El fin y el principio (M. 5) 1945 #6
59%

1945 #6

Nos hallamos en el degolladero final, en el extremo de la mayor carnicería bélica de la historia de la humanidad, pero Benito Mussolini se lo juega todo una vez más a las maquinaciones políticas.

Intuye que los remanentes del fascismo podrían ser muy útiles a los estadounidenses en clave anticomunista, tan pronto como los aliados de hoy, una vez terminada la guerra, se conviertan en los enemigos del mañana.

Cree poder penetrar en las grietas del frente antifascista, aparentemente compacto contra él.

Y, por encima de todo, confía en poder dictar las condiciones a los camaradas socialistas de su juventud para su propia rendición y para entregarles el poder fascista, en lugar de a los comunistas, monárquicos conservadores o democristianos.

Para ello, encarga al veterano socialista Carlo Silvestri, largamente perseguido por el régimen, pero ahora al lado de su Duce, que proponga en secreto a los dirigentes socialistas su rendición, subordinada al cumplimiento de una serie de condiciones que garanticen su supervivencia personal y la de sus seguidores restantes, así como la supervivencia histórica de sus últimas ideas.

Benito Mussolini propone, en definitiva, que el legado de su república fascista sea entregado a los republicanos, no a los monárquicos, y que su último, inacabado y fantasmal experimento socialista sea salvaguardado por esos mismos socialistas a los que él ha encarcelado, perseguido, asesinado durante décadas.

Benito Mussolini trata con todos, engaña a todos, amenaza con la violencia, apuesta por el compromiso político. Como siempre ha hecho, como hizo al principio, en tiempos de la marcha sobre Roma. Solo que este no es el principio, este es el final.

Al caer la tarde, el estruendo de las orugas anuncia el paso de una enorme columna de tanques alemanes por corso Monforte.

Alguien informa al Duce de que la Wehrmacht está enviando refuerzos a la línea defensiva en los afluentes del Po.

Benito Mussolini, reanimado por un arrebato de entusiasmo, se asoma a saludar.

Pavolini telefonea al secretario federal Costa.

Le ordena que convoque a todas las fuerzas disponibles para un desfile por las calles del centro, pasando por corso Monforte.

Es imprescindible animar al Duce. Hay que apoyarlo con el fervor de los Osados fascistas, animándolo a librar la última batalla.

Costa obedece. Una columna motorizada de miembros de las Brigadas Negras desfila cantando bajo las ventanas de la prefectura.

Lanzan alabanzas al Duce, instan a la lucha, a la resistencia en el Po, a su Piave.

Mussolini se asoma de nuevo. Consuela a los hombres que han acudido a consolarlo: «Camisas negras, vuestra lealtad es pareja a vuestra valentía; sois la más genuina expresión del pueblo generoso, del pueblo que siempre he amado.

¡Luchamos para salvar la civilización, para salvar Italia!

En el Po, libraremos la última batalla. ¡Dios nos ayude! ¡Brigadas Negras: a nosotros!».

Apenas una hora después, llega la noticia de que Reggio Emilia también ha caído.

Los alemanes han dejado de luchar, abandonando a los fascistas a su destino.

La columna blindada de corso Monforte marchaba hacia el norte, no hacia el sur, rumbo al paso del Brennero, no a las orillas de los ríos del valle del Po.

Los cuerpos de los milicianos, arrastrados por la corriente, yacen varados contra los pilares de los viaductos sobre el gran río que atraviesa la llanura donde nació el fascismo. En Piamonte, donde la represión de la Resistencia ha sido más feroz, ya ha dado comienzo el ajuste de cuentas.

También en Milán se espera con inminencia la proclamación de la insurrección antifascista.

Antes del anochecer, Carlo Silvestri trae la respuesta de los socialistas: nada de negociaciones, rendición incondicional.

La proclama del Cuerpo de Voluntarios de la Libertad, ya redactada, estipula que los miembros del gobierno fascista, responsables de la catástrofe, sean «castigados con la pena de muerte».

«Mussolini no tiene otra cosa que ofrecer más que su testamento». Parece ser que es eso lo que ha dicho Corrado Bonfantini, comandante de las Brigadas Matteotti en Milán. Sin embargo, el Duce del fascismo, moribundo aún, no lo sabe. Carlo Silvestri, desde luego, no se lo dice.

Al anochecer, Bruno Spampanato, director de Radio Fante y del semanario de la X MAS, se asoma al despacho de Mussolini.

Lo ve detrás de una pequeña mesa esquinera, a la derecha, iluminado por una luz torcida que «solo ilumina su cabeza inclinada sobre los papeles».

A la izquierda, contra la pared, esa luz, esa mesa esquinera, esa cabeza se duplican en el rectángulo de un espejo.

«Ha llegado la hora de la verdad», susurra el hombre reflejado en el espejo, como si murmurara para sus adentros.

Si la guerra o los acontecimientos políticos obligan a los ejércitos de Kesselring a retirarse dentro de sus fronteras, en ese momento las Fuerzas Armadas de la República Social Italiana, en todas sus ramas, se concentrarán en lugares seleccionados anticipadamente para oponer la más tenaz resistencia contra el enemigo, las fuerzas del desorden y el gobierno regio, conscientes de que el odio antifascista no les deja otra opción que luchar hasta con el último hombre y el último cartucho.

Benito Mussolini, carta al cardenal Ildefonso Schuster,

13 de marzo de 1945

Debemos luchar, como los heroicos fascistas de Florencia, Forlì y Bolonia, que disputaron el paso al enemigo […].

Llegaremos a la Valtelina para formar un cuadrado para la última y desesperada defensa.

Benito Mussolini, discurso a oficiales de la Guardia Nacional Republicana,

Milán, 23 de abril de 1945, última hora de la tarde

Mussolini desea entregar la República Social a los republicanos y no a los monárquicos, la socialización y todo lo demás a los socialistas y no a los burgueses […]. Como contrapartida, exige que el éxodo de los fascistas pueda llevarse a cabo pacíficamente […].

A lo anterior, estoy autorizado a añadir que, como contrapartida, Mussolini exige:

a) garantías para la incolumidad de los fascistas […];

b) éxodo sin trabas de las formaciones militares fascistas.

Carlo Silvestri, propuesta secreta de rendición a los jefes socialistas del Cuerpo de Voluntarios de la Libertad, autorizada por Mussolini,

22-23 de abril de 1945

Via Stoppani

Via Mozart 14, Villa Necchi Campiglio

Piazza Fontana 2, Curia arzobispal

Corso Monforte 31, Prefectura

Milán, 25 de abril de 1945

El 25 de abril de mil novecientos cuarenta y cinco ya no hace frío en Milán.

Alimentadas por el cálido sol primaveral, las primeras amapolas silvestres florecen entre las ruinas de los bombardeos en las calles desiertas, enmudecidas en el desmoronamiento, extrayendo linfa de los cadáveres insepultos. Es miércoles.

A ojos de Vincenzo Costa, el último secretario federal fascista de Milán, uno de los pocos que sigue teniendo fe, la ciudad presenta «una imagen inquietante, como de fin del mundo».

Los escasos transeúntes corren pegados a los muros, los oficiales alemanes permanecen atrincherados en el Hotel Regina, las escuadras de milicianos armados solo patrullan las calles del centro.

Muchos de ellos desertan, se mimetizan, no pocos se pasan al enemigo.

Los suburbios obreros están, de hecho, en manos de los partisanos.

En Legnano, a pocos kilómetros al oeste de la capital, los antifascistas ya se enfrentan en las calles contra unidades de la Guardia Nacional Republicana.

Un poco más al sur, el ejército aliado avanza ya sin oposición por la llanura lombarda.

El ejército alemán se retira sin oponer resistencia.

Es cuestión de horas antes de que las unidades de vanguardia estadounidenses lleguen a la ciudad.

En algún piso proletario de un barrio popular, miembros del Comité de Liberación se preparan para proclamar la insurrección, para salir de la clandestinidad y afrontar el futuro.

Con todo, ni siquiera la evidencia del fin aplaca a los asesinos.

Algunos hombres libres caen en sus últimos pasos.

En las primeras horas de la mañana, tres camisas negras de la Resega arrestan a dos partisanos monárquicos.

Sus nombres son Umberto Retta y Enrico Torchio.

Los arrastran hasta las puertas de la CGE en via Borgognone y los fusilan para intimidar a los obreros en huelga.

Unos minutos después, en via Stoppani, entre los escombros de una manzana entera arrasada, es fusilado Marco Busan, militante del grupo liberal-socialista Giustizia e Libertà.

Tiene veinticuatro años. Su muerte, presumiblemente, no es de utilidad alguna.

A las 11:00 horas, los tres mil reclusos de la prisión de San Vittore desatan la revuelta.

Los lidera un anarquista encarcelado a principios de mes.

Se llama, en homenaje a la primavera del calendario revolucionario, Germinale Concordia.

Los alemanes disparan contra la multitud, matando a nueve personas.

A las 13:00 horas se proclama la insurrección general. La ordena la voz de Corrado Bonfantini, comandante de las Brigadas Matteotti. Radio Milano Liberata la transmite por toda la llanura entre los ríos Adda y Ticino.

En esos mismos instantes, en una sala de la prefectura de corso Monforte, se celebra la enésima reunión de los dirigentes de la República Social Italiana. Todos están presentes. Todos menos el Duce. Mussolini se ha marchado, ya no está ahí.