Las muertes #2
Detenidos en un puesto de control partisano, tras las negociaciones, a los alemanes, entre los que se esconde Mussolini, se les autoriza a continuar hacia Alemania, mientras que los italianos se ven obligados a retroceder.
En ese momento, el vehículo blindado que transportaba a Pavolini realiza una brusca maniobra, probablemente equivocada en un intento de romper el bloqueo.
Se produce un tiroteo, pero mientras los demás pretenden rendirse, al grito de «¡debemos morir como fascistas, no como cobardes!
», Pavolini corre hacia el lago, con su ametralladora al hombro y respondiendo al fuego de los partisanos.
Herido, empapado y exhausto, es capturado la tarde del 27 de abril, pero, llevado a Dongo, aún tiene fuerzas para replicar con desprecio a sus camaradas, que se quejan de haber tomado la carretera en la zona equivocada del lago: «¿Os habéis olvidado de que Mussolini siempre tiene razón? ».
Durante unas horas, Pavolini, el Duce, que entretanto ha sido identificado y capturado, y Clara se encuentran, sin saberlo, en dos habitaciones contiguas.
Fusilado y llevado a Milán, el cuerpo de Pavolini también fue exhibido en piazzale Loreto. Es enterrado en Musocco, en el Campo 10, donde están sepultos los caídos de la RSI.
Junto a la tumba del irreductible se halla la de Osvaldo Valenti, estrella de cine del régimen y compañero de los torturadores de Villa Triste.
G UIDO B UFFARINI G UIDI Pisa, 17 de agosto de 1895 – Milán, 10 de julio de 1945
En la primavera de 1945, los jerarcas fascistas son ya todos unos espectros o van sucumbiendo, uno tras otro.
A algunos los engulle la Historia en circunstancias nunca del todo aclaradas; a otros los han fusilado el año anterior, en Verona, al final de un juicio farsa; a otros los matan los partisanos, los abate la justicia sumaria, los asesinan en ajustes de cuentas.
Solo uno halla la muerte tras ser condenado por un tribunal especialmente constituido. Es el caso de Guido Buffarini Guidi.
Empedernido jugador de póker, a Buffarini siempre le gustó la emoción de las apuestas elevadas, la emoción que acompaña al riesgo más desproporcionado. Él, por su parte, apostó por el Duce hasta el final, incluso cuando la mala suerte le aconsejaba abandonar la mesa.
Achaparrado, corpulento, robusto, veterano de la Gran Guerra con numerosas condecoraciones y fundador del Fascio pisano, es durante años el hombre fuerte del escuadrismo en Toscana.
Cuando Mussolini decide vestir de civil y abandonar la calavera, el aceite de ricino y la porra, Buffarini es de los primeros en abrazar la nueva ola de fascismo institucionalizado.
Entre 1923 y 1924 es podestá de Pisa, más tarde diputado, después consejero nacional y, por último, durante diez años, a partir de mayo de 1933, se convierte en la mano derecha de Mussolini en el Ministerio del Interior.
La noche del Gran Consejo lo consagra definitivamente entre los más leales.
Inicialmente convencido de que el Duce haría arrestar a sus oponentes desde la mano de inicio —«el Duce tiene un trío en la mano, así que, como siempre, logrará imponer su punto de vista»—, cuando la situación se complica, vota en contra de la moción de Grandi.
Permanece en el Palacio Venecia incluso después de terminar el conciliábulo nocturno y, junto con Scorza, Galbiati y Biggini —los otros que han votado «no»—, solicita la invalidación del voto, por ser, de hecho, «inconstitucional».
Demasiado tarde. Al día siguiente del arresto del Duce, van a buscarlo también a él.
Encarcelado en la bastilla romana de Forte Boccea, liberado cuando los alemanes invaden la ciudad, es trasladado en avión a Múnich.
En la nueva administración de la República Social, es nombrado ministro del Interior para mantener la apariencia de un Estado fascista leal a la alianza con el Eje.
No demuestra piedad por los traidores del fascismo, los partisanos ni los antifascistas: entre otras cosas, carga con el peso de su participación en la masacre de las Fosas Ardeatinas.
Son meses enloquecidos de lucha, secuela de las rivalidades y venganzas entre los jerarcas.
Se encuentra en Como con la corte de Mussolini en las horas finales de la huida de la última columna.
Pero para él no habrá una hermosa muerte, solo un intento frenético de cruzar la frontera.
Los partisanos lo capturan cerca de Porlezza antes de que pueda llegar a Suiza.
Al final de la guerra en el continente, el Tribunal Extraordinario de lo Penal de Milán lo condena a muerte por colaborar con los alemanes, ordenar represalias y cometer crímenes contra la lealtad y la defensa militar del Estado.
La noche antes de su ejecución, ingiere un tubo de barbitúricos y pierde el conocimiento.
Los médicos de San Vittore lo reaniman, pero solo para que se le aplique la pena capital.
Por la mañana, lo llevan a Campo Giuriati, el polideportivo universitario entre Città Studi y Lambrate, donde habían sido fusilados catorce antifascistas.
Allí, en medio del estadio de rugby, lo atan con una cuerda a un pequeño pupitre, aún medio inconsciente.
Todo sudado, lleva un jersey de lana abierto a la altura del pecho y le falta un zapato.
Un sacerdote se acerca blandiendo un crucifijo.
Él, con baba en la boca, lo besa con los ojos entreabiertos.
Luego, se ejecuta la orden. El cuerpo del jerarca fascista se desploma en el banco, la madera devorada por la carcoma se empapa de sangre. Es el alba del 10 de julio de 1945.
N ICOLA B OMBACCI Civitella di Romagna, 24 de octubre de 1879 – Dongo, 28 de abril de 1945
Un mismo hombre acompaña a Benito Mussolini en su primer y en su último viaje. Se llama Nicola Bombacci, luce ante el mundo unos ojos azules de muñeca de porcelana sobre una barba leonada de profeta y ha sido una leyenda de la revolución comunista.
Hijo de campesinos pobres de Romaña, sacerdote frustrado, dado de baja de la leva durante la Gran Guerra por motivos de salud, delgado, de pequeña estatura, afable, manso, a principios de la década de 1920 es el líder más querido de la facción maximalista revolucionaria del Partido Socialista.
Obreros y campesinos lo veneran como a un santo secular, pero también los dirigentes soviéticos de Moscú confían en él.
Apodado el «Cristo de los Obreros», tuvo el privilegio de conversar personalmente con Lenin durante los memorables días de la guerra civil rusa y es amigo personal de Benito Mussolini desde que ambos recorrían el campo como maestros de escuela, llevando los zapatos bajo el brazo para evitar que se les desgastaran las suelas.
Durante la formidable década de las revoluciones del siglo XX , Nicola Bombacci vive en un perenne estado de exaltación, exigiéndose al máximo: diputado socialista en 1919, fundador del Partido Comunista Italiano en 1921, es expulsado de este en 1927 por su actitud colaboracionista con el fascismo, al que finalmente se une.
En ese momento, su trayectoria se desploma en la sombra: odiado por sus antiguos camaradas, despreciado por los fascistas, malvive a duras penas con las limosnas del Duce, gracias a las cuales puede cuidar de su hijo enfermo, y se lo paga predicando en revistas poco conocidas la convergencia entre mussolinismo y leninismo en el triunfo de los trabajadores.
Con la llegada de la RSI, emerge de las sombras.
Ocupa su lugar junto a Mussolini en su ocaso y permanece allí hasta piazzale Loreto.
Sobre sus hombros raquíticos de seminarista frustrado, Nicolino carga con el escándalo del siglo: la identidad secreta entre el fascismo y el comunismo.
Hasta el 15 de marzo 1945, a un paso del final, en un mitin fascista en Génova, ciudad obrera y antifascista, su voz de profeta grita ese secreto a los vientos de la historia: «¡Camaradas!
Miradme a la cara. ¡Camaradas! Ahora os preguntaréis si yo soy el mismo agitador socialista, el fundador del Partido Comunista, el amigo de Lenin que fui en otros tiempos.
Sí, señores, ¡sigo siendo el mismo! Nunca he renegado de los ideales por los que he luchado y lucharé siempre».
Su lucha termina a orillas del lago Dongo el 28 de abril.
Bombacci ha viajado sentado junto a Mussolini en el Alfa 1800 desde Saló a Milán, y luego de Milán a Como, y de Como a Valtelina.
Solo en el último momento se entrega a los partisanos, con la esperanza de que sus antiguos camaradas separen su destino del de los jerarcas.
Pero sus antiguos camaradas, antes de fusilarlo, le dan una ducha de agua fría, endilgándole el epíteto de «supertraidor».
Al Lenin de Romaña lo sitúan con los jefes fascistas frente a los fusiles de los partisanos comunistas.
Lleva unos cómicos pantalones de rayas y una chaqueta oscura muy larga, casi una túnica.
No se arrodilla para recibir la extremaunción de los sacerdotes.
Ni siquiera se santigua. Permanece de pie solo, inmóvil, sin pestañear.
Algunos afirmarán haberlo oído gritar: «¡Viva Mussolini, viva el socialismo!
». Le descargan dos cargadores enteros. Cae de espaldas, con los ojos azules vueltos al cielo. Empieza otra vez a llover.
Nicola Bombacci se reencuentra con el compañero de su primer viaje en el inmundo limbo entre el entierro y la muerte: su cuerpo cuelga en la gasolinera de piazzale Loreto junto al de Mussolini.
Su figura, antaño famosa, incluso venerada, es ahora solo un pequeño y morboso enigma.
Los milaneses que acuden en masa a contemplar el horrendo espectáculo de la masacre se preguntan acerca de ese cadáver hirsuto:
—¿Quién es ese de la barba?
A CHILLE S TARACE Sannicola, 18 de agosto de 1889 – Milán, 29 de abril de 1945
—Starace, ¿adónde crees que vas?
—A tomar un café.