El fin y el principio (M. 5) 1945 #2
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1945 #2

También los GAP comunistas siguen atacando.

No quieren que la herida se cicatrice; la quieren bien abierta, sangrante, hasta que quede completamente expurgada.

Mientras aguardan la primavera, el empujón final, pisan el acelerador, suben la apuesta, no dan tregua.

Y pierden la cabeza: en la Bottega del Liquore de via Pontevetero, una bomba camuflada en un paquete de bombones causa una matanza: las víctimas son dos soldados alemanes, un miembro de las Brigadas Negras, un soldado republicano y siete civiles.

El reguero de sangre se alarga. Solo en Milán, se cuentan 610 acciones partisanas en enero, 632 en febrero, 646 en marzo.

Una única trinchera invisible se hunde en el cuerpo torturado de la ciudad humillada.

Los fascistas, azuzados por la infausta retórica de la última batalla, mordidos por la tarántula del resentimiento, no deponen las armas.

Al contrario, las empuñan para fusilar. Una y otra vez.

Fusilar, fusilar, y otra vez fusilar. La ordenanza que prohibía la ejecución de mujeres queda derogada.

Ahora a ellas también las llevan al paredón.

En el campo deportivo Giuriati, nueve reclusos sacados de la prisión de San Vittore son alineados contra la pared en una sola tarde.

Un policía del pelotón de fusilamiento se niega a disparar.

El propio jefe de policía, Larice, baja de la grada, le da una bofetada delante de todos y lo reemplaza.

Se dispara por la espalda. Tras la primera descarga, siete de los nueve condenados siguen con vida.

Los tiradores, resulta evidente, no quieren desempeñar su función.

Los oficiales rematan a los moribundos con un tiro en la cabeza.

Cuatro jóvenes son detenidos por una escuadra del Batallón Azul durante un rastreo en Città Studi.

Se los interroga, golpea y tortura en el cuartel de piazza Balbo.

Luego, son condenados a muerte en un juicio sumario por un «consejo militar».

Los llevan sin pérdida de tiempo a la esquina de piazza Beppo Occhialini y via Sandro Botticelli, donde los matan con una ráfaga de ametralladora.

El mayor tenía diecinueve años; el menor, dieciséis.

Sus cuerpos quedan abandonados en medio de la aguanieve.

Los asesinos de Franco Colombo se unen de buena gana a esta última carnicería.

El 2 de marzo, capturan a un chico de dieciocho años, Giuseppe Canevari, mientras pega carteles de propaganda antifascista en el centro de Milán.

Está desarmado, no lleva explosivos y no tiene más culpa que la de ser antifascista.

Al pobre imprudente lo arrastran al cuartel, donde lo interrogan y torturan durante horas.

Un oficial de la Legión, un tal De Stefani, le pide al médico de guardia que reanime al desgraciado con una inyección para poder seguir torturándolo.

El médico se niega. El chico es llevado de vuelta a su celda, lo tiran al suelo cubierto de sangre.

«A pesar de que lo dejamos para el arrastre —comenta De Stefani esa noche en el comedor—, no hemos conseguido que hable».

Giuseppe Canevari no ha hablado porque, evidentemente, no tenía nada que decir. Muere solo, aferrado a un banco mugriento, tras una noche de agonía. Los «heroicos» hombres de la Muti envuelven su cuerpo en una manta, lo cargan en un motocarro y lo arrojan al río Adda.

Unos días más tarde, el 18 de marzo, los torturadores desfilan muy tiesos por las calles de Milán.

Por más que todo se esté derrumbando —o quizá precisamente porque todo se está derrumbando—, Franco Colombo decide celebrar por todo lo alto el heroísmo de sus Osados.

En presencia del secretario Pavolini, del cónsul Gerhard Wolf, del podestá y del general Diamanti, se descubre una lápida en via Rovello.

La inscripción del orgullo escuadrista, esculpida en mármol con grandes letras mayúsculas, de cara a los transeúntes, reza:

«Detente e hinca la rodilla».

Entro y me siento. Esta vez, la bomba parece un paquete de bombones.

La paso por debajo de la mesa. Me dirijo al baño y entro por la puerta que da al pasillo.

He recorrido apenas unos metros cuando el artefacto explota.

Me roza una esquirla. Me encuentro frente a unos alemanes.

Vuelvo sobre mis pasos. Llega una furgoneta. Miro a mi alrededor. Camino rápido.

De las memorias de Giovanni Pesce (nombre de guerra «Visone»), comandante de los GAP comunistas de Milán

La mañana del 4 de marzo, un tal Canevari de la Fiat se me presentó tras la celebración de la Santa Misa en via Rovello, encomendándome encarecidamente que me interesara por su hijo Giuseppe, que lleva dos días detenido por la Muti […

]. Al anochecer, me dirigí a las celdas de la Legión: pregunté por Canevari y oí cómo se me decía que ya no estaba en esa cárcel […

]. A la mañana siguiente, al acudir a la Oficina de Disciplina, me encontré al teniente Storni […

] quien, indignado, me contó en secreto que un joven había muerto en su celda, a causa de los golpes recibidos durante un interrogatorio [… ].

Acudí de inmediato a la prisión. Pregunté a un agente de servicio quién había muerto encerrado y me contestó con la mayor indiferencia: «¡Nadie!

». Comprendí que el asunto había sido silenciado y pedí el registro de prisioneros […

]. Mientras observaba que Giuseppe Canevari figuraba como «puesto en libertad» en la lista del 3 de marzo, entró de repente el Osado Fiorino […

] y ordenó a su colega que tachara las palabras «puesto en libertad» y las reemplazara por las siguientes: «entregado al mando alemán» […

]. Tuve entonces la certeza de que el crimen se había cometido [… ].

Dado mi asombro ante semejante delito, Fiorino exclamó: «¡Ah, capellán, no se hace usted una idea! ¡Anda que no veo yo porquerías aquí dentro!».

Memorial del padre Nazzareno Morici

para el Comité de Liberación Nacional del Norte de Italia, documentación del juicio Spadoni

LA SAGRADA FALANGE DE LA LEGIÓN MUTI

¡DETENTE E HINCA LA RODILLA!

CON LA SANGRE DE NUESTRO SUPREMO SACRIFICIO

FLORECE DE NUEVO LA REVOLUCIÓN FASCISTA

EN NOMbrE DE ITALIA DUCE MUSSOLINI

POR EL TRIUNFO DE LA CIVILIZACIÓN DEL TRABAJO

Inscripción colocada en el monumento a los caídos

erigido en via Rovello frente al cuartel de la Legión Muti,

marzo de 1945

Benito Mussolini

Gargnano sul Garda, 23 de marzo de 1945

No cabe duda: ha sobreestimado la inteligencia de las masas.

Como ocurre a menudo, la lucidez solo se alcanza al final, asomado a este triste y pequeño balcón, con vistas a una pequeña plaza de pueblo que apenas tiene una vigésima parte del tamaño de Piazza Venezia, ante una exigua aglomeración de campesinos idiotas.

El 23 de marzo de mil novecientos cuarenta y cinco, vigésimo sexto aniversario de la fundación de los Fascios de Combate, es un día de amarga verdad para Benito Mussolini.

La Villa de las Ursulinas, sede de la presidencia de la República Social Italiana, domina una minúscula plaza pomposamente dedicada a la Victoria.

Desde que el Duce reside allí, una multitud igualmente pequeña de aldeanos y campesinos se reúne a menudo, aclamándolo con un vocerío apagado.

Esperan algún subsidio o, tal vez, un último atisbo de la deslumbrante luz de otros tiempos.

Hoy también están ahí, mirándolo desde abajo.

Él no deja nunca de asomarse para saludar.

Lo hace cada vez que una multitud, grande o pequeña, lo aclama.

Lo hace hoy también. Sin embargo, no ocurre nada.

La fusión mística entre el Jefe y el pueblo cuya voluntad encarna no se produce.

El diálogo que tantas veces le había parecido una señal de conciencia, de comprensión, de un destino común, ni siquiera da comienzo.

La parodia del glorioso pasado es demasiado evidente; los aldeanos son demasiado pocos, demasiado cercanos, demasiado estúpidos, o, tal vez, simplemente sea demasiado tarde. Para todo.

Tras el Duce, Quinto Navarra y los demás miembros de su séquito intercambian miradas abochornadas, leyendo todos una macabra sensación de lástima en los ojos de los demás.

Mussolini no habla: se limita a saludar con el brazo en alto, sonríe y regresa a su despacho para dedicarse a los asuntos de Estado.

En realidad, no tiene nada que hacer. Con la llegada de la primavera, el número de «peregrinos» que visitan el santuario del lago de Garda ha disminuido drásticamente. Ya no queda nada que pedir ni que llevarse. Y ya nadie viene a verlo.