El fin y el principio (M. 5) 1945 #13
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1945 #13

Luego, sin embargo, un oficial alpino exige un nuevo control, esta vez metódico, desde el primer camión hasta el último.

Se empieza a revisar la documentación de cada soldado.

Si se pilla a un italiano —y algunos hay, porque se trata de una unidad mixta—, se le obliga a bajarse y alguien tira su equipaje al suelo.

Son las 15:30 cuando se levanta la lona del primer camión. Nada que señalar. Se pasa al segundo, luego al tercero, y así sucesivamente. El día en el lago es templado, ha empezado la primavera, las aguas tranquilas reverberan el esplendor del mediodía.

Luego llega el turno del quinto camión. Ya está descubierto, con la plataforma de carga muy por encima de la carretera. Lleva pintado el número 34 en el lateral.

La inspección la realiza un zapatero local.

Se llama Giuseppe Negri, conocido como Peppino, cuyo nombre de guerra es «Zocolin».

Parece que primero fue fascista, luego antifascista después del 8 de septiembre y, por último, incluso comunista.

En cualquier caso, Zocolin sube a la plataforma de carga y, entre quince soldados alemanes que esperan con sus documentos en la mano, ve un cuerpo acurrucado en el lado del lago, detrás de una pila de mantas.

El hombre tumbado parece estar dormido, ronca débilmente, con el casco calado, envuelto en su gabán gris verdoso con charreteras plateadas, abotonado y con el cuello subido.

Todo en ese individuo está escondido, borrado, oculto a la vista: una manta harapienta tapa sus pantalones de montar con franjas negras y sus botas de cremallera; unas gafas de sol plegables cubren sus ojos ya cerrados.

Entre sus piernas, en posición fetal, sujeta un fusil ametrallador, como si lo hubiera olvidado.

Los soldados alemanes, de pie alrededor del cuerpo tendido, hacen el gesto de beber con la mano libre de su arma reglamentaria: el camarada ha alzado demasiado el codo.

Peppino Negri levanta el casco sobre la cabeza del borracho, que permanece inmóvil, imperturbable, distante.

Entonces Zocolin baja de la caja del camión y va a llamar a Bill, el subcomandante de brigada.

Bill sube al camión y sacude el hombro del borracho:

—¡Camarada!

Ninguna reacción.

—Su Excelencia…

De nuevo, ninguna respuesta.

—Caballero Benito Mussolini.

Solo entonces, al oír su nombre y apellido precedidos por ese título honorífico, el falso borracho se levanta y se encuentra a sí mismo. O, tal vez, se pierde para siempre.

El fundador del fascismo va armado; podría intentar defenderse entablando combate, va armado entre muchos camaradas armados, más numerosos incluso que los partisanos, podría incluso salir victorioso del enfrentamiento, o bien sucumbir y morir, armas en mano, como siempre ha declarado que quería hacer.

Podría, por último, volver el arma contra sí mismo y decidir el desenlace de su propia historia.

Pero no hace nada de eso. Primero, se quita el casco. Luego, todavía en silencio, Mussolini baja la ametralladora, se desabrocha el abrigo y, por último, para completar la expoliación, entrega la pistola Glisenti de 9 mm que llevaba escondida entre la camisa y el pantalón.

—Benito Mussolini, queda detenido en nombre del pueblo italiano.

La declaración enfática del partisano Bill se desvanece sin eco. El arrestado se limita a un gesto con el que da a entender que no opondrá resistencia. Se coloca una gorra del ejército italiano que guardaba en el bolsillo y, de nuevo sin decir palabra, se dirige al ayuntamiento.

Mientras la excitación a su alrededor se extiende como la pólvora junto con la noticia —«¡Han capturado a Mussolini, han capturado a Mussolini!

»—, se vuelve hacia los alemanes y grita algo en su idioma.

Parece haber dicho: « Aber so, ohne Kampf » («Pero de esta manera, sin luchar»).

No está claro si el tono era el interrogativo de quien lamenta una rendición cobarde o el incoativo de quien aprueba la inercia que evita el derramamiento de sangre.

En cualquier caso, mientras el Duce del fascismo cruza la plaza, precedido por partisanos armados y con los faldones de su amplio gaban ondeando, se alzan algunas voces hostiles («¡Cobarde!

¡Canalla!»), un solo grito de burla («¡Benito, te has equivocado de camino!

»), ambos ahogados inmediatamente por estrépitos de asombro, incapaces de pronunciar otra palabra que ese epíteto venerado durante décadas: «¡El Duce! ¡El Duce! ¡El Duce!».

Entonces, como un cristal roto por una piedra, una chica con ojos enloquecidos prorrumpe en un grito demente: «¡Échanos un discurso, échanos un discurso desde el balcón!».

Es imposible determinar si se trata de una burla o de un arrebato final de fanática devoción.

Por otra parte, cuando Benito Mussolini, en el trayecto que lo conduce a su última prisión, se cruza con un grupo de niñas, las criaturas empiezan a aplaudir frenéticamente, como han aprendido de los documentales en el cine o de sus maestras en las aulas del colegio.

Chicos, se acabó. Hemos resistido hasta el final […

]. Este es el peor momento de nuestras vidas, pero debemos sobrevivir.

Para el mañana, una vez alcanzada la paz, hay esperanza.

Mucha más tal vez de cuanto imaginamos. Es necesario reafirmar el valor sagrado de nuestros principios, los principios del Fascismo.

Debemos denunciar a los futuros falsificadores de la Historia, tildándolos de serviles mercaderes.

Franco Colombo, discurso a sus Osados en el acto de disolución de la Legión Muti, 27 de abril de 1945 (verosímilmente apócrifo)

Trabajadores, el fascismo ha caído. Los miembros de esta organización criminal, hasta ayer feroces por estar apoyados en la brutal fuerza nazi, una vez que esta fuerza se ha derrumbado, huyeron en cuanto estalló el levantamiento popular.

El jefe de esta organización criminal, Mussolini, mientras intentaba cruzar, pálido de saña y de miedo, la frontera suiza, ha sido detenido.

Deberá ser entregado a un tribunal popular para un juicio sumario.

Y por todas las víctimas del fascismo y por el pueblo italiano, sumido en semejante ruina por el fascismo, deberá ser y será ejecutado.

Esto es lo que deseamos, por más que estemos convencidos de que un pelotón de fusilamiento es demasiado honor para este hombre.

Merecería ser asesinado como un perro sarnoso.

Sandro Pertini, discurso en Radio Milano Liberata,

27 de abril de 1945

Benito Mussolini, Clara Petacci

Noche del 27 al 28 de abril de 1945

Desde el momento de su captura hasta el de su muerte transcurren apenas unas horas: una noche y una mañana. Benito Mussolini las recorre con pasos leves, casi impalpables, sereno, tan sosegado como alborotada había sido toda su existencia. Transita por ellas como una sombra andante.

Son horas de interrogatorios, de traslados incesantes, de despedidas y de reencuentros. Todo en vano.

Mientras en un apartamento de Milán los miembros del Comité insurreccional, tras recibir la noticia del arresto del depuesto dictador, decretan su muerte, y el mando estadounidense envía un fonograma a Como para intentar evitarla, el prisionero es interrogado en el ayuntamiento de Dongo por el abogado Giuseppe Rubini, a quien el CLN acaba de nombrar alcalde.

«He rebatido a Mussolini toda su vida», proclamará más tarde.

Pero no es más que la primera de muchas fanfarronerías inverosímiles, testimonios poco fiables y deliberadas mentiras que impregnarán como miasmas vaporosos la salida de escena del Duce.

Parece, sin embargo, que el fundador del Imperio, el jefe de Estado que durante mucho tiempo y según el parecer de muchos tuvo el destino del mundo en sus manos, accede voluntariamente a discutir su propia historia con un abogado de provincias.

De la misma manera, cuando esa noche el comandante Pedro decide trasladarlo por prudencia al cuartel de la guardia de finanzas en Germasino, un pequeño pueblo no lejos de Dongo, en el coche que los llevaba allí, mientras el sol se pone sobre las montañas aún cubiertas de nieve del alto Lario, Mussolini conversa sosegadamente con el partisano que le reprochaba el trato inhumano que los fascistas infligían a sus camaradas caídos en manos de las Brigadas Negras.

El antiguo jefe de la República Social se disculpa, se justifica y explica sus razones.

Bellini delle Stelle le ofrece un cigarrillo. Él lo rechaza cortésmente.

—¿No fuma nunca?

—En muy raras ocasiones, solo un cigarrillo de vez en cuando, muy suave.

La noche en el cuartel también transcurre tranquila.

Los oficiales ofrecen una cena compuesta por risotto, cabrito y patatas al horno.

Mussolini se niega a hablar de la situación italiana, pero parece que acepta discutir sobre política internacional, declarándose admirado por el pueblo ruso y convencido de que el verdadero vencedor de la guerra es Stalin.

Después de cenar, el comandante de la 52.

ª Brigada Garibaldi, tras impartir órdenes a sus hombres, regresa a Dongo, donde se encuentran detenidos los demás jerarcas arrestados esa tarde y donde, de una forma u otra, se ha averiguado la identidad de Clara Petacci.

El partisano florentino se demora un rato conversando con la mujer del Duce.

Ella le habla de su inmenso amor, expresa sus dudas de que un hombre tan joven pueda comprenderlo en ese momento, pero apela al futuro: un día, está segura, lo comprenderá.

Y le suplica que le permita «reunirse con él».

Asombrado, conmovido tal vez, Pier Luigi Bellini delle Stelle no promete nada, pero se compromete a hacer todo lo posible. Luego parte hacia Germasino. Al llegar, dan las doce.

Mussolini yace boca arriba, con las mantas subidas hasta los ojos.

¿Dormís?

No, solo me había quedado traspuesto.

Cuando se le comunica que deben trasladarse de nuevo, el prisionero piensa que ha llegado el epílogo.

¿Ya? Lo esperaba.