1945 #3
Ha tomado por fin la decisión de despedir a Buffarini, el odiado ministro del Interior, servil con los alemanes y cómplice de los torturadores; se empecina en hablar de la «socialización», la gran reforma que debería innovar el Estado y refundarlo sobre los trabajadores, inaugurando una tercera vía entre el comunismo y el capitalismo, pero sabe muy bien que quedará en letra muerta; de vez en cuando sigue redactando mensajes de protesta, pero no espera respuesta.
Pasa su tiempo leyendo a Platón. Cada mañana, en su oficina, lee un capítulo de las enseñanzas del gran filósofo sobre el Estado.
Tiene un ejemplar de La República bien visible sobre su escritorio.
Lee, glosa, anota a Platón y traduce a Carducci al alemán.
Recita sus versos en voz alta mientras deambula por su vasto, vacío y desnudo estudio.
¿Para qué hablar con los campesinos de Gardone?
¿Qué sentido tendría? No queda nada que decir.
Incluso Hitler, atrincherado en su búnker de Berlín, dicta a su secretario melancólicas meditaciones sobre el final de todo, en las que acusa a Italia de haberle hecho perder la guerra: «El mayor servicio que podría habernos prestado Italia», sentencia el Führer mientras los estadounidenses y los rusos avanzan hacia el corazón del Reich, «habría consistido en permanecer al margen de este conflicto».
Y, sin embargo, no más tarde de esa misma mañana, Benito Mussolini ha hablado.
Ha celebrado públicamente el aniversario de la fundación de los Fascios con un belicoso discurso dirigido a las diversas unidades de sus más leales, instándolos una vez más a «morir en combate, como todos los hombres libres y dignos de ese nombre prefieren morir».
Ante los hombres de su Guardia Personal, de la Legión M, de la X MAS, de las Brigadas Negras y de la marina republicana, se deja aturdir por una retórica de finalidad asesina: «Debéis ser los propagadores de esta fe absoluta, dogmática, en la victoria.
Quien duda es ya un vencido que se prepara para doblar la rodilla ante el vencedor».
Un último saludo al sol, un extremo canto matutino de ardor cuando el alma ya está devorada por la sombra del atardecer.
Él es el primero en no albergar dudas ya: la guerra está perdida, todo está perdido, está invocando muertes inútiles.
Y la obscena vanidad de esas muertes la declara incluso el propio Mussolini.
La hace pública ante Madeleine Mollier, una periodista alemana a la que concede una entrevista a finales de marzo.
No tendría motivos para hacerlo, pero la concede.
Es la esposa del agregado de prensa de la embajada alemana, una mujer hermosa, y la cola del viejo pavo real se despliega instintivamente.
Luego, sin embargo, en cuanto la corresponsal entra en su despacho, la congela:
«¿Por qué venís a verme, señora? Hace siete años todavía era un personaje interesante, pero ahora soy un difunto.
No se abrirán más puertas para mí que las de la muerte.
Y es de justicia. He cometido errores y lo pagaré, si esta pobre vida mía vale como pago […
]. Sí, señora. Estoy acabado. Mi estrella se ha eclipsado.
Trabajo y me esfuerzo, aun sabiendo que todo es una farsa […
]. Aguardo el final de la tragedia y, extrañamente desconectado de todo, ya no me siento un actor; me siento como el último de los espectadores».
Con todo, obstinadamente actor de su propio personaje, Benito Mussolini sigue representando.
Hasta la última gota de sangre. Carlo Mazzantini, uno de esos jóvenes fascistas apenas salidos de la adolescencia, que se han alistado como voluntarios en busca de una «hermosa muerte», da testimonio de ello.
Recibido por el Duce en el mes de marzo de mil novecientos cuarenta y cinco junto con su grupo, el joven militante de la debacle se encuentra con un hombre anciano que lleva una vieja chaqueta de oficial, sin insignias ni condecoraciones, desgastada de tal manera que ya ni parece ropa militar, con un solo toque de color: el ribete rojo de escuadrista que recorre todo el lado izquierdo, una chaqueta que «trae a la memoria el aspecto de los soldados fugitivos del 8 de septiembre, que recorrían la península en aquellos días de miseria, con esos uniformes andrajosos de los que habían arrancado las insignias, los grados y los emblemas de unidad».
Sin embargo, bajo la mirada atónita del joven miliciano, aquel sujeto anciano y en retiro, ese fugitivo de sí mismo, habla y se mueve igual que el Duce del fascismo: al final de cada frase planta una pausa que no da lugar a réplica alguna, subrayada por un «giro de cabeza y de la mirada, como si esperara la aprobación de un público imaginario»; apoya las manos en las caderas y echa la cabeza hacia atrás tal como acostumbraba a hacer Mussolini, «enfatizando aún más la implacable labor que el tiempo y los acontecimientos han ejercido sobre él» y añadiendo «una especie de nota grotesca a toda la situación».
Pero ¿quién es entonces —se pregunta el joven miliciano— ese hombre que habla como Él, gesticula como Él, tal y como ha visto mil veces en los noticiarios cinematográficos, pero que no es Él?
Es Él, es realmente Él —mi joven y necio testigo—, es Benito Mussolini. Y sigue interpretándose a sí mismo. Como siempre.
El fascismo republicano ha dado el pistoletazo de salida para resolver un problema histórico y ancestral que se cierne ya sobre casi todos los países y que ya ha comenzado a materializarse en Italia […]. Se puede afirmar con certeza que se está abriendo una nueva era en la historia de la humanidad.
Benito Mussolini, discurso a los fascistas de Turín sobre la llamada «socialización», Gargnano, 2 de febrero de 1945
Si he de expresar lo que opino sobre los acontecimientos, objetivamente y sin pasión, no me cabe sino admitir que mi inquebrantable amistad con Italia y el Duce puede considerarse, sin duda, un error por mi parte.
Resulta del todo evidente, en efecto, que nuestra alianza con Italia ha sido más útil para nuestros enemigos que para nosotros mismos.
La intervención italiana nos ha aportado ventajas extremadamente modestas en comparación con las numerosas dificultades que ha creado.
Si, a pesar de todos nuestros esfuerzos, no lográramos ganar esta guerra, ¡la alianza con Italia habrá contribuido a nuestra derrota!
Adolf Hitler, conversación con su secretario Martin Bormann,
17 de febrero de 1945
Yo no soy un estadista. Yo soy un poeta.
Benito Mussolini a Goffredo Coppola, periodista, rector de la
Universidad de Bolonia y presidente
del Instituto Nacional de Cultura Fascista
He sobreestimado la inteligencia de las masas. En las conversaciones que a menudo he mantenido con las multitudes, albergaba la convicción de que los gritos que seguían a mis preguntas eran una señal de conciencia, de comprensión, de evolución. En cambio, no era más que histeria colectiva.
Benito Mussolini a Gian Gaetano Cabella,
editor de Il Popolo di Alessandria ,
abril de 1945
Gargnano, 14-18 de abril de 1945
Villa Feltrinelli
Nadie que busque un sentido en los asuntos humanos puede conformarse con los meros hechos, porque los hechos se lo negarán.
Sin embargo, acaba llegando el momento en que la Historia con mayúscula, junto con su carga grandilocuente de grandes visiones, se degrada a simple crónica de acontecimientos sin sentido. Ese momento ha llegado.
Alessandro Pavolini está de pie, con la camisa ne gra, empuñando una vara de maestro, con la que señala un mapa militar.
En la sala de reuniones de Villa Feltrinelli, junto a Mussolini, lo escuchan también el mariscal Graziani, el nuevo subsecretario de Asuntos Exteriores Filippo Anfuso, el embajador Rahn, el general de las SS Wolff, el general Vietinghoff, es decir, el sustituto de Kesselring al mando de las tropas alemanas en Italia, y el poderoso, refinado y ambiguo agente de los servicios secretos alemanes, Eugen Dollmann.
Con su habitual oratoria, encarnizadamente romántica, el secretario del partido está describiendo el proyecto del Reducto Alpino Republicano, el último bastión del fascismo que, según su visión, debía asegurarles un epílogo épico, una culminación heroica consignada al mito, al canto de los poetas y a la leyenda de los siglos, la única forma de inmortalidad —una inmortalidad en tono menor— otorgada a los humanos por las férreas e indiferentes leyes del cosmos.
La idea consiste en concentrar todas las fuerzas militares que quedan formando una línea defensiva que selle la región montañosa de Valtelina desde los Alpes bergamascos hasta Colico, en el lago de Como, una fortaleza considerada inexpugnable, equipada con guarniciones, depósitos logísticos y centros de propaganda, para una resistencia desesperada en torno al tótem de Benito Mussolini.
Más allá de postularse para el mito, el RAR permitiría a los últimos fascistas evitar el derrumbe de una rendición incondicional, negociar políticamente la transferencia de poder a los antifascistas y, militarmente, los derechos de los milicianos que luchan en la batalla final.
En todos los demás casos, garantizaría una muerte honorable.
En realidad, ya se habla de aquello desde hace tiempo, pero, eso es lo que ocurre, que se habla y nada más, sin ningún resultado práctico.
El proyecto debería entrar en fase operativa hoy, 14 de abril de mil novecientos cuarenta y cinco, cuando la Línea Gótica, trescientos veinte kilómetros fortificados entre las costas del Tirreno y del Adriático, está a punto de ceder y Viena, la mayor ciudad de habla alemana del Reich milenario después de Berlín, ha caído el día anterior.
Demasiado tarde, evidentemente demasiado tarde.