1945 #11
La caravana viaja durante apenas noventa minutos.
Al avistar las primeras casas de Musso, un pequeño pueblo a solo diez kilómetros de Menaggio, se topa con un gran tronco que bloquea el camino.
La calzada es estrecha y el convoy se encuentra atrapado entre la ladera de la montaña y el precipicio que da al lago.
Son las nueve de la mañana del 27 de abril de mil novecientos cuarenta y cinco.
El intercambio de disparos entre el vehículo blindado de Pavolini y los partisanos dura unos pocos minutos.
Nadie muere ni resulta herido, salvo un desafortunado transeúnte que se dirigía a trabajar en una cantera de mármol. Se llama Antonio Apolloni.
Las unidades de la antiaérea alemana son las primeras en izar la bandera blanca.
La superioridad numérica y armamentística de los atacados es evidente —los asaltantes serán apenas una veintena, todos con armas ligeras—, pero ninguno de ellos tiene intención de morir en ese combate sin sentido.
Las SS saben que pueden negociar el paso del convoy desde una posición de fuerza.
Las negociaciones empiezan de inmediato. Mientras los representantes de ambos bandos discuten cómo evitar una masacre innecesaria, partisanos italianos y soldados de Hitler pasean por la estrecha tierra de nadie, intercambiándose cigarrillos.
El comandante de la banda partisana era un noble florentino de creativo nombre, abogado de profesión.
Aunque esté al mando de la 52.ª Brigada Garibaldi, Pier Luigi Bellini delle Stelle —nombre de guerra «Pedro»— no es un comunista en absoluto.
Es más bien un patriota que ha abrazado desde hace tiempo la lucha partisana por odio al fascismo y por amor hacia una Italia libre.
Aunque esté a favor del paso pacífico de los alemanes, el conde Bellini delle Stelle intuye la presencia de notables fascistas en la columna.
Argumenta con el teniente Fallmeyer que no puede asumir por sí solo la responsabilidad de la decisión.
Los dos negociadores se marchan juntos hacia el cuartel general de la Brigada Garibaldi, situado en Morbegno, a treinta kilómetros de distancia.
Da comienzo la enésima espera. Cada uno la engaña como puede, como sabe o como debe.
Casi todos los alemanes, convencidos de haber recibido luz verde, bajan de sus vehículos.
Los fascistas, conscientes de estar al borde de la captura y la muerte, buscan posibilidades de fuga.
Pavolini coloca un nuevo cargador. Rose Marie Mittag esconde su botín en un camión de la antiaérea.
Clara Petacci aprovecha el compás de espera para reunirse con su amado.
Con un mono de trabajo sobre el traje de chaqueta y una gorra de aviador sobre el pelo recogido en un moño, la mujer recorre andando toda la columna, impertérrita.
Nadie se atreve a detenerla. Al llegar a la altura del vehículo blindado, a través de una rendija, vislumbra un rostro recién afeitado, una mirada apagada, fija en la pared rocosa de la imponente montaña.
La antigua costumbre de máxima discreción que el Duce le ha impuesto en una larga década de amoríos archiconocidos, si bien clandestinos, le sugiere la formalidad del saludo:
—¿Cómo estáis, Excelencia?
—Bien, gracias, señora —le responde una voz apenas audible.
La puerta del blindado se abre. La imagen de ese cuerpo senil, desplomado en el titubeo del final, deja clara la inutilidad de cualquier otra conversación. Al entrar en el blindado, Clara se acurruca como un perro entre las piernas de Benito. Ambos lo saben: será una larga e ingrata espera.
VICTORIA DE LA INSURRECCIÓN: EL PODER PARA EL
C. L. N.
Italia se autogobierna
El deber del momento: enfrentarse a las tropas nazi-fascistas restantes y obligarles a la rendición
Titular de L’Italia Libera , diario del Partido de Acción, 26 de abril de 1945
Benito Mussolini, Franco Colombo
Lago de Como, 27 de abril de 1945
—En la reconstrucción de la patria, hombres como vos serán muy útiles.
Las palabras, casi susurradas con un guiño cómplice, suenan como un pacto no escrito.
Las pronuncia un hombre de mediana edad, de estatura media, vestido de civil.
Se llama Salvatore Guastoni, presume de un título universitario en algo, finge ser el administrador de la fábrica de embutidos de Vismara para poder ir y venir a Suiza, ha sido durante muchos años jefe de gabinete del antiguo secretario federal fascista de Milán, Mario Giampaoli, y ahora es miembro de la Office of Strategic Services. Un espía de los norteamericanos.
Junto a él, en una salita reservada de la prefectura de Como, se sientan el nuevo prefecto Bertinelli, el nuevo jefe de policía Grassi y el mayor De Angelis, nuevo comandante de la base militar de Como, todos en funciones desde hace pocas horas con nombramientos autoimpuestos.
A su alrededor, en los salones del palacio, se queman fotos de Mussolini, se preparan papeles y sellos del Comité de Voluntarios por la Libertad, una multitud entusiasmada entra y sale.
Frente al agente estadounidense, Pino Romualdi, Vincenzo Costa y Franco Colombo.
Estos son los hombres que, según Guastoni, serán de gran ayuda en la reconstrucción de la patria.
Convocados urgentemente en representación de los vencidos, sopesan la propuesta de los vencedores para un traspaso pacífico de poderes: todos los fascistas que aún acampan en la ciudad se marcharán hacia el valle de Intelvi en una columna que ondeará una bandera blanca, precedida por un delegado del gobierno de los Estados Unidos de América, quien se compromete a ordenar a los partisanos que no obstruyan su paso.
En caso de ser atacadas, las columnas fascistas podrán defenderse; una vez que lleguen al valle de Intelvi, declarado «zona neutral», concluirán el acto de rendición ante las fuerzas del ejército angloamericano.
Acaba de pasar la medianoche del 27 de abril de mil novecientos cuarenta y cinco.
Romualdi, Costa y Colombo piden tiempo. Esperan obtener el consentimiento telefónico de Mussolini para la firma.
No lo obtienen. Las comunicaciones están interrumpidas.
Solicitan entonces que se añada un quinto apartado a las disposiciones para la implementación del acuerdo: «Benito Mussolini podrá formar parte de la zona neutral».
Guastoni, en representación de los Estados Unidos de América, accede. Firman. La salida queda fijada para las seis de la mañana.
A la hora establecida, en la plaza frente a la Casa del Fascio, sembrada de montones de armas abandonadas y vehículos blindados averiados, una multitud caótica, casi recalcitrante, se afana por formar una columna.
Unidades del Ejército, de la Guardia, de las Brigadas Negras, de la X MAS, de la Muti, auxiliares.
Son aún muchos, pero menos de la mitad de los que habían salido de Milán el día anterior.
Muchos esperaban que, durante la noche, Pavolini regresara de Menaggio con el Duce.
Pero Pavolini no ha regresado, por lo que algunos siguen aferrándose a la ilusión de poder subirlo a bordo por el camino para llevarlo con ellos en esa última y ancestral navegación hacia lo desconocido.
La columna es muy larga y pesada, con automóviles, vehículos blindados, camiones cargados de soldados. Los prófugos deben esperar más de tres horas la llegada del coche que transporta al capitán Giovanni Dessì, representante del CLNAI, y la bandera blanca y la de barras y estrellas.
Cuando por fin llega Dessì alrededor de las diez y el convoy se pone en marcha, los dos pobres estandartes que lo preceden quedan ahogados en un mar de banderas rojas.
Una multitud jubilosa y hostil se congrega al paso del autobús de milicianos fascistas que llega de Milán.
Los partisanos, armados con ametralladoras, están por todas partes: en el camino, a lo largo de la cresta rocosa y en las ventanas de las casas.
En cuanto Vincenzo Costa, al frente de la caravana, llega al cruce de Moltrasio, donde una carretera sube a la izquierda hacia la montaña y la otra sigue recta junto al lago, se da la vuelta y se percata de que nadie lo sigue.
Tras desandar sus pasos, encuentra al grueso de la columna rodeado del pueblo en armas en la plaza de Cernobbio.
Franco Colombo, con la cara roja, le informa de las novedades:
— Acaban de llamar y Mussolini está en Dongo, y hasta Dongo no tendremos tiempo de llegar.
Hay cincuenta kilómetros en manos de los partisanos…
, es una trampa… Nosotros vamos a recogerlo, y él se aleja cada vez más de nosotros.
Ir al valle de Intelvi ya no sirve de nada…
Si todo va bien, es aquí donde yo me largo.
Dice eso, pero no huye. En cuanto único comandante cualificado presente, regresa a Como, recoge a De Angelis y reanuda las negociaciones con él en la plaza de Cernobbio, en medio del tumulto que desencadena la multitud: los jefes del Comité de Liberación han perdido el control por completo.
La multitud desatada escupe en la cara a todos, incluso a sus supuestos representantes acompañados por los fascistas.
La negociación tiene un desenlace inevitable: la rendición inmediata e incondicional. Todos se rinden.
La gran columna fascista se dispersa en Villa Olmo, un imponente palacio neoclásico construido a orillas del lago por la familia Odescalchi a finales del siglo XVIII .
Los últimos soldados fascistas, que se habían propuesto luchar y caer con honor en el campo de batalla, deponen las armas y se dispersan por las cinco hectáreas del principesco parque botánico, a la sombra de castaños de Indias centenarios, monumentales cedros del Líbano y secuoyas gigantes.