El fin y el principio (M. 5) Las muertes #7
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Las muertes #7

Desde que se ha refugiado en Alejandría en el verano de 1946, el viejo rey se niega a recibir a nadie.

Pasa los días en su villa junto al canal, a las afueras de la ciudad, leyendo febrilmente libros de historia, lamentando siempre no haber podido traer consigo la vasta biblioteca que había acumulado a lo largo de los años.

Si le apetece, escribe por la mañana algunas páginas de sus memorias.

Cuando su hastío ante el mundo, por el contrario, llega a su punto máximo y el vacío de las doce habitaciones de la residencia se vuelve insoportable, mientras la reina consorte hace la compra en el mercado árabe, él toma su barca y se va a pescar a uno de los lagos salados de la ciudad.

Hoy, en la víspera de la Nochebuena de 1947, el anciano monarca decide hacerlo directamente a orillas del río que durante milenios ha regado las tierras de los faraones.

Medio siglo antes, el 11 de agosto de 1900, Víctor Manuel III de Saboya juraba solemnemente ante las dos Cámaras reunidas respetar siempre el Estatuto que su antepasado Carlos Alberto había otorgado a la nación, y proteger siempre las instituciones y libertades de su pueblo.

En sus cuarenta y seis años de reinado, ha visto más cosas que cualquier otro soberano europeo: dos guerras mundiales, la reconciliación con la Roma papal tras doce lustros de conflicto, los mayores confines territoriales jamás alcanzados por Italia.

Por otro lado, Víctor Manuel III, príncipe de Nápoles, rey de Italia, emperador de Etiopía, primer mariscal del Imperio, rey de Albania, no se ha mantenido fiel a su promesa.

Optó, sin mover un dedo, a fuerza de asentimientos, capitulación tras capitulación, por llevarse al desastre a sí mismo, a su casa, a todo el país.

Entregó Italia a un dictador y luego convivió con el fascismo durante veintiún años.

Desde hace año y medio, Italia ya no es una monarquía, y Víctor Manuel solo conserva el título de conde de la localidad piamontesa de Pollenzo: en el referéndum del 2 y 3 de junio de 1946, con casi veinticuatro millones de votos válidos, el cincuenta y cuatro por ciento de los votantes se inclinó por la república.

Abdicar para darle a su hijo Humberto mayores posibilidades de victoria y huir con su esposa Elena a Egipto fue en vano.

En el río Nilo, ese 23 de diciembre de 1947, sopla el viento todo el día, y el viejo Víctor Manuel pesca poco.

Abandona el muelle, va a dar un paseo, vuelve a casa resfriado y le dice a su consorte que no se siente bien.

El 27, su salud empeora. Respira con dificultad; las enfermeras le administran las inyecciones de rigor, pero las soporta con apatía.

Le pregunta al médico: «¿Cuánto durará esto?

Tengo ciertos asuntos importantes que atender».

El médico duda antes de responder. Mira a la reina y luego esboza una sonrisa, que parece en realidad una mueca de dolor. «Un par de días», dice.

Ese mismo día, la joven República de Italia promulga su constitución democrática. Noventa y seis horas más y será efectiva: los títulos nobiliarios dejarán de estar reconocidos; los predicados de los existentes contarán como parte del nombre, útiles únicamente para identificar el linaje.

El 28 de diciembre de 1947, el corazón de Víctor Manuel de Saboya se detiene.

Q UINTO N AVARRA

Nadie es realmente un héroe para su ayuda de cámara, dice el filósofo. Lo mismo puede decirse, tal vez, de los dictadores.

Quinto Navarra se convierte en el mayordomo del Duce por pura casualidad, tras la marcha sobre Roma.

Guardián de todos los secretos, primero del Palacio Chigi, luego del Palacio Venecia, un subalterno para cualquier circunstancia, «cortés, discreto, respetuoso, desinteresado», y tolerante con las invectivas cotidianas, es el secretario de los asuntos privados, incluyendo la gestión de las citas del Duce con sus innumerables visitantes femeninas.

Durante veinte años es un sirviente «omnipresente pero inexistente».

Nunca fue un fascista militante. Al final del verano de la caída del fascismo, él también abandona Roma con su esposa para trasladarse a las orillas lacustres de Gargnano.

Permanece junto al jefe de la República Social Italiana hasta el final.

Después de la guerra, se esconde en Milán, a la espera de tiempos mejores. En 1946, sus memorias, dictadas al periodista Indro Montanelli, se convierten en uno de los primeros títulos del catálogo de la recién fundada editorial Longanesi & C. El libro es un fracaso.

Corre la misma suerte que los antiguos actores secundarios. De él no se conocen con certeza ni su fecha de nacimiento ni la de su muerte.

E RCOLE B ORATTO Valle de Aosta, 1886 – ¿?, 1970

Nacido en un pequeño pueblo del Valle de Aosta, soldado en la Gran Guerra, subteniente de carabineros, piloto en la Mille Miglia.

De 1919 a 1922 es chófer del primer ministro, y pasea a Francesco Saverio Nitti, Giovanni Giolitti e Ivanoe Bonomi por los adoquines de la Ciudad Eterna.

Tras la marcha sobre Roma, se convierte en el chófer personal de Benito Mussolini.

Durante veintiún años lo acompaña a todas partes, arriesgando la vida a su lado en más de un atentado.

Por orden del Duce, Boratto participa dos veces en la carrera Litoranea Libica, de Tobruk a Trípoli, al volante de un Alfa Romeo. En 1939 logra la victoria absoluta, superando a los mejores campeones italianos y alemanes.

Al día siguiente del Gran Consejo del 25 de julio de 1943, conduce en coche a Mussolini al lugar de su arresto.

Él también es detenido, desarmado y trasladado a Trieste.

Allí, cae en una profunda depresión, hasta el punto de tener que ser hospitalizado.

Tras obtener un permiso, lo aprovecha para reunirse por última vez con el Duce, quien lo recibe en Gargnano el 8 de noviembre.

Nunca volverá a Trieste: Mussolini le proporciona un vehículo para que pueda llegar a su ciudad natal.

En diciembre de 1945, el anciano chófer regresa a la capital por primera vez.

Los tiempos eran muy difíciles, y allí estaba él intentando vender sus memorias a los periódicos.

Fue interceptado por agentes del SSU, el servicio secreto estadounidense.

Vende la historia de su vida bajo condiciones muy concretas: que su diario no se publique en Italia y que su nombre sea «omitido».

A cambio, solo pide una cosa: un camión para emprender un negocio de transporte.

Muere en 1970.

F ILIPPO T OMMASO M ARINETTI Alejandría, Egipto, 22 de diciembre de 1876 – Bellagio, 2 de diciembre de 1944

«Los mayores entre nosotros tienen treinta años: por lo tanto, nos queda una década por lo menos para completar nuestra obra. Cuando tengamos cuarenta, otros hombres, más capaces que nosotros, podrán tirarnos a la basura, como manuscritos inútiles».

Filippo Tommaso Marinetti escribe estas palabras en 1909, consignándolas en el rimbombante, formidable Manifiesto del futurismo . Treinta años después, al estallar la Segunda Guerra Mundial, la historia hacía tiempo que se había encargado de satisfacer su plegaria al porvenir.

Poeta, hombre de letras, fundador de la primera vanguardia histórica del siglo XX , nacionalista, cantor de la guerra, intervencionista, voluntario en las tropas alpinas y con Mussolini en la concentración de piazza San Sepolcro y con los primeros escuadristas en las calles de Milán, tras pasarse la primera mitad de su existencia siempre al asalto, siempre en la deslumbrante vanguardia, Marinetti vive la segunda mitad en la reserva, consumiéndose en las sombras ignominiosas de la retaguardia.

Antimonárquico, experimenta fases alternas de apoyo y oposición al fascismo y, tras la marcha sobre Roma, convertido ya en una caricatura de sí mismo, se apacienta en los márgenes de la vida del régimen.

Suyo es el destino de toda vanguardia convertida en academia: una vez concluida la batalla, ya no dinamita el poder, se condena a celebrarlo.

Miembro de la recién nacida Academia de Italia desde 1929, a pesar de ocasionales leves signos de disidencia, su belicismo lo lleva a presentarse como voluntario para la campaña de Etiopía.

Luego, en septiembre de 1939, justo al estallar la guerra, el poeta que siempre la había cantado como «la única higiene del mundo» sufre una grave hemorragia interna causada por una úlcera duodenal, la misma enfermedad que padece Mussolini.

Algunos dicen que, en el caso de Marinetti, se debe a la ira acumulada durante los años de declive.

Empobrecido por dos operaciones quirúrgicas, y dado que vive a esas alturas de su salario como miembro de la Academia de Italia, Marinetti empieza a cobrar por sus conferencias (nunca antes lo había hecho) y acepta a regañadientes la ayuda del régimen.

Sin embargo, otra carcoma lo está devorando por dentro: no participar en la guerra, para el mayor de los futuristas, es una humillación definitiva.

Y de esa manera lo vemos, en un gesto aparentemente imprudente, uniéndose a los sesenta y cinco años a la expedición del Ejército italiano a Rusia.

Así, con un fatídico arrebato de orgullo, entra en la tercera y última fase de su vida.

Tras llegar al frente el 16 de agosto, el anciano poeta se instala en una isba infestada de ratas.

No soporta a los alemanes, odia a Hitler, pero intenta ser de utilidad en la medida de lo posible: declama sus versos incomprensibles, anima a los jóvenes y los incita a luchar.

Abandona el frente el 5 de noviembre, con la llegada del invierno, justo cuando los soviéticos lanzan su ofensiva sobre el Don.

De Rusia, Marinetti se trae una insuficiencia cardíaca y una melancolía igualmente incurable: como los poetas rusos de su generación, ha vivido demasiado en el futuro, ha perdido el sentido del presente y la vida cotidiana ha quedado atrás.