El fin y el principio (M. 5) Las muertes #6
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Las muertes #6

Nacido en Parma, bresciano de adopción, periodista, esgrimista olímpico, valiente soldado durante la Gran Guerra, hombre fiel, atormentado y leal, a principios de los años veinte destaca como fascista «social», por su lucha contra los industriales por los derechos de los trabajadores y, a pesar de ser cómplice del escuadrismo, intenta frenar sus excesos.

En 1926, es nombrado por sorpresa secretario del partido por el Duce, en sustitución de Roberto Farinacci.

A él le debemos la domesticación de la jauría fascista: Turati deplora la violencia, expulsa a los elementos más pendencieros e intransigentes, frena a los especuladores y arribistas, recompensa a los obedientes, adoctrina a los indecisos, consigue transformar una banda de matones en una institución: un inmenso órgano de control político.

Sin embargo, cuando se percata de que el Duce nunca ha querido frenos y que cualquier intento de domesticación está condenado al fracaso, dimite.

Mussolini rechaza su dimisión tres veces, pero al final la acepta.

Es entonces cuando los perros lo destrozan: incapaces de atacarlo desde el punto de vista de la moral pública, difunden, mediante denuncias y cartas anónimas, rumores sobre sus perversiones sexuales privadas, sucias y misteriosas: urofilia, coprofilia, pedofilia y, por encima de todo, la marca suprema de la infamia del machismo fascista: la homosexualidad.

Sus camaradas lo condenan al ostracismo, tratándolo como si fuera un enfermo mental.

De esta manera, uno de los hombres más poderosos de Italia es internado en un hospital psiquiátrico.

El dispositivo de purificación, la máquina que el propio Turati había puesto en marcha discurso tras discurso, purga tras purga, termina por arrollarlo a él también.

Estamos en 1932, el décimo aniversario de la marcha sobre Roma.

Poco después se le exilia a Rodas, donde permanece hasta 1937.

Solo en 1938 se le permite regresar a Roma, donde empieza a colaborar con una productora cinematográfica, a la vez que trabaja como asistente legal para varias constructoras.

Con la caída del fascismo, después del 8 de septiembre de 1943, Turati es objeto de nuevos ataques por parte de los seguidores de Farinacci y de los fascistas de la línea dura.

A pesar de ello, se le ofrecen puestos de responsabilidad en la República Social.

Los rechaza todos. De hecho, durante esas mismas semanas, mantiene contactos secretos con miembros de la resistencia romana.

Al parecer, ofrece refugio a ciudadanos de religión judía, apoya el movimiento partisano con subvenciones financieras, documentos falsos e incluso ofrece su coche para liberar al partisano Carlo Andreoni de la cárcel de Milán.

La suya fue una oposición atormentada y oculta, que continuó hasta junio de 1944, cuando las tropas aliadas del general Mark Wayne Clark entran en la capital.

El 11 de agosto, el alto comisariado para las sanciones de los crímenes fascistas emite una orden de captura contra él, pero, mientras tanto, Turati ya ha desaparecido. La amnistía de Togliatti le devuelve posteriormente su plena libertad.

Diez años en el surco del fascismo, quince años en el silencio de la ruina política.

Los últimos ocho, ya cansado y aislado de todo, los vive en la amargura y en la postración.

Escribe un libro que se le ocurre titular magníficamente Fuori dall’ombra della mia vita (Fuera de la sombra de mi vida) .

De tal sombra, sin embargo, nunca llega a salir.

Renuncia a publicar sus memorias en vida.

Imaginando su fin inminente, le escribe a un amigo: «Cuando pienso en la despedida, no vale la pena recordar mi vida.

Luché por defender mis principios y perdí.

Quizá fuera demasiado débil para una batalla tan amarga.

Termino mi vida terrenal en la más absoluta pobreza».

La muerte, una parálisis cardíaca repentina, sorprende a Augusto Turati en su casa del barrio romano de Flaminio el 27 de agosto de 1955. Según sus últimas voluntades, es enterrado en una fosa común, sin ningún signo de reconocimiento.

P IETRO B ADOGLIO Grazzano Monferrato, 28 de septiembre de 1871 – 1 de noviembre de 1956

Ha acumulado tierras, casas, villas y castillos, y ha recibido los más altos honores, las más prestigiosas prebendas y medallas por méritos de guerra, títulos nobiliarios y reconocimientos militares.

Este anciano piamontés lleva toda la vida ahorrando, hasta en nimiedades, siempre con la excusa de la sobriedad militar («Lo hago por mis hijos»).

Ahora, también la habitación de la planta baja está amueblada con rigor monástico; a su alrededor solo hay una silla, una mesita y un crucifijo.

Como entretanto ha perdido a su esposa y a tres de sus cuatro hijos, le sostienen la mano mientras fallece una criada y el suboficial que le ha servido de chófer durante años.

Así muere Pietro Badoglio, el Día de Todos los Santos de 1956, en una noche oscura y ventosa, entristecida por una ligera llovizna, en una vieja cama de hierro en su humilde casa de campo del Monferrato.

Es un asma cardíaca lo que le arrebata el último aliento.

«Deseo que me envuelvan en una sábana y que el funeral sea en Grazzano», reza la nota que ha dejado en su piso de Roma. Y así se hace.

El valiente general, la persona de fiar de la razón de Estado, el salvador de la patria, el traidor de la nación, el criminal de guerra, el superviviente, el fugitivo, el veterano soldado, el hombre para un roto y un descosido: nadie como él ha aprovechado tantos acontecimientos en la historia italiana, nadie como él ha caído en tantos abismos solo para volver a ponerse siempre en pie.

Ha apoyado al Duce, ha conspirado con el rey, solo se ha servido a sí mismo. Siempre manteniéndose a flote.

Los anales le imputan su parte de culpa en la catástrofe de Caporetto y le asignan su parte de triunfo en la batalla de Vittorio Veneto.

Es él quien, al servicio de los fascistas, somete Libia en los años treinta, a costa de deportar a decenas de miles de civiles a campos de concentración; es él quien da la orden de sofocar la resistencia etíope con gas tóxico y marcha triunfalmente sobre Adís Abeba con sus tropas, convirtiendo Italia en un imperio de cartón piedra.

En 1940, sabiendo mejor que nadie que el ejército no está preparado, da un manotazo en la mesa cuando Mussolini dice que Italia debe entrar en guerra, pero pocos días después no vacila en apuñalar a Francia por la espalda tras meses de asegurar a los embajadores galos que no había nada que temer; protesta débilmente cuando Mussolini le pide que predisponga la campaña de Grecia, murmura quejumbroso cuando se lleva a cabo de todos modos, pero guarda silencio a fin de cuentas mientras los soldados son enviados a una carnicería en las laderas greco-albanesas e Italia se enfrenta al desastre.

Solo entonces, obligado, presenta su dimisión.

Desde ese día, nadie vuelve a verlo en público.

Entre una partida de bridge y una cacería, intriga para derrocar al régimen, pero, con gran alivio por su parte, se le anticipa Grandi la noche del 25 de julio de 1943.

A partir de entonces, es el hombre que más se beneficia del derrumbe del fascismo: el rey lo llama para reemplazar a Mussolini en un gobierno militar; durante cuarenta y cinco días, reprime sin piedad huelgas, manifestaciones políticas y disturbios para evitar las sospechas de los alemanes y poder firmar oficialmente una paz por separado con los Aliados.

La mañana siguiente al anuncio del armisticio, el 8 de septiembre, como glosa a una vida de subterfugios, intrigas, oportunismo y transfuguismos, huye de Roma, la capital del Estado que está obligado a defender, abandonando sin una sola directriz ni una sola esperanza al ejército, al gobierno y al pueblo italiano a la despiadada dominación nazi.

Y, sin embargo, el 29 de septiembre de 1944, tras llegar a la isla de Malta, recibido con mil atenciones, invitado a bordo del acorazado Nelson por Dwight Eisenhower, es él quien firma el armisticio «largo» en nombre de Italia.

Y es también él, Pietro Badoglio, de Grazzano Monferrato, quien preside el primer gobierno democrático, cuando, como primer ministro, regresa victorioso a Roma en junio de 1944, solicitando conservar su cargo «por méritos adquiridos».

Al final de la guerra, debido a su connivencia política con el fascismo, le destituyen de su cargo de senador.

Sin embargo, evita el juicio y las solicitudes de extradición por el uso de gas y el bombardeo de hospitales de la Cruz Roja durante la campaña de Etiopía.

En cualquier caso, ninguna de sus riquezas sufre el menor menoscabo.

Habiendo sobrevivido a todo, nunca ha pagado por nada.

El día de su funeral en Grazzano, el 3 de noviembre, aniversario del armisticio de Villafranca, un regimiento forma el cortejo fúnebre, pero todos los miembros del gobierno, casi todas las asociaciones de veteranos e incluso el ministro de la Casa Real, a la que sirvió hasta el final, están ausentes: el depuesto rey Humberto se limita a mandar a un noble piamontés en su representación; los periodistas, divididos entre el pudor y el conformismo, apenas cubren la noticia de su fallecimiento.

Las órdenes de Roma, en la nueva era que amanece para el país, son claras: caso omiso si es posible.

El general más importante de la historia de Italia después de Armando Diaz, el más discutido sin duda, el más odiado tal vez, se despide de esta forma.

Con un funeral de Estado sin hombres de Estado, algunos artículos en las páginas interiores de los periódicos, envuelto en un sudario en una remota aldea rural.

Su último traje no tiene bolsillos. Como el de todos.

V ÍCTOR M ANUEL III Nápoles, 11 de noviembre de 1869 – Alejandría (Egipto), 28 de diciembre de 1947