1945 #14
Pero se trata únicamente de la enésima búsqueda de un refugio más seguro.
Mussolini se prepara en pocos minutos. Rechaza el abrigo alemán.
Le dan un gabán de la guardia de finanzas, que se pone con gusto.
También le piden que acepte una venda para ocultar su rostro una vez más. Él, de nuevo, accede.
El prisionero y sus guardias parten en un Fiat 1100, un coche que no llama la atención.
Al llegar al puente de la siderurgia, dominado por la acería Falck, encuentran un segundo coche idéntico esperándolos.
De él baja Clara Petacci, escoltada por cuatro partisanos comunistas de la comandancia local, tres hombres y una mujer.
El reencuentro de los dos amantes en el corazón de la noche, a un paso del final, transcurre bajo el signo del pudor. Respeto a la decencia ante todo.
¿También vos aquí, señora?
Buenas noches, Excelencia.
¿Por qué habéis querido seguirme?
Lo prefiero así. ¿Os ha pasado algo? ¡Lleváis una venda!
No os preocupéis: no me ha pasado nada.
Los dos coches se ponen en marcha de nuevo, y empieza una nueva pequeña odisea de tiroteos nocturnos, puestos de control, jóvenes combatientes victoriosos, ebrios de vino y venganza.
¿Quién es la momia de ahí?
Un camarada herido.
De acuerdo, pasad.
Tras casi dos horas de viaje, ya en las afueras de Como, se tiene noticia de que la ciudad es peligrosa; quizá haya incluso combates en curso.
Uno de los partisanos comunistas afirma conocer una casa segura, casi imposible de encontrar para quien no haya estado allí antes, habitada por gente de confianza.
Está situada cerca de Azzano, donde la carretera del lago se une con el sendero transitable que lleva a Bonzanigo, a solo veinte minutos de distancia.
Bellini delle Stelle acepta la propuesta.
Dan la vuelta, los Fiat 1100 reemprenden el camino hacia el norte, la pequeña odisea prosigue.
Al llegar a su destino, deciden dejar los coches al pie de una colina y subir a pie por un camino de herradura.
Mussolini renquea, todavía envuelto en las vendas, y Petacci, que no ha dormido ni comido, resbala.
El comandante Pedro le tiende el brazo y se ofrece a llevarle el hatillo. Son más de las tres de la mañana.
Los dueños, despertados por la llegada del partisano al que tantas veces han ocultado, dejan entrar a los fugitivos sin hacer preguntas.
Son campesinos, gente humilde, de buen corazón.
La casera despierta a sus dos hijos para que desalojen la habitación.
Los manda al caserío del agostadero y cambia las sábanas.
En pocos minutos, la habitación está lista.
Una cama matrimonial, dos sillas, un perchero, un trípode con una palangana y una imagen de la Virgen de Pompeya sobre el cabecero.
Eso es todo. Petacci pide una segunda almohada.
Se la dan. Bellini delle Stelle deja a dos hombres de guardia y se marcha. Mussolini se quita las vendas.
Son casi las cinco de la mañana, pronto amanecerá y, sin embargo, la primera noche juntos de los dos amantes empieza ahora.
En estos largos años de amoríos clandestinos, más de diez a estas alturas, siempre para guardar las apariencias, por respeto a la decencia, a pesar de verse casi a diario, Benito y Clara nunca han pasado una noche juntos.
Todo apunta a que también será la última.
Los partisanos de guardia los oyen susurrar tras la puerta durante un largo rato, luego se hace el silencio.
Al amanecer, alguien ve a ambos en la ventana que da al lago. La señora Lia lleva a la habitación leche, un plato de polenta acompañado de lonchas de salami. Un poco de pan, un vaso de agua.
Los restos de esta frugal comida permanecerán en la mesa durante días. Incluso serán fotografiados. Una señal, según algunos, de una puesta en escena póstuma.
Es posible. A partir de ese momento, de hecho, todo se confunde, la imagen se ofusca, la vida se convierte en el relato de un idiota.
Llegan desde Milán los emisarios del Comité, uno se hace llamar Valerio, quienquiera que sea, todos son hombres duros, que han pasado por las cárceles fascistas y la guerra de España, por años y años de prisión, por carnicerías, tienen órdenes precisas, la sangre les corre por las venas, entran, salen, gritan, se enfurecen, cada uno tiene ya su propia versión preparada en el bolsillo.
Los supervivientes, aquellos que no se destrozarán en la inmediata posguerra, la contarán durante décadas, hasta la tumba. Nadie dirá la verdad.
Pero no hay necesidad de seguirlos en esa selva, podemos quedarnos en la cuestión privada, en la imagen de los dos amantes aún vivos: Mussolini y Petacci, Benito y Clara, asomados a esa ventana mañanera, que se abre a una de las más hermosas vistas del mundo.
En las horas siguientes, de alguna manera, a manos de alguien, ambos serán asesinados.
Dos antiguas razones sugieren la elipsis. La muerte es quizá la única gran escena en la vida de Mussolini sobre la que no hay certezas. La piedad es posible, quizá incluso debida, hasta para quien casi nunca la ha sentido.
Cadáver de Benito Mussolini
Giulino di Mezzegra, Villa Belmonte-Milán piazzale Loreto
28-29 de abril de 1945
Lo único cierto es que a las 16:00 del 28 de abril, los cuerpos sin vida de Benito Mussolini y de Clara Petacci yacen frente a la verja de Villa Belmonte en Giulino di Mezzegra, rodeados por los partisanos venidos de Milán para matarlos.
El cuerpo de Mussolini ha recibido nueve balazos: un proyectil le ha atravesado el antebrazo derecho; otro, disparado desde arriba, ha penetrado por debajo del cinturón y ha salido por la nalga; tres más lo han alcanzado en el cuello, en la zona del hombro derecho; los cuatro últimos, letales, concentrados en el estrecho radio de una breve ráfaga en la mitad superior del hemitórax izquierdo, le han destrozado la aorta.
El cadáver, acribillado por las ráfagas de ametralladora, permanece abandonado durante dos horas bajo la lluvia para que el espectáculo de su muerte pueda ser exhibido ante la gente del lago.
Alrededor de las 18:00, un coche procedente de Dongo lo recoge para arrojarlo a un camión junto con el de Clara y los de los demás jerarcas fusilados esa tarde.
A la una de la madrugada, el convoy fúnebre parte hacia Milán, adonde llega dos horas más tarde.
El destino no es casual en absoluto, sigue el criterio de la venganza, la irresistible seducción de los símbolos, la antiquísima llamada de los nombres: los cuerpos son arrojados sobre el adoquinado de piazzale Loreto, en el lugar exacto donde quince antifascistas fueron masacrados en agosto de mil novecientos cuarenta y cuatro, en la esquina de corso Buenos Aires y la gran plaza que muchos milaneses han rebautizado desde entonces como «piazza dei Martiri».
Los partisanos que han sido puestos de guardia se quedan dormidos. Durante un rato, reina la quietud; vivos y muertos descansan unos junto a los otros sobre la tierra desnuda.
Sin embargo, poco antes del amanecer, un transeúnte divisa los cuerpos alineados en la plaza, y un coche con megáfono recorre la ciudad anunciando la muerte del Duce y su exhibición.
En poco tiempo, una multitud excitada y furiosa se congrega en torno al cadáver de Mussolini y sus cómplices.
Va a perpetrarse el ensañamiento: físico y simbólico, material y moral.
La multitud forma un círculo alrededor de los muertos, los atormenta, se mofa de ellos y los ultraja.
Alguien coloca un banderín fascista en la mano del dictador a modo de cetro, dos partisanos del Oltrepò Pavese profanan los cadáveres de Benito y Clara, ciñéndolos en un macabro abrazo, una mujer dispara cinco tiros contra los restos de Mussolini para vengar la muerte de sus cinco hijos.
Los más desenfrenados escupen, orinan sobre los cadáveres y vierten sobre los cuerpos desfigurados todos los desechos que sus cuerpos vivos pueden contener.
Las primeras filas, empujadas hacia los cadáveres, los pisotean, les desfiguran la cara a patadas y, como si fuera un lagar, propinan taconazos a lo que amenaza con convertirse en un amasijo de carne sangrienta con el paso de los minutos.
Solo a las once de la mañana los partisanos del servicio de orden abren fuego, con las ametralladoras apuntando al cielo, para poner fin a la orgía.
En un rincón de la plaza aparece un camión de bomberos que viene a lavar los cuerpos mugrientos de sangre, de excrementos y de saliva.
El agua lustral que irriga el cadáver de Benito Mussolini baña una cabeza deformada por el completo desmoronamiento esquelético, un rostro desfigurado por lesiones contusivas tales que lo hacen casi irreconocible, una mandíbula fracturada, lóbulos cerebrales aplastados, cráneo destrozado.
Y, con todo, la obscenidad no termina ahí.
Los pobres restos que limpian los bomberos de Milán no corresponden únicamente al cadáver de Benito Mussolini.
Son también el cuerpo del Duce del fascismo, ese adalid que sobre los cuerpos putrefactos de los caídos en la Gran Guerra construyó su poder, basado en la ocupación de las plazas con su propio cuerpo carismático, en la supuesta encarnación de la voluntad popular en su persona física, que preservó aciagamente hasta su ocaso al autorizar la constante exhibición de partisanos masacrados por sus escuadristas.
Desde hace ya meses, la muerte y su espectáculo corpóreo están por todas partes, los muertos están por todas partes, ahorcados en plazas públicas, apilados en las aceras, colgados de ganchos de carnicero, impuestos por los camisas negras, con intención pedagógica y placer sádico, a los niños de los colegios de primaria que acuden a contemplarlos acompañados por sus maestras.