El fin y el principio (M. 5) Las muertes #4
81%

Las muertes #4

Son seis, harapientos, mugrientos, con los ojos ardiendo de cansancio y la pulsión de muerte. Cuatro hombres y dos mujeres. Las mujeres, con el pelo sucio y enmarañado como las Erinias, parecen las más temibles: «¡Matadlo! ¡Vamos, vamos, matadlo!».

Ni siquiera frente a un arma de fuego Leandro Arpinati deja de ser él mismo. Lentamente, toma el cañón de la ametralladora, lo aparta y, con voz sosegada y firme, dice: «Esperad. Hablemos un momento».

Es posible que Leandro Arpinati quisiera hablarles a esos enfervorizados chicos de otro chico, un joven ferroviario anarquista, agitador, hijo de gente pobre, amigo personal de Mussolini incluso antes de la guerra, que luego se unió al fascismo y se convirtió rápidamente en el jefe más carismático del escuadrismo boloñés.

Le gustaría contar la historia de un líder nato que, tras la marcha sobre Roma, se retira para comandar su Bolonia, pero es convocado a la capital, nada menos que al Ministerio del Interior, junto al Duce, y allí choca con el despotismo —y el narcisismo— del dictador, con su corte de sirvientes intrigantes, con la esclerosis burocrática del fascismo convertido en régimen porque ese chico, que ya es un hombre, se mantiene íntegro, fuerte, leal.

Frente al cañón del fusil ametrallador, Arpinati querría contar la historia de ese hombre, una leyenda del fascismo, condenado a cinco años de confinamiento en Lipari con los antifascistas, y que, una vez liberado, se retira a trabajar como campesino en la campiña boloñesa, pero que en octubre de 1943 se ve otra vez perseguido por la Historia: Mussolini lo quiere a su lado en Saló, ofreciéndole incluso el Ministerio del Interior.

Él da media vuelta y vuelve a sus campos.

Y allí, poco a poco, pasa al lado correcto de la historia.

Provee de grano a organizaciones partisanas, ofrece refugio a oficiales ingleses fugados de campos de prisioneros, transforma su granja en un pequeño cuartel general de la Resistencia.

A Leandro Arpinati tal vez le gustaría contarles a esos chicos endemoniados toda la historia de un hombre justo y una vida equivocada, pero no lo hace, porque no hay tiempo y porque, en el fondo, no tendría sentido: ellos no están allí por él; han venido a ajustar cuentas con el chico que apaleaba a los socialistas veinticinco años antes.

El patriarca, inmóvil, inamovible, responde entonces a la llamada de su destino: «Yo soy Arpinati».

El joven que encabeza la patrulla vuelve a alzar su fusil ametrallador.

Arpinati parece sorprendentemente sereno.

Un aura de melancolía resignada le otorga esta gracia ante ese momento postrero.

Su amigo de toda la vida, que lo acompaña, se rebela, sin embargo, contra el destino: «¿Qué queréis hacer?

¿Y por qué?». Quien lanza ese grito es Torquato Nanni, un anciano socialista que ha sobrevivido a veinte años de persecución fascista, salvado de la muerte varias veces por el propio Arpinati.

Nanni da un paso al frente. El partisano que está más cerca lo derriba, golpeándolo en la nuca con la culata de su fusil. Nanni se desploma al suelo, inconsciente.

La otra arma dispara. La frente de Leandro Arpinati explota. Su cuerpo, desplomado exánime en el suelo, se ve acribillado de todas formas por balas disparadas en una vorágine asesina.

Pero aún no ha terminado. Nunca termina.

Uno de los chicos de la banda se inclina sobre el cuerpo inerte de Nanni.

Parece querer reservar un gesto de cariño al anciano maestro del socialismo y la libertad.

En cambio, le pone el arma en la nuca y abre fuego.

Torquato Nanni, tras una vida de persecución fascista, sin recuperar jamás la consciencia, pasa del desvanecimiento a la muerte a manos de un justiciero antifascista.

A LDO F INZI Legnago, 20 de abril de 1891 – Fosas Ardeatinas, Roma, 24 de marzo de 1944

En la tarde del 24 de marzo de 1944, Aldo Finzi, hijo de un acaudalado industrial de origen judío de la zona de Polesine, amante de la velocidad, veterano pluricondecorado, aviador de la 87.

ª Escuadrilla que sobrevoló Viena con D’Annunzio durante la Primera Guerra Mundial, opositor a toda tregua con los socialistas, subcomisario de la Fuerza Aérea, diputado fascista de los bloques nacionales, terrible escuadrista, inspirador de la marcha sobre Roma y subsecretario del Interior de Mussolini, aguarda el fin del fascismo en una celda del tercer pabellón de la cárcel de Regina Coeli.

Lleva años esperándolo. Su ascenso político se vio cercenado de repente, en los meses del caso Matteotti, cuando se le acusó públicamente de haber proporcionado a Amerigo Dùmini el dinero para la fuga.

El Duce lo sacrificó para romper la cadena de responsabilidad del crimen, obligándolo a dimitir.

Entonces, marginado, se retiró a la campiña del Lacio para cultivar tabaco.

Disidente por sus tomas de posición en defensa de los judíos, contra la guerra y contra Mussolini, fue enviado al confinamiento en Istonio en 1941, luego a las islas Tremiti, a Termoli, a Lanciano y finalmente a Giano, en Umbría.

En noviembre de 1942, es expulsado del PNF.

Ahora está en la cárcel tras una denuncia anónima.

Las SS lo han arrestado, dicen, por haber luchado junto con los partisanos en las laderas de los Castelli Romani desde los días del armisticio.

Parece ser que, durante meses, su grupo, la banda Finzi, ha estado organizando supuestamente sabotajes contra los alemanes en los campos de Palestrina, llegando incluso a volar un polvorín; y también, al parecer, ha pasado información sobre los movimientos de las tropas nazis al Comité de Liberación Nacional y ha ayudado a un puñado de partisanos rusos que habían escapado de un campo de concentración.

Es una sospecha más que fundada. Por eso lo retienen allí.

Hasta que, a primera hora de la tarde de ese 24 de marzo de 1944, lo sacan de su celda en Regina Coeli: Aldo Finzi, una leyenda del fascismo, con las manos atadas a la espalda, monta en un camión con otros prisioneros y se marcha. No sabe a dónde va ni por qué. Quizá se trate del enésimo traslado.

Desconoce que el día anterior, los grupos de acción patriótica han atacado con explosivos una columna del batallón de policía alemán Bolzen, afiliado a las SS, a su paso por via Rasella.

Desconoce que han muerto treinta y dos soldados alemanes y dos civiles italianos.

Aldo Finzi desconoce que el Führer ha ordenado un castigo ejemplar «que haga temblar al mundo».

El prisionero no tiene la menor idea del diktat del mariscal de campo Kesselring («hay que fusilar a diez italianos por cada alemán muerto») ni del hecho de que el coronel Herbert Kappler ha pasado la noche con sus colaboradores elaborando la lista de los Todeskandidaten , la lista de antifascistas —civiles, soldados, presos políticos, reclusos comunes, judíos— candidatos a la muerte; desconoce que muchos de esos nombres le han sido entregados directamente por el ministro de la RSI, Buffarini Guidi, sin pestañear, para garantizar la convivencia pacífica con los ocupantes.

Y, por encima de todo, Aldo Finzi desconoce que, en esa lista final, que abarca desde la A de Ferdinando Agnini hasta la Z de Augusto Zironi, en el conjunto de hombres arrestados en espera de juicio por «ultraje a las tropas alemanas», posesión de «armas de fuego o explosivos» o ser presuntos dirigentes de «movimientos clandestinos», en esa lista también figura su nombre.

Aldo Finzi lo desconoce, pero cuando el camión se detiene en la vía Ardeatina y, junto a sus compañeros, solo ve ante sí una desolada cantera de puzolana, lo comprende todo.

Son las 15:30. El supervisor de las operaciones en la explanada frente a la cantera se encuentra a un joven capitán de las SS, Erich Priebke.

Lee en voz alta cinco nombres a la vez y luego los tacha de la lista.

Cuando pronuncia el suyo, Finzi es empujado junto con los demás a una cavidad cenicienta iluminada con antorchas.

Los soldados los obligan a arrodillarse sobre los cadáveres de quienes los precedieron.

Fuera, debido al rugido de los motores, nadie puede oír los gritos ni los disparos.

Al día siguiente de la liberación de Roma, el profesor Attilio Ascarelli, experto en medicina forense de la Universidad de Roma, es el hombre que se dedicará a la penosa tarea de exhumar los restos de aquellos cuerpos apilados unos sobre otros, ya desfigurados por el clima húmedo del túnel y el horrible festín de insectos, larvas y ratas.

Los identifica uno por uno. El cuerpo número ciento veintidós —al final del reconocimiento habrá trescientos treinta y cinco— es el de Finzi.

En los bolsillos de su ropa se encuentran algunas «hojas impresas de propaganda antifascista» y un anillo con la siguiente inscripción: «1915. Todo por la patria».

R ENZO R AVENNA Ferrara, 20 de agosto de 1893 – 29 de octubre de 1961

Durante doce largos años, Renzo Ravenna ha sido el podestá fascista de Ferrara.

Fascista y judío. Más tarde, tras ser obligado a dimitir en marzo de 1938, a pesar de contar con la protección de Italo Balbo, amigo de juventud, es testigo de cómo, en el curso de un lustro, trozo a trozo, su mundo, su vida, su gente van siendo devorados.