Las muertes #9
Y, sin embargo, con ese aire de ama de casa que no pierde ni siquiera al instalarse en Villa Torlonia, Rachele no es una figurante en la tragedia del fascismo; es, de hecho, la más plena encarnación de la mujer fascista que su marido predicaba: la mujer excluida de muchos estudios, de la enseñanza secundaria, de la abogacía, la mujer cuyo salario se redujo a la mitad por decreto en 1927, la mujer en edad reproductiva que no puede obtener una licencia de piloto porque «en la Italia fascista, lo más fascista que podían hacer las mujeres era pilotar al mayor número posible de niños».
Donna Rachele sobrevivirá al horrible final del patriarca durante más de tres décadas.
Cuando, el 17 de abril de 1945, Mussolini se traslada a Milán, ella permanece con sus dos hijos menores en el lago de Garda; es la última vez que ve a su marido con vida: hablan por teléfono entre el 25 y el 27, pero ella no consigue reunirse con él.
Tras huir a Como, intenta cruzar la frontera suiza, pero es rechazada; el 29 de abril es arrestada y llevada luego a distintos puestos del mando aliado, hasta que, entregada a los ingleses, es trasladada a Terni y, por último, confinada en Ischia.
Desde 1949, Rachele Mussolini vive entre Roma, Carpena y Forio d’Ischia, adonde sigue yendo durante el verano.
Pero lo que la devuelve a la escena pública es, por encima de todo, el arduo asunto del cadáver de Benito Mussolini: encontrar el cuerpo de su marido y enterrarlo se convierte en su obsesión.
En la noche entre el 22 y el 23 de abril de 1946, en efecto, el cuerpo del Duce es robado por tres miembros del clandestino Partido Democrático Fascista del campo 16 del cementerio de Musocco en Milán, y permanece oculto hasta agosto, cuando es descubierto por el comisario de policía de Milán, Luigi Agnesina (la misma persona que, el 25 de julio de 1943, contribuyó a la detención del Duce en Villa Savoia) y, tras una autopsia que lo verifica, es depositado en secreto en la capilla del convento de Cerro Maggiore.
Rachele no recibirá los restos de su marido hasta el 30 de agosto de 1957, gracias a las gestiones del sexto primer ministro de la República Italiana, Adone Zoli, miembro de una familia originaria de Predappio.
A Rachele también se le devolverá el cerebro de Benito, extraído en un impulso lombrosiano para su estudio y parcialmente conservado en el Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Milán.
Cuando por fin vuelve a Predappio, el cuerpo de Mussolini está encajado en una sencilla caja de embalaje.
Durante el funeral, en la capilla de San Cassiano, en Predappio, Rachele deja caer un mensaje a Benito en la urna. Nadie sabrá jamás lo que escribió.
Para estar cerca de su hombre, su fiel esposa se muda definitivamente a Villa Carpena, en los lugares de su juventud.
Tras la muerte de Bruno, arrancado a la vida con apenas veintitrés años en 1941, su trágica madre también asiste a la muerte de Annamaria, quien fallece en 1968, con tan solo treinta y ocho años.
Pero mientras tanto recupera su relación con Edda e incluso con su suegra, Carolina Pini, madre de Galeazzo.
Se alegra del éxito de sus entrevistas: por primera vez, es con ella con quien los periodistas quieren hablar.
Cuando, el 25 de marzo de 1966, suena el timbre, abre la propia donna Rachele.
Con el paso de los años se ha ido haciendo más pequeña, les ocurre incluso a las rezdore , las amas de casa de Romaña.
Es un funcionario del gobierno en Washington, encargado de entregarle un sobre que contiene el fragmento faltante del cerebro de su esposo.
«Ha sido sometido a una prueba criminológica realizada por especialistas del Walter Reed Army Medical Center de Washington», le explica cortésmente. «Los resultados han sido negativos».
Rachele Guidi Mussolini muere el 30 de octubre de 1979. A su funeral asisten Pino Romualdi, presidente del Movimiento Social Italiano (MSI), los hijos que la sobreviven, Vittorio, Edda y Romano, junto con su esposa, Maria Scicolone, hermana de Sophia Loren, y los fieles custodios de Villa Carpena.
Está enterrada en el cementerio de Predappio, junto a su marido.
M ARGHERITA S ARFATTI Venecia, 8 de abril de 1880 – Cavallasca, 30 de octubre de 1961
Nacida en el Gueto Viejo de Venecia el 8 de abril de 1880, cuando se entera, viendo un noticiario cinematográfico, de la muerte de Benito Mussolini, Margherita Sarfatti acaba de cumplir sesenta y cinco años y se encuentra en Uruguay, donde se reunió en el otoño de 1939 con su hijo Amedeo a bordo de uno de los últimos transatlánticos que partieron de Europa.
«Las circunstancias de su ignominiosa huida y muerte sugieren pusilanimidad», escribe a propósito de los últimos días del Duce en sus memorias, My Fault , que nunca quiso que se publicaran en Italia.
«No cabe duda de que tuvo miedo y sufrió de ansiedad.
Pero ¿qué es el valor sino la capacidad de superar el miedo?
El poder puede convertir a los hombres en animales, como Circe transformó a los marineros de Ulises en cerdos.
La brutalidad y el egotismo, no el miedo, corrompieron el alma de Mussolini».
Brutalidad y egotismo que vivió en carne propia ella misma a principios de los años treinta cuando, tras haberla utilizado, quizá incluso haberla amado, el Duce la alejó de su lado, infligiéndole la humillación de inútiles horas de espera en su antecámara.
Pero ahora el destino le presenta una cuenta mucho más elevada.
Meses antes de conocer la muerte del hombre al que la había unido un ferviente vínculo intelectual, político y erótico, Margherita recibe otras dos noticias: su hija Fiammetta, a quien el Duce había mantenido como rehén en Italia para asegurar su silencio, ha logrado escapar de las redadas.
Su hermana Nella y su esposo Paolo Errera, por el contrario, no lo lograron, engullidos para siempre por las puertas de Auschwitz.
Hundida por las trágicas consecuencias de su «error», tres años después del final de la guerra, Margherita Sarfatti se retira a la Villa del Soldo, cerca de Como (la misma villa donde Mussolini se había refugiado en vísperas de la marcha sobre Roma, dispuesto a huir a Suiza si su asalto al poder fracasaba).
Son años en los que la vida artística resurge, pero Margherita está irrevocablemente marcada por su implicación con el fascismo.
Durante un viaje organizado por el PEN Club, algunos escritores la reconocen como la «dictadora cultural» de los años veinte.
Le piden que se baje del autobús, dejándola, anciana y sola, en la acera.
Solo un hombre alto y delgado, un periodista, se baja con ella: se llama Indro Montanelli.
Él y pocos más en la Italia de los años cincuenta tuvieron el valor de leer en el rostro de Margherita, retratado por Boccioni en el Antigrazioso , los peores y mejores rasgos de las dos décadas que acababan de cerrarse.
Margherita fue la joven inconformista que se casó contra la voluntad de sus padres, la vanguardista que abandonó Venecia para instalarse en Milán impulsada por los ideales socialistas y por su curiosidad por el mundo.
Fue la inspiración y la financiadora de muchas de las empresas juveniles de Benito Mussolini y, al mismo tiempo, la estudiosa, la mecenas, la promotora del arte en todas sus formas de expresión, la crítica militante de innegable valor.
Independiente, emprendedora, culta y políglota, una ciudadana del mundo alejada del modelo fascista de la mujer sumisa.
Pero Sarfatti es también la mujer que sucumbe a la seducción de la fuerza, la ambiciosa que, hechizada por el poder, hace la vista gorda ante la violencia de las escuadras fascistas, la musa y mentora que infunde confianza en el joven provinciano mientras se abre camino a través de un reguero de sangre.
Y esa sangre, como una maldición, también la acompaña a ella.
Marcada para siempre por la muerte de su adorado hijo Roberto, caído en el frente durante la Primera Guerra Mundial, ya anciana, Sarfatti vive también el desgarro de perder a su sobrino, que lleva ese mismo nombre: Roberto Gaetani d’Aragona, nacido precisamente en 1934, el año en el que se encontró por fin el cuerpo de su heroico tío y Terragni erigía el monumento a su memoria encargado por Margherita en el Col d’Echele.
Margherita Sarfatti tan solo sobrevive ocho meses al suicidio de su sobrino; luego expira mientras duerme, el 30 de octubre de 1961.
Dominado por un monolito cúbico que se alza como una roca prehistórica sobre la colina azotada por el viento, el monumento a Roberto Sarfatti está recorrido por una escalera que asciende a través de la piedra tosca.
Observado a vista de pájaro, adopta la forma de un cuerpo tumbado en el suelo, con los brazos extendidos.
E DDA C IANO M USSOLINI Forlì, 1 de septiembre de 1910 – Roma, 8 de abril de 1995
Menos de dos meses después de la ejecución de Galeazzo Ciano, Benito Mussolini escribe una carta a su hija primogénita, que logra hacerle llegar, a través de un sacerdote, a la clínica suiza en la que la viuda se había refugiado a principios de 1944.
La breve misiva termina así: «Te abrazo como en otros tiempos, tu papá».
El psiquiatra que atendía a Edda en la maison de santé en Malévoz de Monthey, en el cantón del Valais, constata la frialdad con la que ella recibe también este último llamamiento paterno al recuerdo de «otros tiempos», aquellos que los vieron unidos en los años de miseria y de grandes esperanzas, cuando él era un joven revolucionario ambicioso y «Deda» una niña cabecita loca, tan parecida a su padre impulsivo y voluble, animoso y vulnerable, sin escrúpulos y agresivo.