1945 #9
Como-Menaggio
26 de abril de 1945, 8:00 horas
La salida de Milán es incruenta; nadie abre fuego contra los fugitivos; la ciudad parece desierta. El convoy llega a Como dos horas después, alrededor de las 8:00 de la mañana. Solo para descubrir que Mussolini se ha marchado también de allí.
Los milicianos llegan por separado, aislados o en grupos, vivaquean alrededor del palacio de la federación, acampados frente a la gran galería de cinco ojos del monumental edificio proyectado por el arquitecto Giuseppe Terragni, fascista acérrimo e imaginativo, para celebrar con rigor funcionalista el benigno poder del Estado totalitario.
Es una construcción magnífica, levantada con líneas rectas y cartesianas, ángulos nítidos, superficies transparentes, volúmenes compactos, proporciones áureas, una casa de cristal diseñada de modo que el pueblo sea transparente para sus jefes y estos para su pueblo, que se yergue límpida, sincera, perfecta en medio de una vasta pradera, templo laico del «mito solar» en su luminosa progresión.
Alrededor de esa pradera sagrada, los puestos de control impiden el acceso, el Teatro Sociale acoge a refugiados y a sus familias, las voluntarias de los grupos fascistas de mujeres se afanan para alimentar a los hambrientos. Pero todo es en vano.
El Duce se ha marchado. Parece que se dirige, tal vez, a la frontera suiza. Es una decepción irreparable.
Se dice que Mussolini se encuentra ahora en Menaggio, un pueblo en la orilla occidental del lago de Como, a medio camino entre la ciudad y Valtelina, que se abre al este en el extremo norte del lago, siguiendo el curso del río Adda.
Nadie sabe por qué está allí, nadie entiende por qué, si pretendía llegar al reducto de Valtelina, ha tomado el camino de la orilla oeste, un estrecho paso entre la montaña y el agua, angosto, lento, expuesto a cualquier emboscada, y no el de la orilla este, más largo pero más fácil, más seguro.
Sobre todo, nadie es capaz de comprender por qué ha partido solo.
La única explicación posible es que la ruta más corta y directa a la frontera suiza se inicia en Menaggio.
El desconsuelo se extiende, los comentarios no son benévolos, los jefes se reúnen.
Desde Milán, llegan noticias de la insurrección popular; las intenciones del Duce son inescrutables, el jefe de la federación fascista de Como, exagerando las estimaciones de las fuerzas partisanas apostadas alrededor de la ciudad, intenta persuadir fogosamente a Pavolini para que se rinda.
Pavolini contempla todas las posibilidades: matar, morir, huir para volver a luchar mañana.
Todo menos rendirse. Han recorrido todo este camino para hacer piña alrededor de su Duce, empuñando las armas, no para una excursión al lago.
Franco Colombo lo glosa con su habitual sencillez plebeya:
—Era absolutamente inútil que llegáramos a Como. Si ha querido irse de Milán sin nosotros, será porque tenía sus buenas razones; si nos dijo al salir de la prefectura que nos relevaba de nuestro juramento, lo dijo porque ya no le servíamos: ¿no está claro?
Nadie puede discutírselo, pero Pavolini no abandona su misión. Vincenzo Costa recibe el encargo de ponerse en contacto con Mussolini en Menaggio para convencerlo de que regrese y se sume a sus escuadristas. Costa se desplaza a Menaggio. El Duce ni siquiera lo recibe.
Zerbino y Mezzasoma, dos antiguos ministros, bloquean el paso al último jefe de la federación fascista de Milán.
El Duce ha pasado una noche intranquila; tiene fiebre y necesita descansar.
La consigna es regresar a Como y esperar allí, junto con Pavolini, las órdenes definitivas.
No tardarán mucho. El Duce está a la espera de una comunicación de la que depende el destino de todos.
Costa obedece y vuelve a Como. En cuanto informa del fracaso de la reunión, Pavolini se arma y parte a su vez hacia Menaggio: convencerá al Duce de que vuelva con sus fascistas.
En ausencia del líder del partido, la agonía se intensifica. «No debería haber terminado así… No debería haber terminado así…» es el murmullo general. Luego reaparece Pavolini. Sin el Duce y sin sus «órdenes definitivas».
Desde Milán llegan noticias de bandas de partisanos que recorren las calles de los suburbios ondeando banderas rojas.
También se dice que Graziani ha transferido plenos poderes al general Karl Wolff, comandante de la policía y las SS en la península, para negociar en su nombre la rendición de los soldados italianos.
Esto significaría que el ejército regular de la República Fascista ha quedado disuelto, tanto de derecho como de hecho.
Franco Colombo propone involucrar al obispo en la declaración de Como como ciudad neutral, de modo que puedan esperar a los estadounidenses allí, a salvo del ataque de los rojos.
Al igual que Mussolini antes que él, el obispo ni siquiera los recibe.
Un secretario obsequioso responde que el prelado «está enfermo, tiene dolor de garganta».
Al fracasar también en este intento, Colombo sugiere ir a una casa de comidas.
En el restaurante Barchetta, los jefes de las Milicias se encuentran con Graziani, que disfruta de su comida con los generales Bonomi y Sorrentino.
Franco Colombo se dirige impulsivamente a su mesa: «General, nos habéis arrebatado al Duce, os lo habéis llevado por una carretera de montaña sin nosotros, no habéis querido que estuviéramos con él, ¿y ahora qué hacemos?
Tendremos también nosotros derecho a saber cómo hemos de morir, ¿no? ».
Es posible que Graziani responda, es posible que guarde un silencio desdeñoso. Su respuesta, en última instancia, importa poco. Lo que importa es el sarcástico epígrafe dialectal que Costa oye pronunciar a Colombo.
Al anochecer, Pavolini emprende una vez más la búsqueda de Mussolini.
Quisiera un ejército de Osados con él, dispuestos a morir por la causa, pero lo que queda son unos cuantos grupos dispersos en proceso de disolución.
Lo escoltan algunos miembros de las Fiamme Bianche, un puñado de marineros de la X MAS y algunos camisas negras de la Brigada Lucca a bordo de un gigantesco, ruidoso y extravagante vehículo blindado.
Franco Colombo está inquieto. Observa el lago mientras va cayendo una noche fría, con ráfagas de viento y chaparrones.
Desde la otra orilla no llega ningún rugido de motores, ninguna orden definitiva.
La espera se convierte en ansia. Los hombres, incluso los pocos que quedan acampados frente a la límpida casa de cristal de Terragni, se dispersan.
Propagándose desde el epicentro del vivac, el sentimiento de traición se extiende en todas direcciones, ubicuo, viscoso, maligno, hasta oscurecer por completo el horizonte.
Desde hace casi dos años, la traición ha sido la única, auténtica, gran pasión de estos hombres, su persistente sentimiento de la vida.
No hay transparencia alguna en su existencia, tan solo conspiraciones sangrientas, conjuras sórdidas, puñaladas repentinas.
Se han visto traicionados por los jerarcas desleales que conspiraron el 25 de julio para derrocar al Duce, por ese pequeño rey que, después del 8 de septiembre, antes del amanecer, con las luces apagadas, por carreteras intransitables y devastadas por los bombardeos, huyó con la reina, el príncipe heredero, el general Badoglio, almirantes, consejeros de Estado, mayordomos, criados, cocineros, perros de caza y perritos falderos; se han visto traicionados por los «infames rebeldes», los partidarios de las ciudades, de las colinas y de las montañas, aliados con los invasores contra la patria, italianos solo de nombre, merecedores de su exterminio.
Ante todas estas traiciones, ellos han reaccionado, siempre.
La violencia ha sido su única respuesta.
El sueño comatoso de un ciclo de asesinatos y renacimientos, masacres y redención.
Ahora, sin embargo, que quien los traiciona es él, Benito Mussolini, Duce del fascismo, en esta hora extrema que —lo descubren solo al final— no es en absoluto la hora del destino, los hombres acampados frente a este edificio en Como se encuentran cara a cara con la esencia última de su aventura.
Ahora son ellos los réprobos, lo son ahora, y lo serán para siempre.
Algunos de los más jóvenes, o de los más viejos, habrán creído sin duda que volver a casa de esta manera era lo más honorable.
Todos los demás, ya sea que escapen a la venganza, a la justicia o a ambas, se dirán durante mucho tiempo que eligieron el juego más difícil, el más duro, el más ingrato, que les robaron una hermosa muerte, cantarán canciones desgarradoras sobre chicas que ya no te aman, delirios sobre la espiritualidad, la limpieza moral, la superioridad de la derrota.
Pero en el fondo lo saben, lo han sabido siempre: su única intención, en la masacre general del mundo, nunca ha pasado de sujetar la espada por la empuñadura.
Hoy, por voluntad del Duce, se crea la nueva conciencia que inspira el pensamiento y dará forma imperecedera al movimiento fascista. Es el mito solar en su luminoso progreso.
Es la expresión que se concentra en una idea fundamental, inspiradora de toda la nueva vida italiana: la adoración al Jefe. La esencia de los dos proyectos que se presentan gira en torno a esta idea principal: crear un escenario digno del Gran Jefe.
El programa es: mostrar a Mussolini ante los italianos tal como los italianos lo ven, lo sienten y lo adoran.
Giuseppe Terragni, concurso de proyectos arquitectónicos para la Casa del Fascio en Como,
1934
Pase lo que pase, quiero estar cerca del Duce. Compréndeme, te lo ruego. Ya me he despedido de mi esposa. Ahora estoy muy tranquilo. Solo me queda permanecer cerca de él hasta el final. Pero, ya verás, todo saldrá bien. Esta noche estaremos de vuelta y nos marcharemos todos juntos.
Alessandro Pavolini, despedida de Pino Romualdi en su segunda partida hacia Menaggio,