El fin y el principio (M. 5) Una vida
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Una vida

L ILIANA S EGRE

La pequeña Liliana sobrevive. Su amadísimo padre Alberto, junto con sus abuelos paternos y millones de otros ciudadanos judíos, es aniquilado en los campos de exterminio. Pero ella sobrevive.

De regreso a Italia, confiada a su familia materna, a Liliana le cuesta adaptarse a la vida en tiempos de paz.

La posguerra no quiere saber nada de personas como ella: «Era muy difícil para mis familiares vivir con un animal herido como yo: una chiquilla que acababa de sobrevivir al infierno, de la que se esperaba docilidad y resignación.

Aprendí muy rápidamente a guardarme para mí misma mis trágicos recuerdos y mi profunda tristeza.

Nadie me entendía; fui yo quien tuvo que adaptarse a un mundo que quería olvidar los dolorosos acontecimientos del pasado, que quería empezar de nuevo, ávido de despreocupación y alegrías».

Entonces, obligado a tomar una decisión, el esposo elige el amor de su mujer. Liliana y Alfredo se reencuentran y se abrazan. Continuarán su camino juntos, hasta el final. Liliana, sin embargo, empieza a dar testimonio.

A la edad de sesenta años, y más de cuarenta años después de Auschwitz, convencida por el paso del tiempo de que la indiferencia es peor que la violencia, Liliana promueve desde 1990 una incansable actividad de divulgación de su experiencia como perseguida.

La pequeña Liliana se convierte así en una figura pública.

En 2018, el presidente de la República Italiana Sergio Mattarella la nombra senadora vitalicia por haber «iluminado la patria con sus excepcionales méritos en el campo social».

En los años siguientes, Segre dirige la Comisión extraordinaria del Senado para la lucha contra la intolerancia, el racismo, el antisemitismo y la incitación al odio y a la violencia.

Sin embargo, la historia de Liliana Segre no tiene un final feliz.

Más de setenta años después de la derrota del nazismo, Liliana sufre repetidos ultrajes de los neofascistas.

Recibe doscientos mensajes de odio antisemita cada día.

En 2019, se hace incluso necesario que se le asigne una escolta para protegerla de posibles ataques.

A los noventa años, en la tercera década del nuevo milenio, en la Italia actual, una mujer que sobrevivió a Auschwitz se ve obligada a vivir con dos carabineros asignados a su protección.

Pero no es casualidad. Hay una razón. La tenemos delante, y nos interpela a todos.

Si la historia de la pequeña Liliana no tiene el final feliz que muchos de nosotros — muchos, pero no todos— imploramos para ella, la razón es simple y a la vez confusa, angustiosa, aunque probablemente insensata: su historia —nuestra historia— no ha terminado.