El fin y el principio (M. 5) Las muertes
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Las muertes

Es en la posguerra, sin embargo, cuando la vida de Caccia Dominioni se desprende de las noticias y la historia, para entrar en la leyenda.

Además de soldado, ingeniero y arquitecto, fue, sin ningún esfuerzo ni voluntad para serlo, limitándose simplemente a seguir su talento natural, un escritor valioso y un dibujante excepcional.

Sus retratos de camaradas, acuarelas de paisajes, campos de batalla, soldados uniformados y escudos de unidades inspirarían a Hugo Pratt.

Vincenzo Costa, el último secretario federal de Milán, nace con el siglo, y tras haberlo recorrido casi en su totalidad muere en Milán una tarde de otoño.

Su vida traza la parábola neta de un fascista acérrimo: jamás la menor duda, jamás un solo interés personal, ni siquiera un cambio de idea.

Muchas añoranzas y ni un solo remordimiento.

Lanzado de cabeza a la historia sin la menor conciencia de ello.

Criado en el culto del Risorgimento por una familia de sentimientos patrióticos, Costa, antes de alcanzar la mayoría de edad, falsifica sus documentos para alistarse en las tropas alpinas, uniéndose así a su padre en las trincheras.

Después de la guerra, está con Mussolini en San Sepolcro, con los escuadristas en el asalto a la sede del Avanti!

, con D’Annunzio en Fiume. Tras la marcha sobre Roma, y con el Duce en el poder, Costa dimite del ejército, regresa a Milán, acepta un trabajo en las Officine Meccaniche y pasa veinte años de vida anónima y laboriosa, dedicada a actividades asociativas, recreativas, solidarias.

El soldado del fascismo solo vuelve a la escena pública con el estallido de la nueva guerra mundial.

Convocado, parte hacia cuatro frentes: Francia, Albania, Croacia y Rusia.

El armisticio lo sorprende en Udine. Escapa de la deportación a Alemania, y tras regresar a Milán, de nuevo a piazza San Sepolcro, es de los primeros en refundar el Fascio local.

Se convierte en su comisario federal tras el asesinato de Aldo Resega, su compañero de armas en la Gran Guerra.

Ni siquiera el sangriento ocaso de la RSI parece quebrantar su fe.

Durante los seiscientos terribles días de la ocupación nazifascista del norte de Italia, Costa lucha como soldado hombro con hombro con los asesinos; a pesar de ser ajeno a las aberraciones de la tortura, en ocasiones toma partido por los torturadores; a pesar de estar alejado de la política, se reúne con Mussolini nada menos que doce veces; a pesar de cargar con una plena responsabilidad del desmoronamiento, no da señal alguna de ser consciente de ello.

Inmerso hasta el cuello en un río de sangre, nunca parece empaparse.

Al final de la guerra, Vincenzo Costa conoce la crueldad de los vencedores.

Arrestado por partisanos cerca de Como, pasa varios meses en prisión en el campo de Coltano, donde los estadounidenses lo exponen en jaulas junto a Ezra Pound.

También experimenta la cómplice y programática desmemoria de los vencedores: condenado a dieciocho años de prisión, en octubre de 1949 es ya un hombre libre.

El último secretario federal consagra el cuarto de siglo que le queda de vida a la memoria.

A la memoria, quede claro, no a la historia.

Su infatigable lucha por salvar un puñado de cascabillo humano del molino del tiempo estará siempre consagrada a una preservación facciosa, personal, identitaria y polémica del pasado.

Con grandes sacrificios, afrontando todo tipo de dificultades, el veterano se dedica a las organizaciones de veteranos y, sobre todo, a la búsqueda de los cuerpos de los caídos, que saca de sus lugares de enterramiento originales para reunirlos en un solo campo en el Cimitero Maggiore de Milán, el Campo 10 —«Campo del Honor»—, donde se agrupan aproximadamente mil tumbas de camaradas, ciento setenta de ellas de desconocidos.

A pesar de revolver la tierra de media Italia para dar nueva sepultura a los cuerpos de los fascistas, Costa se abstiene de la vida política del país.

No se deja seducir por las sirenas del neofascismo.

No se siente atraído porque él está encadenado al mástil del pasado.

Para personas como Costa, la Italia antifascista no existe; la historia de Italia y la del fascismo son una sola cosa.

Ahora que el fascismo ha terminado, que esa historia continúe, pero sin él.

Muere en su Milán natal el 27 de noviembre de 1974, de modo que pudo ser enterrado en su cementerio —Campo 10 del Cimitero Maggiore di Musocco— junto a sus camaradas, no lejos de las tumbas de Pavolini, Franco Colombo y Nicola Bombacci, entre los marineros de la X MAS y los brigadistas negros de la Resega.

Los demás, todos los demás, no existen. Ni siquiera en la muerte.

F RANCO C OLOMBO Milán, 26 de julio de 1899 – Lenno, 28 de abril de 1945

« Femm dumà prest ».

Al parecer, fueron estas las últimas palabras de Francesco Colombo, conocido como Franco, pronunciadas ante el pelotón de fusilamiento con su habitual tono bravucón y en su irrenunciable dialecto milanés: a ver si nos damos prisa.

La escena resulta verosímil, acorde con el personaje; el uso del dialecto, a un paso de la muerte como en todo el viaje de su vida, es innegable («Nunca llegué a oír a Colombo hablando en italiano», recordaría Vincenzo Costa).

Todos los demás detalles permanecen y permanecerán en la niebla de versiones espurias, fruto de la memoria oral de los veteranos, de reconstrucciones contradictorias, de leyendas póstumas.

Son apócrifas también, con bastante probabilidad, las palabras testamentarias que el memorialismo fascista atribuye al comandante de la Legión Ettore Muti, al disolverla: «Para el mañana, una vez alcanzada la paz, hay esperanza para nosotros los fascistas.

Mucha más tal vez de cuanto imaginamos. No desperdigamos la semilla».

Está claro que un matón del Tesino criado en los barrios bajos de Porta Cicca no se habría despedido con un lenguaje tan refinado.

Con todo, no es sin motivo por lo que se le atribuyó este legado.

El caso es que Francesco «Franco» Colombo, con las muñecas atadas con alambre a la espalda, es trasladado a Lenno di Tremezzina a primera hora de la tarde del sábado 28 de abril para ser fusilado frente a un muro donde seis partisanos habían sido asesinados unos meses antes.

Al parecer, lleva una gorra de esquiador negra con visera, el único modelo encontrado en la sombrerería de San Fedele d’Intelvi.

La ha pedido él mismo porque, según se dice, no quiere morir con la cabeza descubierta.

También parece que, antes de enfrentarse al pelotón de fusilamiento, al enterarse de la noticia de la ejecución de Mussolini, Colombo vive un momento de extravío.

Cuentan, sin embargo, que no tarda en recobrarse para lanzar esa frase irrisoria y bravucona ante la muerte: «Femm dumà prest».

Sí, sin duda está en consonancia con el personaje.

Recuerda aquel otro episodio en el que Franco Colom bo, mientras sus Osados peinaban la región de las Langhe en busca de partisanos, estaba sentado a la mesa de una taberna de la plaza del pueblo bebiendo vino nebbiolo.

Los aldeanos lo habían visto brindar con sus secuaces durante toda la tarde.

En un momento dado, llevado por su carácter fanfarrón de borrachín, lo oyeron brindar incluso por sus enemigos: «Pues claro que sí, un brindis también a la salud de esa gente», gritó, alzando su copa hacia el bosque en la cima de la colina.

Antes de que cayera la noche, en esa misma plaza, los aldeanos también vieron al borracho, tambaleándose desde sus mesas, patear el cuerpo tendido de uno de los hombres, ya moribundo, por cuya salud había brindado poco antes.

A LESSANDRO P AVOLINI Florencia, 27 de septiembre de 1903 – Dongo, 28 de abril de 1945

Cabello y ojos negros como el azabache, mirada penetrante, dos licenciaturas.

Culto al estilo y a la acción: hijo de un indianista de renombre internacional, él y sus compañeros de escuadra interrumpen por la fuerza en 1944 una conferencia impartida en la universidad por Gaetano Salvemini.

Secretario de la Federación de Florencia, miembro de la dirección nacional del partido, corresponsal de guerra durante la campaña de Etiopía y ministro de Cultura Popular de 1939 a 1943, es el protegido del ministro de Asuntos Exteriores Galeazzo Ciano.

Después del 8 de septiembre, es nombrado secretario del Partido Fascista Republicano.

Se cuenta entre los organizadores de los Juicios de Verona, que se celebran a principios de 1944 y culminan con la condena a muerte y el fusilamiento, entre otros, de su antiguo protector Ciano, cuya petición de clemencia se encarga de no hacer llegar a Mussolini.

Fundador y jefe de las Brigadas Negras, hace gala de una obstinación y crueldad desesperadas en la lucha contra las fuerzas de la Resistencia: Pavolini es el sanguinario e inquebrantable defensor de la advertencia que dan los cuerpos de los partisanos ahorcados o empalados en ganchos de carnicero y abandonados a su suerte en las calles.

Después del 25 de abril, tras obligar a su amante, la actriz Doris Duranti, quien lo había seguido hasta la República Social Italiana, a huir a Suiza, Pavolini escolta con un convoy motorizado a Mussolini en su fuga desde Milán hacia Alemania.