El fin y el principio (M. 5) 1945 #10
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1945 #10

26 de abril de 1945, al anochecer

Chi chin sci se fa la fin del rat.

(Aquí acabaremos atrapados como ratas).

Franco Colombo a Rodolfo Graziani, al final de la breve conversación en el restaurante Barchetta,

Como, 26 de abril de 1945

Benito Mussolini

Grandola, 26 de abril de 1945, al anochecer

Hotel Miravalle

Desde aquí arriba, el lago apenas se divisa.

Un atisbo de azul, cada vez más sombrío con el paso de las horas, atenazado por una corona de montañas magníficas y opresivas.

La buena noticia es que la radio Balilla 1937 de válvulas del Hotel Miravalle, un lujoso chalé de estilo alpino en la carretera de la frontera suiza, intercepta a la perfección las ondas propagadas por los transmisores de Radio Milano Liberata allá abajo, en la llanura.

El tiempo es horrendo, cae la lluvia en el jardín del hotel.

Sin otra cosa que hacer, Benito Mussolini escucha los programas de la noche.

Entre piezas musicales inauditas para él y noticias sobre el avance aliado (los partisanos, junto con la población, habían liberado Génova antes de su llegada), la voz de la insurrección le trae el decreto del Comité de Liberación Nacional del Norte de Italia:

«Los miembros del gobierno fascista y los jerarcas del fascismo, culpables de haber contribuido a la supresión de las garantías constitucionales, de haber destruido las libertades populares al crear el régimen fascista, de haber comprometido y traicionado el destino del país y de haberlo conducido a la catástrofe actual, serán castigados con la pena de muerte y, en casos menos graves, con cadena perpetua».

El anuncio radiofónico significa una sentencia de muerte para él. Si llega a caer en manos de los partisanos, su huida terminaría ante un pelotón de fusilamiento improvisado, con la cara contra el muro. Pero eso él siempre lo había sabido.

Al fin y al cabo, desde que salieron de Milán sin ser molestados a las ocho de la tarde del 25 de abril por corso Sempione, no han hecho otra cosa que huir como fieras acosadas.

Una jauría de perros sarnosos rechazados por todos.

Casi veinticuatro horas de constante humillación.

Ya al llegar a Como, los había recibido esa insoportable sensación de final.

A esas alturas, toda la población esperaba con ansia la llegada de los angloamericanos como si fuera una liberación, el prefecto fascista Renato Celio llevaba días negociando con los comités de insurrectos un traspaso de poder sin derramamiento de sangre, el jefe de policía Lorenzo Pozzoli, con tal de librarse de este nefasto huésped, había mentido descaradamente sobre las fuerzas partisanas que acechaban en los montes circundantes, multiplicando su número al menos por cuatro.

Aun sin ser consciente del engaño, el fugitivo había olfateado su fin.

En el curso de esa noche en Como, había escrito a su mujer una carta de despedida.

Luego, poco después de las tres de la mañana, seguido por el grupo de jerarcas, se había lanzado a una nueva huida hacia Menaggio, en el cruce de caminos hacia Suiza o Valtelina.

Como había hecho siempre en su vida, se dejaba todas las posibilidades abiertas.

En efecto, aunque siempre había rechazado desdeñosamente en público la propuesta de pedir asilo en un país neutral, Buffarini seguía implorándole que cruzara a Suiza por la frontera de Oria.

Sin embargo, el teniente Birzer, fiel a sus órdenes de escoltar al fugitivo hasta Merano, aún firmemente controlado por el ejército alemán, le había bloqueado el paso con sus SS, armas en mano.

Italianos y alemanes habían llegado así a Menaggio, a orillas del lago, a medio camino entre Como, Valtelina y la frontera suiza, a las cinco de la mañana.

Poco después, se les une una segunda columna de fugitivos compuesta por el mariscal Graziani y los notables que habían permanecido en Como.

Al final de la columna, detrás de todos los demás, habían aparecido Marcello Petacci y su hermana Clara: al enterarse de su partida de Milán, decididos a todo, habían logrado alcanzar a tiempo la comitiva del Duce.

Tras haber escrito unas palabras de despedida a su anciana esposa, el fugitivo se reencuentra con la joven amante que creía perdida.

Dado que las villas y hoteles en el paseo del lago, antaño frecuentados por la burguesía milanesa y comasca, estaban ahora ocupados por refugiados fascistas — ministros, altos funcionarios de la administración, dirigentes del partido—, tras una breve estancia en una villa, el fugitivo es alojado en una pequeña habitación en el primer piso de la escuela primaria de Menaggio.

Solo entonces pudo descansar unas horas. No había pegado ojo en casi dos días.

Tras ser despertado, a las nueve, había recibido la visita de los jefes fascistas locales y de Pavolini, que había llegado desde Como.

Los primeros le habían asegurado la protección de la IX Brigada Negra, y el segundo le había reiterado que en Como había miles de leales dispuestos a seguirlo a cualquier parte.

Se despidieron con la promesa de que Pavolini regresaría antes del anochecer con un ejército de escuadristas bien armados.

La peregrinación había comenzado de nuevo.

Poco después de las diez, el secretario local del partido, decidido a proteger la identidad del Duce, había organizado un traslado a Cadenabbia, una aldea junto al lago a pocos kilómetros al sur.

Antes de comer, dada la creciente hostilidad de la población, el Duce había sido trasladado de nuevo, esta vez a Grandola, una localidad del interior a solo quince kilómetros de la frontera suiza.

Allí, después de comer, fracasa un segundo intento de escapar de la custodia de las SS.

Los hombres de Birzer volvieron a impedir que los fugitivos salieran del hotel por una puerta de seguridad que daba a las montañas.

A las cuatro de la tarde, Buffarini logró coronar con éxito su intento de fuga.

El antiguo ministro del Interior, acompañado por Tarchi, el ministro de Economía Corporativa y el antiguo jefe de la policía de Bolonia, se adentra en los senderos de los contrabandistas hacia la frontera suiza.

A él, llegados a ese punto, no le quedaba otra que esperar, contemplar esas vistas del remoto lago, escuchar la radio y confiar en la llegada de los camisas negras de Pavolini.

Alessandro Pavolini llega por segunda vez a Menaggio alrededor de las cuatro de la mañana del 27 de abril de mil novecientos cuarenta y cinco.

Desmonta de un grotesco vehículo blindado, un furgón de transporte común y corriente, lastrado por gruesas placas de blindaje metálicas aplicadas artesanalmente por un ingenioso herrero.

De los miles de Osados fascistas que habían partido con él desde Milán la mañana del 26, solo le queda una docena de hombres desesperados.

Mussolini lo mortifica berreando acusaciones de traición. El secretario del Partido Fascista Republicano las esquiva, proclamando por enésima vez su lealtad personal y absoluta. Ambos coinciden en que la última posibilidad que les queda es, una vez más, entregarse a los alemanes.

Casi simultáneamente a Pavolini, en efecto, ha llegado a Menaggio una unidad motorizada de doscientos soldados pertenecientes a una unidad antiaérea alemana, al mando del teniente Hans Fallmeyer.

También están huyendo, rumbo a Merano, en el Alto Adigio, a cientos de kilómetros de distancia, por una carretera sembrada de grupos enemigos armados.

En la situación en la que se encuentran, sin embargo, no hay alternativa: los fascistas de Mussolini y los SS del teniente Fritz Birzer se unen a la columna.

El convoy sale de Menaggio a las cinco de la mañana.

La fila de vehículos se extiende a lo largo de más de un kilómetro.

Pavolini, improvisado comandante de tanque, abre la marcha a bordo de su improbable vehículo blindado; la cierra un sedán con el distintivo diplomático de la España franquista, con Marcello y Clara Petacci a bordo.

En el centro, una caravana de náufragos: el Alfa Romeo de Mussolini, camiones de la antiaérea, todoterrenos de las SS, una procesión de vehículos y automóviles privados que transportan a oficiales, ministros, funcionarios, esposas, amantes, hijos, Zerbino, Mezzasoma, Liverani, el subsecretario Barracu, el filólogo Goffredo Coppola, la señora Rose Marie Mittag, esposa del ministro Romano, quien, en docenas de maletas, además de cantidades incalculables de otros bienes preciosos, transporta treinta kilos de objetos de plata, setecientos gramos de oro, 1.

350 monedas de oro, cuatro anillos de diamantes, 2.

700 libras esterlinas, 63.000 dólares, 166.

000 liras, 17.000 francos suizos y 16 millones de francos franceses sustraídos a las arcas de la difunta República Social Italiana.

Eso es lo que queda de la Italia fascista.

La marcha es lenta, lentísima, un calvario de constantes paradas.

Durante una de ellas, alegando su deber de garantizar su seguridad, Pavolini consigue que el Duce sea trasladado a su improvisado vehículo blindado.

Birzer, evidentemente abrumado por el sentimiento del final, se lo permite.

Benito Mussolini toma asiento entre el conductor y el ametrallador.

Detrás de él se sientan el secretario federal de Como, Paolo Porta, Nicola Bombacci y la joven Elena Curti.

Un fascista, un viejo comunista y una hija ilegítima.

Por encima de todos ellos se yergue Alessandro Pavolini.

Cede su asiento al Duce, permanece de pie detrás de él, esbozando un gesto protector a cada sacudida.

Entregándose a la catatonia que lo tienta desde hace tiempo, Mussolini se deja conducir.

Es demasiado tarde para el orgullo, demasiado tarde para todo.