1945 #12
Mientras tanto, el capitán Dessì ha dispuesto una nueva misión para encontrar a Mussolini.
Ya está a bordo del sedán que ha de llevarlo a Menaggio con el coronel de los carabineros De Petra, Romualdi y Vanni Teodorani, marido de la sobrina del Duce, cuando Franco Colombo es reconocido por los partisanos.
El viejo escuadrista suplica al comandante antifascista que le deje subir para evitar el linchamiento.
Dessì accede. Parten todos, fascistas y antifascistas, en el mismo coche en busca de Benito Mussolini.
Benito Mussolini está oculto en las tripas de un camión Lancia 3RO, de siete metros de largo, dos de ancho y cuatro de alto, transformado en vehículo blindado por un herrero de Piacenza que le ha aplicado planchas de metal de nueve milímetros.
Envainado en esa membrana de acero, Mussolini no comprende.
El teniente Birzer, para devolverlo a la realidad, se ve obligado a repetir la información una segunda vez.
La realidad es que el teniente Fallmeyer ha vuelto de Morbegno con órdenes de puño y letra del comandante Bellini delle Stelle.
Las órdenes serán ejecutadas por el vicecomisario político de la brigada, conocido como Bill, y son draconianas: los alemanes pueden pasar, los italianos deben ser entregados a los partisanos. Fallmeyer ha cedido.
Mussolini, desconcertado, le recuerda a Birzer que tiene el deber de defenderlo.
El oficial de las SS confirma que tiene intención de cumplir con ese deber.
Ha urdido una estratagema: el Duce puede salvarse poniéndose un uniforme alemán, agazapado en un camión de la compañía antiaérea y, sobre todo, abandonando a sus compañeros.
Pavolini, disgustado y preocupado, se lo desaconseja: «Mejor que permanezcamos todos juntos, Duce».
Mussolini lo humilla: «Vos y vuestras fantasmales Brigadas Negras.
¿Dónde se han metido los tres mil hombres que me habíais prometido?
». Clara, tras observar toda la escena sentada en el estribo del vehículo blindado, se pone de pie de un salto: «Duce, haced lo que os dice el alemán.
Salvaos. Debéis salvaros». Elena Curti la secunda.
Las mujeres asienten: el deshonor es mejor que la muerte.
Benito Mussolini vacila: es evidente que la idea de disfrazarse con el uniforme de un ejército extranjero le repugna.
Lleva veinte años celebrando el heroísmo por encima de todas las demás virtudes, y veinte meses repitiendo que no huirá, que no se esconderá, que la vida ya le es indiferente, que quiere morir y solo le importa morir como es debido, preservando su honor.
Y, en cambio, ahí está, al final del camino, sopesando la hipótesis del más vergonzoso de los finales: el camuflaje, el renegar de su propia identidad, el fingir ser alguien distinto a quien es. Lo sopesa y lo elige.
El clímax dramático dura pocos instantes; luego, como casi siempre en la vida, todo lo demás es farsa.
El pesado gabán de sargento de la Luftwaffe escogido para el viejo dictador caído en desgracia le queda dos tallas grande.
Benito debe pedirle ayuda a Clara para ponérselo sobre ese cuerpo demacrado y flácido que la joven tantas veces había declarado adorar en el pasado.
El casco, también demasiado grande, se lo pone al revés.
En un último intento por evitar el ridículo a su ídolo, Pavolini da un salto hacia delante y se lo coloca bien.
Benito Mussolini solo se rebela cuando le entregan unas gafas de sol para que, como en un chiste, oculten no solo su cuerpo sino también su rostro.
En un ataque de ira, tira el casco al suelo.
El teniente Birzer lo recoge pacientemente y se lo vuelve a colocar en la cabeza.
Mussolini también se pone las gafas de sol.
Al final, una vez completado el disfraz, todos descienden del vehículo blindado y se encaminan hacia la cola de la columna.
Para llegar a los camiones de la antiaérea, el Duce debe atravesar el grupo de fascistas que esperan el último adiós del hombre al que han venerado desde su juventud.
Muchos tienen lágrimas en los ojos, conmovidos por su destino y el suyo propio.
Él decide saludarlos con desprecio: «Me voy con mis camaradas alemanes porque ya no puedo confiar en los italianos».
Luego, el Duce del fascismo se dirige hacia el enorme vehículo con matrícula WH 529527 sin mirar atrás. Ni siquiera se da la vuelta cuando Clara, entre lágrimas, intenta subir a bordo y dos soldados de Hitler, a cargo de los cañones antiaéreos, la empujan hacia atrás, haciéndola rodar por el polvo.
Son las 13:30 del 27 de abril de mil novecientos cuarenta y cinco.
Exactamente en el mismo momento, a menos de veinte kilómetros de distancia, el puñado de hombres que habían partido de nuevo para poner a salvo a Mussolini, tras haber pasado indemnes por varios controles, llega a la aldea de Cadenabbia.
Allí, un nutrido grupo de jóvenes partisanos de la formación Giustizia e Libertà, tras abrirse paso entre la multitud que bloqueaba el vehículo, empuñando sus ametralladoras, ordena a los cinco pasajeros que bajen.
El capitán Dessì les enseña los documentos firmados y refrendados por todos los dirigentes del CLN (Comité de Liberación Nacional) de Como. Los jóvenes hacen caso omiso. La multitud los incita a lincharlos. «Son los fascistas que huyen», dice alguien. «Contra el paredón».
Obligan a los cinco prisioneros a salir del coche y, con las ametralladoras en los riñones, los alinean contra un murete.
Dessì y De Petra proclaman su identidad como oficiales de la Resistencia, pero se les ordena con creciente violencia que levanten las manos y guarden silencio.
El frenesí de la multitud crece. Cada palabra, cada gesto, corre el riesgo de ser fatal.
Lo único que les espera ya es la ráfaga de ametralladoras.
El capitán Dessì y el coronel De Petra parecen aterrorizados y angustiados.
Uno puede reunir valor para enfrentarse a la muerte, pero no a esta muerte, no así: están a punto de ser fusilados por sus partisanos el día de la victoria.
Luego, sin embargo, alguien entre la multitud enfurecida reconoce a Franco Colombo, el odiado comandante de la Legión Ettore Muti.
La furia de la multitud, concentrada en él, crea una distracción.
Un sargento de los carabineros, el comandante «anciano» de la banda partisana —tendrá apenas cuarenta años— aprovecha para comprobar la identidad de los prisioneros.
Con un gesto repentino, declarando que todos quedan detenidos, logra subirlos a una camioneta y llevarlos a una pequeña cárcel no muy lejana.
Una vez allí, al grupo de prisioneros se suman Gaetano Caradonna, antiguo jefe de policía fascista de Alessandria, y Ermanno Amicucci, fascista radical y antiguo director del Corriere della Sera .
Los carceleros deciden trasladarlos a todos a la comandancia partisana local en San Fedele d’Intelvi.
La división está al mando de un capitán de la guardia de finanzas, que también ha servido en la Marina.
Viste de uniforme y parece tener el control total de la situación.
Decide que los prisioneros, cuyas identidades se desconocen por ahora, sean llevados a Como, donde se determinará su posible culpabilidad en un juicio justo.
Todos menos Franco Colombo. Él no. No hay nada que pueda hacerse por él.
Ha encabezado numerosas y feroces redadas en estos valles, sembrando muerte y dolor.
La gente lo ha reconocido y lo reclama. Debe ser sacrificado al indomable dios de la venganza popular.
Se obliga a todos los prisioneros a montar en un camión y se los conduce a dar una vuelta de propaganda por la plaza del pueblo.
Colombo es obligado a permanecer de pie para que la multitud pueda verlo, insultarlo, para que pueda odiarlo.
Por último, antes de que el camión parta hacia Como, obligan a Franco Colombo a bajarse y lo entregan a los partisanos.
Entre los luchadores por la libertad vibra una emoción indescriptible, una suerte de mutismo religioso: circulan rumores de que Benito Mussolini ha sido capturado al intentar saltar la valla fronteriza.
Cuarenta kilómetros más al norte, la cabeza de la columna formada por líderes fascistas y soldados alemanes en fuga, escoltada por partisanos, llega a Dongo alrededor de las 15:00.
Se ha decidido que se efectúen los controles en la plaza de este pueblo enclavado junto al lago, en la desembocadura del arroyo Albano, que sigue el trazado de la antigua via Regina.
En el muelle de los barcos a vapor, los insurgentes han colocado dos ametralladoras y un mortero para cubrir la carretera que lleva hacia el sur y hacia el norte; tras el paso del último vehículo se coloca una barrera de troncos de árboles, partisanos armados los rodean.
El coche de Fallmeyer se detiene frente a la farmacia Mancini, en la esquina de la plaza del pueblo.
Veintiocho camiones los siguen, con unos veinte hombres cada uno, de pie o sentados: oficiales, suboficiales, aviadores y marineros.
Avanzan en grupos de tres, separados por unas pocas decenas de metros.
En cuanto se difunde la noticia del acuerdo entre alemanes y partisanos, la gente se ha echado a la calle en masa.
Los alemanes siguen armados, pero hoy ya es un día de celebración, el miedo ha quedado atrás, la plaza está llena de lugareños que se han alzado en las últimas horas, muchos armados con sencillos rifles de caza.
No pocos se agolpan en las ventanas que dan a la plaza principal, las plazas laterales y los muelles junto al lago. Como en un teatro.
Se realiza un control inicial de manera apresurada. Se ha establecido que los soldados alemanes no deben desmontar durante el registro, los comandantes de la 52.ª Brigada Garibaldi siguen en Musso, y nadie quiere arriesgarse a un tiroteo por exceso de celo.