1945 #7
Mientras se discuten los detalles de la partida hacia el reducto de Valtelina, hacen su irrupción el general Diamanti y el príncipe Junio Valerio Borghese, jefe de la X MAS.
El comandante regional del ejército republicano anuncia que, con la aprobación de Graziani, ha llegado a un acuerdo con los jefes partisanos para una rendición pacífica.
Pavolini se indigna. Diamanti lo reprende con frialdad: «Si quieres salvar a las Brigadas Negras, que los fascistas se quiten las camisas negras y las insignias del partido.
Diles que se pongan las camisas militares gris verdosas, con las insignias de rango, y que se sometan a mis órdenes».
Pavolini, asqueado, salió dando un portazo.
Apenas media hora después, se celebra una nueva reunión en los magníficos salones de Villa Necchi Campiglio, en via Mozart.
En este caso, solo participa la cúpula del partido y de la Milicia.
Pavolini, lúgubre y excitado, explica la situación.
Mussolini es insondable, la radio anuncia el imparable avance angloamericano, los oficiales del ejército regular han decidido separar su destino del de los milicianos y, más grave aún, del destino del Duce.
Están solos, solos otra vez. Todas las fuerzas leales a la idea deben concentrarse en piazza San Sepolcro y prepararse para partir desde allí hacia la batalla final en Valtelina.
La Brigada Negra Resega encabezará la columna, mientras que la Brigada Muti cerrará la marcha.
«¡Duce…, Duce!». Un canto coral irrumpe, de repente, a través de los grandes ventanales que dan al parque.
Pavolini se asoma. Benito Mussolini, acompañado por el prefecto Bassi, el ministro Zerbino, Barracu y otros, atraviesa los jardines que comunican la prefectura con la villa.
Los miembros de su séquito van todos vestidos de civiles.
Los jefes de escuadras, con sus variopintos uniformes militares, se precipitan a aclamar a su Duce. Pavolini salta incluso por la ventana.
La aparición de Mussolini es capaz aún de resucitar por si sola a esa turba de almas muertas.
Los elegantes jardines de la villa llevan días, de hecho, siendo escenario de un vivaqueo desesperado.
Un viejo se obstina en afeitarse frente a un trozo de espejo que cuelga del tronco de un árbol, una madre amamanta escondida entre matorrales de junquillo, escuadristas exhaustos duermen descalzos, despatarrados en la hierba.
Mujeres, niños, ancianos, personas que han abandonado sus hogares, sus posesiones, sus tierras ante el avance enemigo, acampan entre los preciados rosales, al borde del estanque de piedra diseñado para el bienestar de los señores.
Los refugiados vitorean al Duce, lo rodean, lo colman de afecto. Pero Mussolini no está allí por ellos. Solo está de paso. Parece ausente, perdido en sus pensamientos inconfesables. Hace un gesto a Pavolini y Costa para que se aparten. «En unas horas», dice simplemente, «la decisión final».
Un sedán de gran cilindrada lo espera en la otra salida de los jardines. Es negro, lúgubre, viejísimo. Las puertas lucen el blasón arzobispal.
Ildefonso Schuster, monje benedictino, cardenal, arzobispo y abad, es un príncipe de la Iglesia que elogió al Duce del fascismo en su apogeo («Jesús, Rey de los pueblos, concede largos y victoriosos años a Benito Mussolini, esplendor de su época»), se distanció de él tras la promulgación de las leyes racistas y lo ha fustigado en el feroz ocaso de la República Social.
Cuando, a las 15:30 del 25 de abril de mil novecientos cuarenta y cinco, lo ve ante él en la sala de audiencias de la curia ambrosiana, el cardenal lee en su rostro «totalmente deshecho» el sello «de un hombre casi alelado por la desmesurada desgracia».
Mussolini ha acudido a la curia movido por la esperanza de poder negociar aún con los miembros moderados del Comité de Liberación, a través de Schuster, una rendición con sus condiciones.
Desconoce que el cardenal ya ha negociado con los angloamericanos, en nombre del general Wolff, la rendición de los ejércitos alemanes que se retiran del Po.
O, por lo menos, desconoce que las negociaciones ya han concluido.
Los representantes de los comités antifascistas llegan tarde a la reunión; los hombres del séquito del arzobispo y del Duce permanecen en la antecámara; Schuster y Mussolini, sentados uno junto al otro, pueden conversar en confianza, cara a cara, durante una hora.
La hora transcurre entre divagaciones históricas y religiosas y piadosas intenciones.
La conversación vuelve varias veces a la caída de Napoleón, los Cien Días en la isla de Elba y luego a su exilio definitivo en Santa Elena.
Mussolini recibe con gratitud la halagadora comparación.
Luego, el cardenal, entregándole una copia de su biografía de san Benito, lo reprende con el ejemplo de Totila, rey de los godos, quien, tras encontrarse con el santo en Montecassino, perseveró en el mal hasta morir en batalla.
Lo invita a expiar sus faltas capitulando en el exilio, para salvar así el resto de Italia de la ruina definitiva.
Mussolini responde con su propio programa: disolver el ejército y la Milicia, retirándose a Valtelina con un tropel de camisas negras.
—¿Así que tenéis intención de continuar la guerra en las montañas?
—Un poco más aún, pero luego me rendiré.
—No os hagáis falsas ilusiones, Duce, sé que los camisas negras que os seguirán son trescientos, no tres mil, como os quieren hacer creer.
—Quizá haya algunos más, pero no muchos. No me hago ilusiones.
Mussolini sonríe bajo la máscara de su rostro demacrado. El cardenal le ofrece un vasito de rosolí y una galleta, como se haría con una señora mayor. Benito Mussolini, que hace treinta años que no prueba el alcohol y lleva una pistola Beretta 6.35 bañada en oro bajo su chaqueta raída, acepta ambos.
A las 18:00 horas, presentados por monseñor Giuseppe Bicchierai y encabezados por el general Cadorna, entran los miembros de la delegación antifascista.
Todos ellos pertenecen al «partido del orden», exponentes de corrientes liberales, democristianas y monárquicas, cercanos a la Iglesia y a los industriales.
No hay ni comunistas ni socialistas. Algunos de ellos, sin embargo, han estado recluidos hasta ayer en la prisión de San Vittore.
En el momento de su entrada, justo cuando se encontraban en presencia de Mussolini, ahora rodeado de su séquito, el aullido de las sirenas de las fábricas anuncia la insurrección en Milán.
No está claro si los enemigos se estrecharon la mano.
Mussolini y Schuster toman asiento en el sofá, los demás en los sillones circundantes.
Llegados a la hora de la verdad, los hombres se escrutan, a un lado y a otro.
También los antifascistas, como ha hecho el cardenal, descifran en el cuerpo mítico del fundador del fascismo las señales del final: los ojos cansados, apagados, los gestos lentos; los pantalones desgastados, los zapatos destalonados, un traje descolorido sin rango ni condecoración; un hombre viejo, de ancho rostro demacrado y flácido, de un amarillo enfermizo; un hombre que avanza hacia su destino sin reaccionar.
El cardenal abre la conversación con un amplio, suave gesto curial. Mussolini es el primero en hablar. Se dirige al general Cadorna. El general lo interrumpe de inmediato: la cuestión es política, no militar; el interlocutor es el abogado Achille Marazzo.
—De acuerdo, abogado, ¿qué tiene que decirme?
—La orden es simple, rigurosa —responde secamente el delegado del CLNAI—, le pedimos una rendición incondicional. —Al hacerlo, saca un reloj del bolsillo. No hay tiempo, añade, ya es tarde: a las 18:00 estaba marcada la hora de la insurrección.
La discusión parece haber terminado antes de empezar.
Sin embargo, como siempre ocurre cuando, llegados al final, la gente se resiste a marcharse, se reabre el debate.
La suerte de los jerarcas, el salvoconducto de las Milicias hacia Valtelina, las convenciones internacionales, la incolumidad de las familias, la entrega de las armas, los honores militares. Quizá sea posible un acuerdo.
Es el mariscal Rodolfo Graziani quien rompe el hechizo. Se pone de pie y exige que se avise a los aliados alemanes. Él es un soldado, no está dispuesto a actuar a sus espaldas, traicionándolos una segunda vez.
Llegados a ese punto, Schuster se ve obligado a descubrir sus cartas: los alemanes ya han negociado, mediando él mismo, su rendición con los estadounidenses, a espaldas de los fascistas.
El cardenal, a quien quizá no sea ajeno un toque de sadismo al aniquilar a Graziani, le muestra el borrador del acuerdo ya firmado.
Solo entonces sale Benito Mussolini de su letargo:
—Siempre nos han tratado como sirvientes. ¡Y al final, me han traicionado!
La ira lo inflama, pero lo confunde. Como si aún estuviera en la Sala del Mapamundi del Palacio Venecia, ante un público de sometidos o, tal vez, ante el tribunal de la Historia, Mussolini se deja llevar a una diatriba contra sus aliados traidores, perdiéndose en una larga y detallada lista de infidelidades.
Los hombres del Comité de Liberación y los últimos fascistas lo miran con incredulidad.
Luego, el furioso exdictador anuncia que desde ese mismo momento recupera su «libertad de acción con respecto a Alemania».
Solicita una hora de tiempo para deliberar.
—Volveré —promete, dirigiéndose a la puerta—. En una hora estaré de vuelta.
Las sirenas de las fábricas siguen desgarrando el cielo sobre Milán.