El fin y el principio (M. 5) Las muertes #10
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Las muertes #10

Al fin y al cabo, la falsa indiferencia es una buena arma de defensa para una niña criada por una madre rabiosa y de mano larga y un padre absorbido tan solo por el periódico, por la guerra, por la política, por el siglo; para una joven casada con el hijo del ministro de Correos y Telégrafos con la única tarea de tener hijos y no causar escándalos.

Ni siquiera su condición de amada primogénita puede eximir a Edda del eterno destino femenino de quien lleva la Historia en su vientre y debe parirla con dolor, pero ha de guardar silencio.

Con la mofa, en el caso de Edda Ciano Mussolini, de ver cómo ponen su nombre a puertos y estadios destinados a albergar y celebrar empresas en las que no puede participar.

Durante toda su vida, Edda busca la manera de escapar de este destino, a través de la ebriedad del coqueteo y del juego, de los viajes, de su presencia en los frentes de guerra como enfermera voluntaria de la Cruz Roja y, en última instancia, enfrentándose al mismísimo Hitler, y luego a su padre, y luego a la gélida noche en que llega a Verona haciendo autostop con los diarios de su marido atados bajo la ropa, en un último intento por entregárselos a los alemanes a cambio de su salvación.

Pero su hado nunca deja de ser el mismo: presenciar la sangrienta farsa eternamente escenificada por los hombres sin poder hacer nada para cambiar el guion.

Edda tendrá que presenciar cómo su fatuo, vanidoso y patético marido —que incluso le pidió que lo matara, pues a él le faltaba valor— va al encuentro de una muerte digna de una tragedia griega, y tendrá que ver el cuerpo del padre al que tanto se parece destrozado por quienes lo idolatraban («Al fin y al cabo, se odia especialmente a quien se ha amado profundamente, y sostengo que la masacre de piazzale Loreto fue, sin duda, un acto de amor», mantendría a mediados de los ochenta).

El destino ni siquiera le ahorrará la muerte de su hijo menor, Marzio, conocido como «Mowgli», quien se había convertido en un ferviente nostálgico en la Italia republicana.

La hija primogénita y favorita de Benito Mussolini nunca dejó de buscar el olvido espiritual a través del aturdimiento sensorial: durante su confinamiento en la isla de Lipari, entre 1945 y 1946, será su pasión por el partisano comunista Leonida Bongiorno lo que la ayude a superar esos meses de aburrimiento.

Más tarde, sin embargo, lo único que la acompañará en el ático de Parioli, la villa de Capri y, por último, en el pequeño apartamento de via Frisi en Roma, donde fallecerá en 1995, será la insaciable melancolía de los supervivientes.

O RIO V ERGANI Milán, 6 de febrero de 1898 – 6 de abril de 1960

Solo una cosa puede decirse de él. Escribía. Y siempre a mano.

Discípulo de Pirandello y uno de los fundadores del Teatro d’Arte de Roma, compinche y amigo de juventud de Galeazzo Ciano y redactor del Corriere della Sera desde 1926, es sin duda el periodista más brillante de su generación.

Escritor prolífico, fotógrafo, pionero de la redacción deportiva, reportero político y de guerra, y cantor de las «concentraciones oceánicas» (la expresión, que ha pasado a la historia, es de su propia invención), se convirtió rápidamente en el cronista oficial de los viajes de la Casa Real, de la familia del Duce, de los grandes acontecimientos y los eventos más importantes de la vida del régimen.

Después del 25 de julio, es expulsado del Corriere por muchos colegas que habían descubierto repentinamente sus tendencias antifascistas. Pero él persevera: con el regreso de Mussolini, Vergani opta —es uno de los pocos intelectuales en hacerlo— por la adhesión a la República de Saló.

Tras la liberación es detenido, acusado de actos relevantes a favor del fascismo.

Aparte del director Amicucci — condenado a muerte por colaboracionista, amnistiado y exiliado en Argentina—, es prácticamente el único periodista del Corriere en sufrir la depuración.

También en su caso, su alejamiento fue efímero.

Ya en septiembre de 1946, su firma como cantor del régimen reaparece en las páginas del periódico de via Solferino.

Aquejado de un infarto, muere en su casa de Milán la madrugada del 6 de abril de 1960.

A LBERTO P IRELLI Milán, 28 de abril de 1882 – Casciago, 19 de octubre de 1971

Es el 28 de enero de 1872 cuando su padre, el ingeniero Giovanni Battista, garibaldino y senador de Italia por voluntad de Víctor Manuel III, funda en Milán la empresa G. B. Pirelli en 1942, el Duce lo nombró vicepresidente de la comisión económica permanente italocroata establecida tras la desmembración de Yugoslavia.

Sin embargo, al final, este fascista sui géneris, más atraído por las finanzas, las artes y sus propios intereses que por las camisas negras y el saludo romano, no es capaz de cumplir plenamente con su papel de fidelísimo: en la primavera de 1943, Volpi es destituido del gobierno junto con otros jerarcas y ministros; pierde la presidencia de Confindustria y no puede asistir a la reunión del Gran Consejo del 25 de julio.

Con la caída del fascismo, intenta huir de Italia, pero es detenido por las SS y recluido en la cárcel de Regina Coeli.

Debilitado por sus achaques y su avanzada edad, es liberado gracias a la ayuda del mariscal Graziani y entregado a su familia, lo que le permite escapar a Suiza.