El fin y el principio (M. 5) Las muertes #8
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Las muertes #8

Con la caída del fascismo, nadie lo persigue ni lo arresta, pero el caso es que él también se une a la RSI.

Marinetti traslada incluso su residencia a Saló, a pocos pasos del Duce.

Han pasado más de treinta años desde sus primeros encuentros juveniles.

Ahora, la decrepitud de uno se refleja en la del otro, y ambas en las turbias aguas del lago.

Aunque pase gran parte del día con las manos sumergidas en una palangana de agua caliente, con la esperanza de reactivar la circulación, con sus últimas fuerzas compone su enésimo poema belicista celebrando las hazañas de la X MAS.

El final llega el 2 de diciembre de 1944.

Incapaz de dormir, Filippo Tommaso Marinetti le cuenta a su esposa Benedetta: «Resentimiento, dolor, fe, su drama».

Toma una pastilla para dormir, se queda dormido, pero a la una y veinte vuelve a llamar a su mujer: «Perdóname, se ve que me he esforzado demasiado.

Me cuesta un poco respirar». Fallece al nacer el alba.

C URZIO M ALAPARTE Prato, 9 de junio de 1898 – Roma, 19 de julio de 1957

«Un escritor fascista debe firmar con un nombre italiano.

Buscaos un seudónimo», le dijo el Duce en los años veinte.

Así, Kurt Suckert, hijo de la milanesa Edda Perelli y del tintorero sajón Erwin Suckert, eligió Malaparte en homenaje a Napoleón.

En la vida, un hombre debe elegir sus modelos.

Pero quizá sea esta también una de sus muchas mentiras.

Polifacético, independiente y controvertido, fue un nómada rabioso de la literatura, una mina a la deriva.

Voluntario en la Gran Guerra con tan solo dieciséis años, pasa en poco tiempo del apoyo al fascismo —ferviente partidario del peor escuadrismo, se ofrece espontáneamente para difamar la memoria de Matteotti en el juicio a sus asesinos celebrado en Chieti en 1926— al antifascismo.

Sometido a vigilancia por la policía fascista desde 1931, fue expulsado del PNF en 1933.

Arrestado y detenido en la cárcel de Regina Coeli, estuvo confinado en Lipari hasta junio de 1934 y luego, por intervención de Galeazzo Ciano, fue trasladado a Ischia y Forte dei Marmi hasta 1935.

En 1938, encarga a Adalberto Libera el proyecto de la que se convertiría en su famosa villa en Capri. Al estallar el conflicto, es corresponsal de guerra y, gracias a sus experiencias en el frente, escribió sus dos libros más importantes y controvertidos: Kaputt y La piel .

En la posguerra, se vuelve procomunista y, con dolor y a pesar de sus reservas, justifica la invasión rusa de Hungría. En 1957, viaja a la URSS y a China, donde entrevista a Mao Zedong y pide la libertad para un grupo de sacerdotes y cristianos detenidos. La obtiene.

Durante todo el viaje padece fiebres, pero no se detiene.

Cree que se trata de la típica nefritis, pero en realidad es un cáncer de pulmón, inoperable.

Regresa a Italia y es ingresado en el Sanatrix.

No es un paciente fácil, insoportable para los médicos y monjas que lo atienden.

Cuenta que, de niño, todas las noches recitaba esta oración: «Niño Jesús, no me dejes morir, si no me mato yo».

Y de adulto, en el poema «Marcha fúnebre», escribe: «La muerte es un asunto personal, / que no me concierne».

Está convencido de que nunca morirá, pero tiene imágenes de todas las religiones junto a la ventana.

Acuden a visitarlo Togliatti, Fanfani, Tambroni y el presidente de la República, Luigi Einaudi, sacerdotes católicos y colegas.

Los médicos quedan asombrados por su resistencia.

En la mañana del 19 de julio de 1957, parece sentirse mejor.

Manda llamar a su hermana Maria y le dice: «Ve a comprar papel sellado y escribe con claridad que Curzio Malaparte no ha muerto. Yo lo firmaré más tarde».

A las 15:48, se incorpora de entre los almohadones, abre los brazos y muere con un grito. De estupor, probablemente.

Su cuerpo está enterrado en la cima del monte que domina Prato, sobre el que escribió en Malditos toscanos , en un raro momento de aceptación del destino humano: «Quisiera que mi tumba estuviese allá en lo alto, en la cumbre del Spazzavento, para poder levantar la cabeza de vez en cuando y escupir en la fría corriente de la tramontana».

M ARIO R IGONI S TERN Asiago, 1 de noviembre de 1921– 16 de junio de 2008

Escribirá sobre sí mismo: «Nací en el umbral del invierno, en las montañas, y la nieve ha acompañado mi vida».

Era como si la nieve y el hielo llegaran hasta el interior de la casa, cuando las llamas de la estufa reverberaban en las paredes de su dormitorio, húmedas por una escarcha que, en las noches más frías, se cristalizaba incluso en su interior.

La meseta de Sette Comuni no presume de picos imponentes, pero las temperaturas invernales, en ciertas torcas, se encuentran entre las más bajas de Italia.

La meseta fue mucho tiempo un mundo en sí misma, una isla lingüística incluso, donde durante siglos se habló la lengua cimbria, una lengua de origen germánico, y el tren cremallera no llegó hasta 1910.

Si alguna vez hubo un soldado del ejército italiano que se sintiera a gusto en las interminables llanuras heladas de Ucrania y Rusia, ese fue el sargento mayor Mario Rigoni, de Asiago.

Mario injerta sus raíces alpinas en sus estudios, en lo que entonces se consideraba una auténtica universidad de montaña y con tan solo diecisiete años, siendo el estudiante más joven de la clase, es admitido en la Escuela Central Militar de Montañismo de Aosta para convertirse en esquiador alpino y escalador.

Más que una pasión por el deporte, más que la necesidad de dar rienda suelta a la exuberancia de su juventud, había en él una necesidad existencial de aventura porque, desde pequeño, Mario es un ávido lector y compra libros a los vendedores ambulantes de Pontremoli que subían a la meseta para asistir a las ferias y romerías de los pueblos.

Así, de Salgari pasó rápidamente a Stevenson, Conrad, London, Tolstói…

Antes de partir hacia Rusia la medianoche del 13 de enero de 1942, desde la estación de Aosta, ya ha estado en el indecoroso frente francés y en el atormentado frente grecoalbanés; ya ha experimentado la crudeza de una guerra sucia, sombría, miserable.

Su nombre quedará para siempre ligado al relato de la guerra, de la nieve, de la trágica retirada de las tropas alpinas de la bolsa de Nikolayevka, pero nadie ha sido más hombre de paz que Mario Rigoni Stern.

Tras alcanzar la fama con El sargento en la nieve , la obra de este gran escritor también hablará de paisajes, de bosques, de árboles, de la severa belleza de la naturaleza y de los animales.

Tras el sufrimiento de la guerra y del campo de concentración, Mario Rigoni Stern regresa a su meseta.

Aún joven, herido en sus sueños, pero no en su humanidad, lleva una vida reservada, inspirada por el decoro y el sentido del deber.

Trabaja en el registro de la propiedad, construye con sus propias manos la casa donde vivirá con su familia, escribe, esquía y cruza las estaciones.

Solo viaja para regresar a Rusia y a los lugares donde estuvo preso.

En 2007, enferma de un tumor cerebral, pero logra no ser hospitalizado y permanecer hasta el final en sus bosques y montañas.

Adora escuchar un pasaje de El idiota de Dostoievski, que leyó en los años cincuenta y que ha releído continuamente desde entonces.

Durante su viaje a la Unión Soviética en 1985, quiso visitar también el Palacio Pávlovsk, donde se ambienta la novela.

El episodio que lo deslumbra para siempre es el de un hombre condenado a muerte que describe sus pensamientos antes de subir al cadalso: «Le quedaban cinco minutos de vida, no más.

Dijo que esos cinco minutos le parecieron interminables, un tesoro enorme.

Le parecía que en esos cinco minutos viviría tantas vidas que, por el momento, no había necesidad de pensar en el último momento, así que tomó varias resoluciones: calculó el tiempo necesario para despedirse de sus compañeros y para ello reservó dos minutos, otros dos para pensar en sí mismo una vez más y luego para mirar a su alrededor por última vez [… ]».

R ACHELE G UIDI M USSOLINI Predappio, 1 de abril de 1890 – Forlì, 30 de octubre de 1979

Al principio, Rachele Guidi era solo la campesina exuberante de ojos azules, hija de Anna, la compañera que Alessandro Mussolini acoge en su casa tras la muerte de su esposa, cuando abre la taberna Al Bersagliere.

La jovencísima Rachele ayuda a servir mesas hasta el día en que el joven Benito se fija en ella y remueve Roma con Santiago para llevársela al ático de via Merenda, donde nacería la pequeña Edda en 1910.

Fue registrada como hija de padre desconocido porque sus progenitores, ateos, proletarios y socialistas, no estaban casados.

Doce años y cuatro hijos después, en octubre de 1922, en el piso burgués del Foro Bonaparte de Milán, Rachele es la señora Mussolini que descuelga el teléfono y oye las palabras: «Al habla la Casa Real»: mientras los fascistas marchan sobre Roma, el rey en persona llama a Benito para ofrecerle que forme gobierno.

Desde ese momento, durante más de veinte años, Rachele es la esposa del Duce; no participa en la vida pública ni desempeña ningún papel político.

La esposa que durante muchos años cede el escenario a Margherita Sarfatti, la esposa que ya ha visto pasar a muchas amantes de su marido y se quedará para verlas pasar a todas.

Hasta la última, Clara, la chica de la que la separan treinta años, amada con el conmovedor afán con el que los hombres ancianos se aferran a los cuerpos de las jóvenes, olvidando y llorando al mismo tiempo en ellas su propia suerte, aquella a quien Rachele nunca perdonará haber sido compañera de Benito no solo en vida, sino también en la muerte.