El fin y el principio (M. 5) Las muertes #3
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Las muertes #3

En los pies, zapatillas de suela de goma; encima, unos pantalones de chándal holgados. En el rostro, enmarcado por orejas de soplillo, la bien conocida expresión de idiota. Achille Starace se enfrenta a la muerte tal como ha vivido: como un hombre ridículo. Ridículo y brutal.

Un diploma de contable, medallas al valor en la Gran Guerra, actos de violencia escuadrista en la frontera friuliana, actos de violencia sexual y doméstica en su Apulia natal, ni la menor inteligencia sobre las cosas, lealtad canina al Duce.

Con este currículum, al soldado de Galípoli se le encumbra a la secretaría nacional del Partido Fascista en 1931, un currículum a la altura de su mandato: liquidación de toda trascendencia política, reducción a mera extensión de la voluntad del Duce.

Y teatro, mucho teatro. Solo teatro del malo.

Una década entera malgastada en la adoración idólatra de un dios fetiche, en la degradación de un pueblo convertido en figurante, en concentraciones grandiosas, movilizaciones de masas subyugadas, insignias, uniformes, banderines, saltos a través del círculo de fuego y fórmulas de cortesía, saludos romanos y sábados fascistas.

Un destino general degradado a chiste, el totalitarismo a ejercitación coreografiado.

Y, al margen, guerras coloniales y disputas partidistas.

En eso consisten los años treinta para Achille Starace, funcionario imperial, superintendente de los juegos de circo para la plebe fascista.

Luego, después de los treinta, llegaron los cuarenta.

Tras la farsa, la tragedia. Y entonces finaliza la época del hombre ridículo.

Marginado, despedido abruptamente, encarcelado repetidamente sin motivo, internado en campos de concentración, solo la gimnasia lo salvó de la locura.

La buena costumbre de la carrerilla diaria.

Sin función, trabajo ni dignidad, reducido a una carga, a cero absoluto, el gran coreógrafo del régimen ha regresado a Milán para representar su última escena.

Hambriento, empobrecido, repudiado incluso por su hijo, vive de las verduras de un huerto de guerra cultivado en el jardín de su casa, de la vana esperanza de que su antiguo amo responda a sus gritos («Si vuelve a aparecer por aquí, echadlo escaleras abajo», ordena Mussolini a Gargnano) y de su irrenunciable jogging matutino.

Un grupo de partisanos incrédulos lo encuentra así, el 29 de abril de 1945, dedicado a su trotecillo cotidiano por las calles bombardeadas de Milán, mientras el cadáver de Mussolini cuelga ya de un gancho en piazzale Loreto. Y lo conducen hasta allí.

Lo espera una picota pública en chándal.

Insultos, patadas, puñetazos, escupitajos y el fusilamiento por la espalda, a los pies de su ídolo masacrado, frente a un muro en el que destaca un letrero pintado en tinta negra: P ROHIBIDO FUMAR .

Antes, eso sí, el saludo romano, que una de sus «hojas de instrucciones» había hecho obligatorio para todos los italianos en lugar del apretón de manos.

Al final, sus plegarias son atendidas. Póstumamente.

Una de las cuerdas utilizadas en la masacre se ha roto. Uno de los cuerpos se ha caído. El de Achille Starace, rápido sustituto, cuelga ahora junto a su Duce.

R OBERTO F ARINACCI Isernia, 16 de octubre de 1892 – Vimercate, 28 de abril de 1945

Las últimas horas de Roberto Farinacci fueron, y seguirán siendo, objeto de controversia.

Los fascistas interpretaron su tenaz determinación de permanecer en su feudo de Cremona hasta el final como una muestra de valentía temeraria.

Y relataron su huida y captura como un ejemplo de nobleza guerrera.

Los antifascistas, por el contrario, vieron en su inmovilidad la evidencia de una mentalidad obtusa, brutal y mezquina hasta el punto de ofrecer dinero a los partisanos a cambio de su libertad («Para abreviar, ¿cuánto queréis por dejar que me vaya? »).

En cuanto a quién fue en vida el ras de Cremona, en cambio, nunca ha habido controversia alguna.

Antiguo ferroviario socialista, desertor en la Gran Guerra, fascista de muy primera hora, tosco y agramatical periodista de armas tomar, poco escrupuloso y decidido como ningún otro, consagrado a la violencia de las reyertas más que al coraje del soldado, Roberto Farinacci encarnaba el espíritu escuadrista del fascismo, o lo que es lo mismo, su propia esencia.

Y lo manifestaba abiertamente, con orgullo y sin tapujos.

Tras licenciarse en Derecho en 1923 con una tesis plagiada, ser elegido diputado al año siguiente y nombrado secretario general del PNF en 1925, Farinacci vio cómo Mussolini le daba más tarde la espalda en favor de su adversario, Augusto Turati, y tuvo que soportar veinte años de intrigas y un resentimiento inagotable recluido en la provincia de la que era el déspota absoluto.

Dueño y editor de uno de los periódicos más influyentes de las dos décadas de dictadura, Il Regime Fascista , lo utiliza como un garrote para aplastar a sus numerosos enemigos internos, para fomentar sin descanso la facción de los «intransigentes», la necesidad de la guerra y el odio racial en el país.

A pesar del paso de los años, el Duce, en el fondo, lo teme: pronazi y belicista, ídolo de los fascistas de la línea dura, es el más antisemita y racista de los grandes jerarcas (a pesar de sus negocios con empresarios judíos, hace oídos sordos a las súplicas de ayuda de Jole Foà, antigua secretaria suya deportada a Auschwitz, donde morirá).

Tiene una mano de madera, un recuerdo de Etiopía: sufrió un accidente mientras se entretenía pescando con granadas de mano, que luego hizo pasar por una heroica herida en combate.

Cuando la guerra llega a lo peor, Farinacci echa toda la culpa a los generales, a quienes tacha de ineptos (su blanco favorito es Badoglio), proponiendo que las tropas italianas se pongan bajo el mando alemán unificado.

En las horas posteriores al arresto de Mussolini, se refugia en la embajada alemana y luego huye a Alemania.

Cuando el 27 de julio se reúne con Hitler —quien, incitado por sus jerarcas, sopesa su figura para la sucesión fascista—, cede a la maliciosa estupidez de criticar la conducta de Mussolini, proponiéndose, y ni siquiera con excesiva sutileza, para reemplazarlo. El Führer queda asqueado.

Con la formación de la RSI, Farinacci no obtiene los puestos de poder a los que aspiraba. Despojado de cualquier cargo de partido o gubernamental, continúa alimentando el resentimiento, sembrando veneno y ejerciendo un poder absoluto en su Cremona.

El 27 de abril de 1945, tras abandonar por fin su «feudo», intenta llegar a Suiza en su lujoso Alfa 2600 negro, oculto en una poderosa columna de fugitivos, pero es capturado por los partisanos cerca de Beverate.

Desde allí, lo trasladan a Vimercate, donde un tribunal del CLN escenifica un juicio sumario y le impone la obvia pena de muerte.

A las 9:20 de la mañana, el «superfascista», consolado por dos sacerdotes, es conducido a la muerte.

El condenado se niega a que le venden los ojos: como combatiente condecorado, quiere que le disparen en el pecho, pero los partisanos, considerándolo un traidor, pretenden dispararle por la espalda.

Lo obligan a girarse a bofetadas, pero un instante antes de la descarga, al oír la orden de «¡Fuego!

», con un pie ya en la tumba, Farinacci se da la vuelta.

Obstinado, rabioso, lanza una última mirada al mundo, amenazante y amenazado, mirando fijamente al ojo del arma.

A partir de este momento, las versiones vuelven a divergir.

Según algunos, parece que los partisanos dispararon la primera descarga al aire para no conceder al fascista la victoria final.

Otros aseguran que la repentina, indomable torsión del torso le permitió recibir la descarga en el pecho.

Y eso también será pasto de leyendas para los vencidos en una posguerra sangrienta e interminable.

Es posible, quizá incluso probable, que ambas versiones sean apócrifas.

La última foto que retrata al condenado con vida nos lo muestra solo, de frente, erguido y sereno con su elegante traje cruzado a medida, de cara a la cámara.

En cualquier caso, Roberto Farinacci muere estólido y torvo, tal como ha vivido.

L EANDRO A RPINATI Civitella di Romagna, 29 de febrero de 1892 Malacappa, 22 de abril de 1945

—¡¿Quién es Arpinati?!

La pregunta, que grita a grandes voces el chico armado con un fusil ametrallador, resuena por la era con la fuerza obtusa y terrible de una amenaza.

El tiempo se detiene, sin discurrir ni hacia adelante ni hacia atrás, sino expandiéndose desmedido.

La escena vivida hasta un momento antes, de repente, ha dejado de existir.

Era la escena más alegre que la experiencia humana puede regalar: el día en que termina una guerra, el memorable día en que vuelve a reinar la paz entre los hombres en la tierra.

En la finca Malacappa, a las afueras de Bolonia, la guerra ha terminado hoy, 22 de abril de 1945.

Ha terminado con la aparición del primer tanque estadounidense en el gran patio que precede a los establos.

En ese momento, por fin, la pequeña población de la hacienda agrícola sale al aire libre y se reúne en torno al patriarca: un tipo alto, corpulento y pesado, imbuido por el innegable carisma del hombre en el que todos confían en tiempos de peligro y, más en general, en la vida.

Tras llamar a su gente, aún indecisa en el umbral, a asomarse a un futuro prometedor, acompañado de dos viejos amigos el patriarca recorre el sendero que lleva a la verja y, como siempre, se detiene bajo el roble, plantado desde hace siglos frente al huerto, hablando ya de los establos que deberán repoblar y de las futuras cosechas.

En ese momento, aparece la furgoneta que transporta a los hombres armados: «¡¿Quién es Arpinati?!».