1945 #15
De esta manera, el calvario de Mussolini no ha terminado aún.
Cada Gólgota debe tener su cruz. El del Duce la encuentra en una gasolinera en construcción, coronada por una marquesina metálica de la que los bomberos, ayudados por partisanos armados, izan, colgados por los pies, a dos metros del suelo, los restos mortales —ya muertos, pero que aún han de ser asesinados— de Mussolini, Clara Petacci y los demás jerarcas ejecutados a orillas del lago Dongo.
La intervención de los partisanos armados rescata los cuerpos de la ruina material, pero no detiene el tormento.
Les otorga si acaso una trayectoria ascendente, elevándolos desde la tierra hacia un cielo menor, inmundo, a dos metros del suelo.
Ahora no son las manos, los pies ni las bocas las que devoran los cuerpos, sino los ojos.
Los ojos de miles de milaneses que han acudido espontáneamente desde todos los rincones de la ciudad para rebuscar en el pubis de la amante del Duce, la falda al revés y la ropa interior perdida o rota, que han acudido a buscar en el cráneo lampiño y destrozado de ese cadáver con el torso desnudo, con los brazos extendidos, liberados sobre su cabeza en un vuelo miserable, la marca distintiva del hombre al que habían idolatrado hasta ayer.
La trágica historia de Benito Mussolini termina aquí, donde había empezado: en la obscenidad, en el horror, en la masacre. Y aquí empieza la historia de su cadáver.
El C.L.N.A.I. declara que la ejecución de Mussolini y de sus cómplices, ordenada por este, es la conclusión necesaria de una fase histórica que deja a nuestro país aún cubierto de escombros materiales y morales; es la conclusión de una lucha insurreccional que marca para nuestra Patria la premisa del renacimiento y de la reconstrucción.
El pueblo italiano no podría comenzar una vida libre y normal —que el fascismo le ha negado durante veinte años— si el C.L.N.A.I.
no hubiera demostrado con prontitud su férrea determinación de hacer propia una sentencia ya dictada por la historia.
Solo al precio de esta ruptura tajante con un pasado de vergüenza y crímenes, podría tener el pueblo italiano la seguridad de que el C.L.N.A.I.
está decidido a impulsar firmemente la renovación democrática del país.
Solo a este precio podrá llevarse a cabo la necesaria purga de los residuos fascistas, con la conclusión de la fase insurreccional bajo la más estricta legalidad.
De la explosión de odio popular que, en esta única ocasión, escaló hasta alcanzar excesos comprensibles solo en el clima deseado y creado por Mussolini, el propio fascismo es el único responsable.
El C.L.N.A.I., de igual manera que ha sabido encabezar la insurrección, admirable por su disciplina democrática, inculcando en todos los insurgentes el sentido de responsabilidad ante este gran momento histórico, y ha sido capaz, sin titubeos, de hacer justicia con los responsables de la ruina de la Patria, pretende que en la nueva era que se abre al pueblo italiano libre, tales excesos no se repitan jamás.
Nada podría justificarlos en el nuevo clima de libertad y estricta legalidad democrática que el C.L.N.A.I.
está decidido a restablecer, ahora que la lucha insurreccional ha concluido.
Comunicado del Comité de Liberación Nacional del Norte de Italia,
29 de abril de 1945
Cadáver de Benito Mussolini
Milán, 29 de abril de 1945, 11:00 horas
Piazzale Loreto
Cortaréis esa soga. Lo cortaréis, y en el golpe sordo del cráneo afeitado, de la poderosa mandíbula sobre los adoquines de esta plaza milanesa, oiréis el tañido del futuro.
Ha terminado una era, ha empezado otra. Guerra, dictadura, paz, democracia.
Suspiraréis, brindaréis por los amigos perdidos, por el futuro.
Dedicaréis unos últimos cuidados a los restos del buey nacional.
Volveréis a convocar a vuestros bomberos para que lo limpien con una manguera, a vuestros médicos para que lo presten a la ciencia, a vuestros sepultureros.
Arrodillados en la orilla, lo confiaréis a la corriente para un último viaje.
Mesa de disección, vigilias ante un ataúd vacío, noches de peregrinaciones y de llantos, más tarde juicios y autopsias imaginarias, sesiones espiritistas y conversaciones de ultratumba, la carroña nacional escondida, enterrada, robada, al final enterrada de nuevo y venerada de nuevo en secreto, a la luz de las velas, en voz baja, por unos pocos.
Luego os contaréis a vosotros mismos que todo ha acabado.
Había que hacerlo, os repetiréis mutuamente.
Para descartar sin que cupiese duda que «Él» siguiera vivo.
Para exorcizar con la violencia justa cualquier violencia ulterior.
Para liberaros de la pesadilla, para sanar las heridas con fuego, para dar al pueblo la única catarsis posible.
Salmodiaréis vuestro mantra de libertad y justicia durante las noches de insomnio —nada, no es nada, querida, estoy bien, duérmete—, el asesinato era necesario para bautizar la soberanía popular, os diréis: Él ya no está aquí y nosotros sí que estamos.
Él está allí, horizontal en la explanada de esta gasolinera —miradlo, ¿lo veis, lo veis?
—, nosotros estamos aquí, vivos y coleando, libres, verticales.
Cortaréis la soga, juraréis y perjuraréis, y, sin embargo, jamás podréis perdonaros.
Vuestra república nace aquí, en esta plaza, fundada sobre este cadáver colgado de un gancho de carnicero.
Mientras los guardias dirigen el tránsito de la multitud que ha acudido, espontáneamente, para contemplarlo.
Mientras los fotógrafos profesionales sacan fotos destinadas a convertirse en postales para intercambiar en Navidad.
Vuestra república nace aquí, en este momento, en esta tierra, bajo este cielo de piazzale Loreto, y habrá nacido aquí para siempre.
Es cierto: tenía que hacerse, era necesario, incluso era justo.
Y, sin embargo, nunca podréis perdonaros el odio igual y opuesto al amor que le tributasteis en vida, nunca podréis borrar las huellas sangrientas del pueblo degradado a chusma que pisotea a su ídolo de ayer, no podréis soportar la entera historia humana que, al hacerlo, habéis condenado hoy a un eterno sinsentido.
Cortaréis esa soga de matadero; el cadáver martirizado será retirado, escondido, compostado en la tierra.
Y os juraréis unos a otros que se acabó por fin.
Pero mentiréis. Mentiréis, sí, mentiréis, porque esta pieza de carnicería no ha sido abatida por un golpe letal.
Está colgado, cabeza abajo, suspendido en el aire, a dos metros del suelo, no yace, pende, ni aterrizado ni llevado al cielo, insepulto, desbautizado por vuestra violencia infantil, servil pero bestial, ese Lucifer pueblerino ni asciende ni se precipita, cuelga, oscila, empujado por movimientos estólidos, estúpidos, inconclusos e inconcluyentes, ni arriba ni abajo, y sin descanso, a la derecha, luego a la izquierda, un poco aquí y un poco allá, nunca centrado, lejos de su eje, eternamente fuera de sitio, siempre feroz o insensato, feroz y, sin embargo, insensato, feroz precisamente por insensato, relegado a un movimiento perpetuo, a una infinitud perversa, a un mezquino, provinciano eterno retorno.
Y, entonces, volverá. Podréis cortar esa soga, pero el cadáver permanecerá colgado para siempre en la marquesina de esa gasolinera, inacabado, listo para su uso, maldecido y maldiciente.
Volverá con cada mala cosecha, en la canícula irrespirable de agosto, en la tristeza del sol en su ocaso por occidente, en la melancolía de un nuevo siglo que nada promete y, precisamente por eso, cumple su promesa.
Volverá en los patéticos bustos de bronce, transmitidos de padres a hijos, exhibidos con melindrosa jactancia en los salones burgueses, pero, sobre todo, volverá en los estratos bajos de la vida, reducida a sus humores —rencor, resentimiento, traición— y en su mayor pasión, el miedo.
Volverá cada vez que invoquéis al hombre fuerte que no sois ni seréis jamás, al Jefe capaz de guiaros, permaneciendo a vuestras espaldas, avivando vuestro descontento, cada vez que al borde de las tinieblas lloriqueéis pidiendo que os cuenten un cuento para dormir: uno más, papaíto, uno más, por favor.
Volverá y os repetirá siempre la misma cantilena: yo soy el pueblo, el pueblo soy yo, y al diablo con todo lo demás; el mal no existe, solo existen los hombres malvados con sus maleficios; la realidad no es compleja, es simple, es infantil la realidad, todos los problemas se reducen a uno solo, ese problema a un enemigo, el enemigo a un extranjero, el extranjero a un invasor.
Y al enemigo extranjero invasor se le puede matar, se le debe matar, de un tiro en la cabeza y de otro en el corazón.
Al final, como al principio, solo quedarán los muertos. Al principio, como al final, solo quedará el cuerpo. El cuerpo masacrado y reconstruido, muerto y resucitado, repulsivo y glorioso. El cuerpo de vuestro Duce.
Sí, mi público seguirá estando ahí. Siempre ahí. Siempre ahí.
El cadáver regresará, yo regresaré porque los muertos no solo son una carga, los muertos sobreviven.
Son cosas más antiguas que el mundo.
Y estas cosas yo las sé, las sé porque es inútil, no hay nada que hacer, soy como los animales: presiento el momento que llega.