1945 #4
Estólido, Pavolini persevera en su visión: fantasea con profundas cuevas transformadas en fortalezas inexpugnables, con acumular armas, municiones y víveres para seis meses de resistencia, con un ejército de cincuenta mil hombres que se despliegue en el valle, con una emisora de radio, una imprenta y una oficina de propaganda ocultas en las entrañas de la tierra.
Incluso baraja la idea de trasladar las cenizas de Dante Alighieri, el símbolo supremo de la italianidad, a las cuevas de la región de Valtelina.
Los náufragos de Villa Feltrinelli lo escuchan distraídos.
Graziani ya ha expresado en repetidas ocasiones su aversión hacia el proyecto, por razones estratégicas y por su evidente inviabilidad.
Los alemanes permanecen imperturbables, sumidos en un inquietante silencio.
Mussolini se limita a objetar que la Valtelina colinda con Suiza, el deshonroso destino codiciado por todo fugitivo.
Se le señala que todos los valles alpinos de Lombardía colindan con Suiza. El Duce se sosiega con una sonrisa amarga, no se sabe si dirigida a Pavolini o a sí mismo. Es el momento: en esa sonrisa, la Historia se desvanece en la crónica.
Milán, 16 de abril de 1945
Teatro Nuovo
El 15 de abril, tras un retraso de veinticuatro horas debido a condiciones meteorológicas desfavorables y precedido por una oleada de ochocientos bombarderos que han lanzado mil quinientas toneladas de artefactos explosivos sobre las líneas alemanas, da comienzo el ataque final a la Línea Gótica por parte del Quinto Ejército estadounidense, en dirección a Bolonia, al este de la nacional 64.
El lunes 16 de abril se celebra en Gargnano el último Consejo de Ministros del gobierno fascista republicano.
El orden del día preestablecido incluye una empalagosa discusión sobre la fórmula oficial que debe adoptarse para el proyecto de «socialización» tan querido por Mussolini (antes que el término, ideológicamente peligroso, de «socialismo fascista», algunos prefieren «sistema social fascista»).
La discusión ni siquiera da comienzo. Se toma la decisión de transferir el Gobierno de la República a Milán.
El único debate es cómo organizar el traslado de las familias de los jerarcas a Suiza.
De la reunión ni siquiera se levanta acta.
Desde hace tiempo, las grandes cuestiones históricas han ido decayendo en cuestiones de cariz personal.
Decenas de jerarcas fascistas, desde el general Montagna hasta el ministro del Interior Zerbino, pasando por Buffarini, han intentado entrar en contacto, a través de los canales más tortuosos, con los jefes de la resistencia antifascista para negociar su rendición.
El propio Mussolini ha autorizado al subsecretario Tarchi a entablar conversaciones con los jefes socialistas del Comité de Liberación Nacional del Norte de Italia.
Los alemanes, por su parte, completamente indiferentes al destino del fascismo y de los fascistas, por orden del propio general Wolff han abierto, a través de intermediarios italianos y a espaldas no solo de Mussolini sino incluso de Hitler, un canal de negociaciones secretas con Allen Dulles, director del servicio secreto estadounidense en Suiza.
En definitiva, estamos a un paso del «sálvese quien pueda».
Y, sin embargo, la aciaga fanfarria de la prosopopeya fascista sigue sonando a todo volumen.
En las mismas horas que la salvación personal de los jerarcas se incorpora al orden del día del Consejo de ministros en Gargnano, se celebra en Milán una «grandiosa concentración de combatientes de Lombardía».
Con una banda de música a la cabeza, las autoridades detrás y una multitud de milicianos apiñados en las butacas del Teatro Nuovo, el fascismo seguía celebrándose a sí mismo en el «día de la pasión y la fe».
Con Mussolini y Pavolini ausentes, el subsecretario Pino Romualdi les presta su voz, leyendo sus telegramas de saludo, y se deja llevar a continuación a un discurso inflamado y trágico: no son solo un exiguo puñado de italianos los que creen en la resurrección y en la victoria de las armas fascistas; la llama de la redención se ha encendido en los corazones de millones gracias a una «idea superior de civilización».
Prueba de ello, según la propaganda de Romualdi, es la resistencia que oponen a los invasores los «invictos camaradas alemanes», así como «nuestros hermanos caídos en el baluarte del honor».
La abundante sangre derramada «no puede haberlo hecho en vano».
En efecto, como pretende Romualdi, la sangre no para de correr. Solo en Milán, las matanzas de los últimos días han dejado decenas de víctimas alineadas en las aceras y bajo las cunetas de las zanjas.
El 12 de abril, víspera de la reunión sobre el RAR, tres partisanos de las Brigadas Garibaldi son abatidos en via Segantini; ese mismo día, Rinaldo Gianelli, del 44.
º Regimiento Matteotti, es asesinado en viale Papiniano.
El 16 de abril, mientras se discute en Gargnano la huida a Suiza y Romualdi incita a una muerte heroica en el Teatro Nuovo, una patrulla de milicianos hace irrupción en el piso de otro partisano socialista en via Palermo, matándolo en el umbral de su casa.
El 17, otros dos antifascistas son abatidos a tiros en plena calle.
El día 18, los hombres de Franco Colombo detienen a Landolfo Cuttica, teniente del Ejército Real, perteneciente a un grupo antifascista liberal.
Al principio lo llevan al cuartel de Solinas y luego al cuartel general de via Rovello.
En un sitio y en otro lo interrogan y torturan.
Su cuerpo desnudo y martirizado es abandonado en la acera de via Paolo Sarpi.
En ese mismo momento, a las siete de la tarde del 18 de abril de mil novecientos cuarenta y cinco, Benito Mussolini abandona para siempre Gargnano, rumbo a Milán; lo acompaña una comitiva de cinco coches, un furgón lleno de equipaje; lo escoltan una furgoneta de su guardia personal, los hombres de las SS del teniente Birzer y todo un batallón de granaderos alemanes al mando del capitán Otto Kisnat, de la policía secreta nazi.
Tienen órdenes de seguir al Duce día y noche para impedir su huida a España, Portugal, Suecia o Suiza, dándole la opción de huir a Alemania o, si se niega, de ser asesinado en Italia.
Benito Mussolini viaja en un flamante Alfa Romeo 2300 Torpedo que ha regalado a su joven amante.
DESEO ESTAR PRESENTE EN LA CONCENTRACIÓN DE LOS COMBATIENTES MILANESES JUNTO A VOSOTROS, EN ESTE MOMENTO, EN EL QUE, ADEMÁS DE LAS ANTERIORES, HABÉIS ASUMIDO UNA NUEVA RESPONSABILIDAD DE GOBIERNO.
LA AFRONTARÉIS CON EL MISMO ESPÍRITU CON EL QUE AFRONTASTEIS HEROICAMENTE AL ENEMIGO EN LOS CAMPOS DE BATALLA ANTIGUOS Y RECIENTES.
Telegrama de Benito Mussolini, leído públicamente por Pino Romualdi en el mitin del Teatro Nuovo, 15 de abril de 1945
Fue desde esta trinchera de la que salió en marzo de 1919 la palabra nueva, que se abriría el camino a la auténtica y original solución al problema social, sobre la base de nuestras tradiciones romanas e italianas.
Y fue desde esta trinchera desde donde, tres meses atrás, el Duce habló al mundo, anunciando la nueva primavera de la Patria.
Vincenzo Costa, secretario federal fascista de Milán, discurso en el Teatro Nuovo,
15 de abril de 1945
La mayoría del pueblo considera al fascismo republicano un fenómeno del momento, destinado a disolverse en cuanto se produzca la derrota alemana.
La actividad de los forajidos no es criticada por la población, que, por el contrario, con su colaboración directa o con el silencio demostrado alienta estos actos criminales, que son consecuencia [ sic ] de tantos lutos.
La reacción de nuestras unidades ante las actividades de los forajidos se considera una «atrocidad».
El antifascismo se extiende cada vez más, tanto que puede decirse, sin temor a exagerar, que casi todo el pueblo […
] está en contra de nosotros, que representamos un régimen por el que se consideran oprimidos.
Boletín del mando de la GNR en Módena para Benito Mussolini,
9 de abril de 1945
Mañana por la tarde me marcho a Milán, donde tengo previsto permanecer hasta el sábado. Aún hay algunas posibilidades. Quizá me haya esforzado demasiado. Pero la política es el arte de encontrar soluciones a los problemas más difíciles. Tú quédate aquí.
Clara, lo que presentía y temía, dados los inevitables retrasos, se ha hecho realidad.
Esta mañana, el embajador Rahn ha venido a decirme que España prohíbe todos los vuelos sobre su territorio.
Esta desagradabilísima noticia suma una razón ulterior a quienes me instan a ir a Milán para emprender acciones políticas.
Cartas de Benito Mussolini a Clara Petacci,
17 y 18 de abril de 1945
No te atrevas a decirme qué he de hacer, he decidido ir a Milán por mi cuenta […]. No te preocupes, tú llevarás a cabo tu programa y yo el mío. Luego regresaremos, tú a tu casa, yo al monacato [de la villa a orillas del lago de Garda].
Carta de Clara Petacci a Benito Mussolini,
17 de abril de 1945
No, ya no me hago ilusiones. Este es un adiós.
Benito Mussolini a Ottavio Dinale, amigo suyo de toda la vida, que lo saludó al salir de Gargnano con un «hasta pronto»,
18 de abril de 1945
El resto es silencio.
Benito Mussolini en el momento de despedirse de su hermana Edvige,
Gargnano, 17 de abril de 1945
Corso Monforte 31, Palacio del Gobierno
Milán, 24 de abril de 1945
«La lucha por el ser y el no ser ha alcanzado su punto culminante».