El fin y el principio (M. 5) 1945 #8
62%

1945 #8

Son las 19:00 horas cuando Benito Mussolini regresa al Palacio de Gobierno en corso Monforte y encuentra el caos.

En la histérica espera de su regreso, han estallado altercados, han volado bofetadas, los hombres han proferido amenazas de muerte y las mujeres han llorado quedas.

El patio de la prefectura rebosa de jerarcas, dirigentes, milicianos, familias de refugiados, italianos y alemanes, soldados y civiles, seres humanos desesperados, vehículos blindados y fusiles automáticos.

Mussolini lo cruza sin dignarse a mirarlos, furioso, orientado hacia la estrella de su cólera.

Sube las escaleras casi a la carrera, despotrica contra los oficiales alemanes de su guardia, los acusa de haberlo traicionado, acusa de traición incluso a sus ministros italianos.

No habrá un segundo 25 de julio; no se entregará de nuevo indefenso a sus traidores.

Esta vez, no lo tendrán tan fácil. Entra en su despacho y cierra la puerta tras él.

Da comienzo la procesión. En el breve espacio de una hora, se suceden y se superponen decenas de consejeros desconcertados.

Buffarini vuelve a sugerir un salvoconducto para Suiza.

Bassi se pregunta si no deberían resistir en la prefectura mientras esperan la llegada de los estadounidenses.

Pavolini, casi llorando, implora al Duce que se retire con sus hombres armados más leales al reducto de Valtelina, donde podrán resistir, imponer por todos los medios el respeto por sus familias, por los fascistas que no han huido, el respeto por todo el fascismo, que ha llegado a su postrero, honorable, memorable acto final.

Incluso se consulta a Franco Colombo, el matón callejero, el eterno escuadrista, el insensato.

Colombo, guiado por su habitual sentido práctico plebeyo, se pone del lado del visionario Pavolini:

—Duce, si Buffarini os ha convencido de huir a Suiza, os ha dado un mal consejo. Valtelina también limita con Suiza, pero en Valtelina podréis negociar, discutir, incluso con los enemigos, incluso con los angloamericanos, y siempre cerca de nosotros: sin nosotros, ¿quién os defenderá?

Luego entra Graziani: los estadounidenses han cruzado el Adigio.

—Tenemos que irnos, tenemos que irnos sin falta. Pasaré la noche en Como.

Mussolini ordena la partida. No permitirá que Milán sea devastada a sangre y fuego, ni se entregará prisionero al enemigo.

Se dirige a Como. Pero partirá solo, de inmediato, acompañado por su escolta personal y por la que le asignen los mandos alemanes.

Los fascistas aún presentes en Milán se han mostrado heroicos, su lealtad es digna de los mayores elogios, pero ahora deben separarse.

Quienes quieran y puedan que se reúnan en piazza San Sepolcro para seguirlo después a Como.

Él, mientras tanto, los libera a todos de su juramento.

El Duce ha hablado. Ha pronunciado su última y desalentadora palabra. Un escalofrío recorre a sus últimos leales.

En corso Monforte, los soldados de intendencia cargan enormes cantidades de cajas, baúles, maletas y equipaje de todas clases en dos camiones conducidos por milicianos de las Brigadas Negras.

En el patio, la noticia de la partida del Duce desata la histeria entre los refugiados.

Los escuadristas de primera y de última hora se mortifican: ni siquiera Mussolini puede liberarlos de su juramento al Duce.

Colombo y Costa contemplan incluso la posibilidad de secuestrarlo, obligándolo, mediante un acto de fuerza, a unirse a las columnas fascistas que lo esperan en piazza San Sepolcro para partir con ellas hacia Valtelina.

Entonces Benito Mussolini reaparece en la escalinata.

Ahora la baja de nuevo hacia la salida. Al llegar al rellano intermedio, se topa con Carlo Borsani, quien lo saluda con el brazo extendido.

El joven presidente de la Sociedad de Combatientes y Veteranos, ciego de guerra por la explosión de un mortero en el frente albanés, devoto de su Duce durante años de tinieblas, ha percibido su paso como un sabueso:

—Duce…, Duce, me han dicho que queréis iros de Milán, que queréis ir a Suiza o a Valtelina. Quedaos en Milán… Quedaos con nosotros… Os defenderemos… Duce, di mis ojos, ¡ahora daría mi vida por vos!

Benito Mussolini pone una mano en el hombro del ciego. Quizá susurre su nombre. Luego se marcha, sin añadir una sola palabra más. Cuando Vincenzo Costa lo ve pasar, se arma de valor para una última súplica:

—Duce, no os vayáis sin los fascistas milaneses. En piazza San Sepolcro hay miles de fascistas esperando para marcharse con vos… Formaremos un cuadrado a vuestro alrededor, Duce…

Mussolini no lo mira ni le contesta. Sale al patio y se acomoda en su Alfa Romeo, detrás del chófer y de su secretario personal, y al lado de Nicola Bombacci, el viejo líder comunista apodado en sus tiempos el «Lenin de Romaña».

Los coches encienden los motores. El rugido furioso de un pequeño blindado de la unidad acorazada Leonessa se suma al aullido lanzado por las sirenas de la fábrica. Son las 20:05 horas del 25 de abril de mil novecientos cuarenta y cinco.

Vincenzo Costa, el último secretario federal de Milán, está petrificado en la escalinata. Se pregunta por qué el Jefe no los quiere con él, por qué los ha dejado atrás, ¿quizá porque no quería que sufrieran más por su grandeza?

Alguien lo sacude, agarrándolo del brazo. Es Colombo:

—Vámonos…, vámonos… ¿No ves que tienen prisa por sacarlo de aquí…? Que lo salven por lo menos… No nos quieren con ellos, solo quieren que se salven unos pocos… ¿Qué hacemos, nos atrincheramos en el Castillo Sforzesco?

Costa se espabila y empieza a seguir a Colombo escaleras abajo.

Luego, sin embargo, una figura anómala en la periferia de la mirada llama su atención.

Carlo Borsani, el ciego de guerra, sigue allí erguido, cabizbajo, firme, mirando al vacío, como si el Duce del fascismo todavía estuviera frente a él.

Yo solo creo en la historia antigua.

Benito Mussolini a Ildefonso Schuster, quien, durante la conversación en el arzobispado, intentaba instruirlo con ejemplos virtuosos

tomados de la historia reciente.

Largo Cairoli-via Dante

Milán, 26 de abril de 1945, 6:00 horas

«El Duce se ha marchado… El Duce se ha marchado».

Al amanecer del 26 de abril de mil novecientos cuarenta y cinco, una columna de varios miles de hombres fuertemente armados se extiende desde piazza Cordusio por via Dante.

Son los restos de todas las milicias fascistas: la Guardia Nacional Republicana, la Legión Autónoma Ettore Muti, soldados aislados de la X MAS, de la fuerza aérea y de las Brigadas Negras.

Muchos de ellos son supervivientes de unidades que se quedaron aisladas y se han visto asediadas y atacadas por partisanos.

Deshechos por noches de insomnio, marchas forzadas, actos de violencia brutal combinados con esperanzas sistemáticamente frustradas, llevan horas esperando la orden de partir.

Pero la orden no llega. Esa única certeza —para algunos una confirmación, para otros un descubrimiento— recorrió la columna como un vendaval: el Duce se ha marchado, el Duce se ha marchado.

La desalentadora constatación sirve de eco al entusiasta coro de unas horas antes: «¡Con el Duce…

Con el Duce!». Así habían gritado eufóricos estos hombres al unísono la noche anterior cuando, reunidos en una piazza San Sepolcro una vez más repleta de fascistas, sus jefes anunciaron que, escoltado por las SS del teniente Fritz Birzer, Mussolini ya había partido hacia Como.

Fue una noche de desconsuelo («El Duce se ha ido sin nosotros, ¿por qué nos ha dejado atrás?

¿Por qué se ha marchado sin sus fieles de siempre?

»), de órdenes y contraórdenes en una plaza abarrotada de derelictos, sumida en la oscuridad y el silencio, una triste noche de adioses, de arriar banderas, sin estrellas.

Una noche de francotiradores, asesinos feroces apostados en los tejados, en los ventanucos, en las alcantarillas, listos para disparar, mañana, contra esos otros, contra su odiosa «Italia libre».

La decisión de partir hacia Como se toma por aclamación popular.

No tenía sentido morir en piazza San Sepolcro sin el Duce.

Se ha marchado sin ellos, liberándolos de su juramento, pero ellos no le permitirán librarse de su lealtad.

Ha sido su jefe de toda una vida, y debe seguir siendo su jefe.

De modo que los camiones, autobuses y motocarros se colocan en columna, la plaza se llena con el rugido de los motores, las mujeres y los niños en los autobuses, los heridos y enfermos a la enfermería de San Maurilio, los banderines a la cabeza.

La columna había comenzado a serpentear por las calles laterales de la ciudad medieval hacia via Torino y, desde allí, al punto de encuentro en piazza Cordusio.

Ahora llevan dos horas allí, esperando inmóviles, con el grandioso Castillo Sforzesco a sus espaldas y la nada delante.

Los jefes discuten —Pavolini está ansioso por partir, Colombo aún espera la llegada de las unidades de la Legión desplegadas en Piamonte bajo el mando de Spadoni—, alguien entona una vieja canción, circulan los antiguos lemas: honor, Duce, patria, pero ahora es moneda fuera de circulación, dinero falso, en el fondo saben que todo está perdido, han sabido que todo estaba perdido desde el principio, que todo había sido solo una furibunda masacre.

Esa conciencia, que choca con las ametralladoras que empuñan, con el blindaje de los pequeños vehículos acorazados del grupo Leonessa alineados a lo largo de la céntrica via Dante, con los apóstrofes al destino de ese loco en el extremo de la columna, les parte la cabeza en dos como una violenta migraña desencadenada por una línea de fractura, imperceptible pero familiar.

Luego, por fin, llega la orden de partir. La columna se pone en marcha. Las manecillas doradas del gran reloj de la torre del Filarete marcan las 6:05.