el joven secretario del partido, a quien los dos ancianos diarcas, veteranos de Saló, habían cedido el testigo apenas seis meses antes en el congreso de Sorrento, asamblea de relevo generacional, inevitablemente con la mirada puesta en el futuro.

Un futuro nacido bajo los auspicios del propio Almirante, condensado en dos declaraciones suyas: la primera, exclamada en el momento de la elección de su delfín, el secretario del Frente de Juventudes, de treinta y cinco años («¡Nadie podrá llamar fascista a quien ha nacido después de la guerra!

»); la segunda, pronunciada con una hermosa y sonora dicción teatral durante su discurso inaugural:

«Nosotros somos lo que fuimos y seremos mañana lo que somos».

M ARIO R OATTA Módena, 2 de febrero de 1887 – Roma, 6 de enero de 1968

«Roatta es el general más inteligente que conozco», anota en sus diarios el yerno del Duce, el ministro de Asuntos Exteriores Galeazzo Ciano.

Es posible que no sea el más inteligente, pero no cabe duda de que es el más temible.

Y el principal imputado italiano por crímenes de guerra durante la Segunda Guerra Mundial.