El fin y el principio (M. 5) 1945 #5
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1945 #5

El 24 de abril, Adolf Hitler, a punto de «volarse los sesos», dicta su último telegrama a Benito Mussolini desde su búnker berlinés.

Por primera vez en décadas, amurallado en una soledad terminal, no nombra a su aliado y amigo italiano.

Desvaría hablando de «tenaz desprecio por la muerte», de contraataque y de «un heroísmo sin igual que hará cambiar el curso de la guerra».

Los rusos llevan tres días en la ciudad, se combate calle por calle en un paisaje apocalíptico.

El delirio postrero de Hitler le cuesta a Alemania la destrucción de su capital, cuatrocientos mil soldados muertos o heridos y más de setenta mil víctimas civiles entre la población de Berlín.

Las palabras de Hitler resuenan desde el más allá, emergiendo de las profundidades anóxicas de una tierra devastada, de una quietud silenciosa, próxima a lo inorgánico, rota solo por los arrebatos de ira del adalid derrotado.

Benito Mussolini recibe el mensaje en la prefectura de corso Monforte, Milán, donde lleva cinco días alojado, y donde, cien años antes, la muerte de un centinela que custodiaba el Palacio de Gobierno de los Habsburgo marcó el inicio de la gloriosa insurrección del pueblo milanés contra sus opresores de habla alemana.

Las palabras de Hitler le han sido dictadas a su secretaria en un escalofriante silencio hipogeo, ya al borde de la extinción, pero Mussolini las lee en medio de un bullicioso e indomable caos orbital de cuerpos humanos entregados a la frenética búsqueda de la salvación.

La antecámara del Duce en corso Monforte es un puerto marítimo.

En la última corte fascista se hacinan jerarcas, dirigentes de partido, milicianos de todas las milicias, oficiales del ejército vestidos de paisano y antiguos escuadristas de primera hora, orgullosos de sus camisas negras, de sus banderines, de sus calaveras sobre huesos cruzados, ansiosos por librar la última batalla, dispuestos a morir por su Duce: entre ellos, sin embargo, se afanan también negociadores, aventureros e intrigantes de toda ralea, agentes de comités de liberación, representantes de grupos partisanos socialistas, monárquicos, democristianos, espías comunistas, emisarios estadounidenses y emisarios de sí mismos.

Célebres pilotos de combate, hombres ciegos de guerra y ministros con trastornos de ansiedad conforman el telón de fondo.

Nicola Bombacci, sentado en un banco, recuerda seráfico su huida de San Petersburgo con Lenin mientras los generales zaristas marchaban sobre la capital.

Un niño acalorado, hijo de un notable fugitivo, huye a su vez del control de su madre.

Un pariente del Duce, prófugo de Romaña, suplica una audiencia.

El pánico reina por doquier, el contagio de la psicosis del asedio se extiende sin control, de vez en cuando una ráfaga de disparos en la distancia impone raros momentos de silencio angustioso.

Benito Mussolini los recibe a todos. Solo en la mañana del 24 de abril, la lista de la secretaría incluye a Barracu, a Pavolini, al ministro Mezzasoma, al general Montagna, al cónsul Nicchiarelli, a Vincenzo Costa, al prefecto Montani, a Bombacci, al oficial de enlace de la Wehrmacht, Jandl, al prefecto Berti, al ministro Zerbino, a Sandro Giuliani, a la representante femenina de los fascios romanos, al ministro húngaro Szabó, al teniente Spögler, al comandante Junio Valerio Borghese y a su hijo Vittorio.

Todos tienen algo que decir, algo que suplicar, algo que aconsejar, pero nadie sabe nada.

Las palabras han perdido todo significado; nadie deja de hablar, pero es solo para evitar sentirse completamente impotente.

Mussolini los recibe a todos, pero no escucha a nadie.

Apático, mortecino, tan extenuado que aparenta serenidad, hace días que duerme muy poco y casi no come.

Mientras el umbral del despacho del Duce se abre de nuevo para recibir a un peregrino de la nada, Pavolini sale dando un portazo tras la enésima reunión sobre el reducto de Valtelina después de que Graziani le reiterara su escepticismo con lenguaje cuartelero: «El respeto por vuestra persona y vuestra edad es una cosa; ser insultado es otra», puntualiza el joven secretario del partido al marcharse.

La voz airada del anciano mariscal del Imperio lo sigue por los pasillos: «Pero si todo se ha ido al garete…

¡Si solo nos queda el sálvese quien pueda!

». Los jerarcas fascistas se pelean, los alemanes permanecen impasibles como siempre, cada vez más indiferentes y alienados, mientras Milán agoniza.

La anona distribuye pan solo a quien tiene carné, las fábricas están en huelga, las líneas de comunicación con el valle del Po están cortadas, los pilotos estadounidenses ametrallan a soldados y civiles a baja altura, la mitad del patrimonio inmobiliario de la ciudad está dañado o destruido, las víctimas de los bombardeos se cuentan por miles, los judíos milaneses deportados a los campos de exterminio se cuentan por miles, los milaneses caídos en las filas de la Resistencia se cuentan por miles.

A la desolación de los residentes se suma la de los refugiados del fascismo.

Desde las provincias que han caído en manos de los partisanos y desde las arrolladas por el avance aliado, bandadas de familiares de dirigentes del partido y de los oficiales de los camisas negras emigran a la ciudad.

Se los obliga a acampar bajo los plátanos de via Boschetti, en vivaques improvisados alrededor de la lujosa magnificencia de los edificios de via Mozart, donde vive la alta burguesía.

También los milicianos supervivientes que han logrado escapar de las emboscadas de los antifascistas enjambran la ciudad.

Los secretarios federales emiten la «Orden Reservada n.º 197», que solo se debe abrir y obedecer en «la hora equis»: requisar vehículos, reunir una reserva de víveres para cinco días, hacer una lista por triplicado de los bienes muebles e inmuebles del partido, presentar sus respetos ante el monumento a los Caídos local y confluir después en Milán.

Antes de la evacuación, hay que asegurarse de quemar los documentos comprometedores y las listas de afiliados.

Solo han de quedar intactos en los archivos los documentos relativos a actividades benéficas y caritativas.

La hora equis está a punto de sonar. En la ciudad, habrá quizá siete u ocho mil fascistas de diversas milicias ar mados.

Unidades a jirones, formaciones desorganizadas, hombres exhaustos, harapientos, humillados por la derrota.

Ni siquiera los jefes más acérrimos, más allá de sus enfáticas proclamas, son capaces de determinar cuántos de esos hombres están realmente listos para luchar.

La única certeza es que no hay horizonte posible para ellos más allá de una resistencia armada final.

Algunos sugieren atrincherarse en Milán (Franco Colombo pretende defenderse en el Castillo Sforzesco), otros se engañan pensando en poder librar la última batalla junto a sus camaradas alemanes en la línea del río Po, la mayoría —empezando por Pavolini y Costa— insiste en el reducto de Valtelina.

Todos están convencidos de que su espíritu de lucha, más allá de la defensa de su honor, depende de la defensa de sus propias vidas.

O se sitúan en condiciones tales que les permitan negociar la rendición con los aliados angloamericanos desde una posición de fuerza, o serán fusilados por los comunistas italianos.

O resisten colectivamente, o serán exterminados individualmente.

Y así es, tienen razón: han torturado y pasado por las armas a prisioneros antifascistas hasta el último día, han masacrado a civiles junto a los nazis hasta el último día, ahora les espera el pelotón de fusilamiento.

Incluso Benito Mussolini debe desterrar de su cabeza el fantasma del fusilamiento por la espalda.

Sería el primero en afrontar la muerte si cayera en manos de los partisanos.

No cabe la menor duda. Es cierto, obvio, indiscutible.

Pero él, a diferencia de Hitler, a pesar de haber desarrollado una sincera aversión hacia sí mismo y hacia la vida, no quiere morir.

Aunque sea reducido a una sombra, permanece aferrado a esta orilla, a la escarpada orilla de los vivos.

Y de este modo, tras haberse asegurado de que Rachele y sus hijos, Romano y Anna Maria, están a salvo en una villa en el lago de Como, el dictador en su ocaso hace lo que siempre ha hecho: negocia con todos, dispuesto a engañar a quien sea, amenaza con usar la violencia —invoca el espantajo de la última batalla— solo para obtener un acuerdo político.

No puede rendirse incondicionalmente, no quiere huir cruzando la frontera, no contempla una última batalla ciudadana que arrase Milán.

Al cardenal Schuster, su enlace con los estadounidenses, le promete evitar un derramamiento de sangre innecesario; a Buffarini Guidi, quien lo insta a refugiarse en Suiza, le replica con negativas desdeñosas, aunque sin cerrarse ese canal; a sus seguidores más leales, que le imploran la promesa de una última batalla, les asegura el honor de las armas en el Po o en el reducto de Valtelina.