El fin y el principio (M. 5) 1945
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1945

Benito Mussolini

«Estoy harto de hacer de bufón. No soy más que un personaje ridículo. Soy una marioneta grotesca».

Han bastado pocos días, dos semanas apenas —Navidad, Nochevieja y Epifanía—, para que la última ilusión se evapore. O, tal vez, la penúltima mentira. Han sido suficientes las horas vacías y cansinas de las fiestas navideñas para devolver el cadáver del fascismo a su desesperación.

Lo que Mussolini simplemente es incapaz de ver, reflejada en las aguas muertas del lago, es la verdad sobre sí mismo: ya lo ha hecho, a esos hombres ya los ha embaucado.

Es él quien engaña, no quien es engañado.

Y no saldrá a las calles, como proclama ante Clara que quiere hacer.

Ni morirá. Es posible que lo desee, pero no morirá. Ahora no, todavía no.

Todo lo que se limita a hacer, por ahora, Benito Mussolini es odiar a sus compatriotas, odiar a sus aliados alemanes, odiar el destino, incitar al odio asesino a sus últimos y más acérrimos seguidores.

Mientras la gran mayoría de los italianos solo espera a esas alturas la liberación del nazifascismo, sea aguardando pasivamente la llegada de los angloamericanos, sea uniéndose activamente a la resistencia antifascista, y tacha como gratuita «atrocidad» la represión, Mussolini envía una foto con dedicatoria a Merico Zuccari, comandante de la 1.

ª Legión de Asalto M Tagliamento, especializada en represalias contra partisanos y civiles, llevadas a cabo siguiendo órdenes alemanas o por propia iniciativa, pero recurriendo en cualquier caso a los feroces métodos nazis (diez civiles inocentes por cada soldado muerto).

La dedicatoria reza: «Al coronel Merico Zuccari, comandante de la Tagliamento, la Legión de mi corazón».

Eso es lo único que consigue hacer el corazón de Benito Mussolini en el gélido invierno de mil novecientos cuarenta y cinco.

Eso y autocompadecerse en sus cartas a Clara: «Hoy soy un muerto que se engaña creyendo estar vivo.

Pero que ya no lo está […]», «Me minusvaloran, me envilecen, y mis humillaciones continúan […

]», «Cada día que pasa mi estatura disminuye, como mi vida, y cuando dentro de unos meses o años esté ciego, lo consideraré una gran bendición, porque me evitará ver los rostros que odio.

Lo que me perturba profundamente es saber que los enemigos han llegado al valle del Po.

Eso sí. Todo lo demás, no […]», «La tormenta está en el horizonte […

]», «El horizonte sigue cerrándose. No dejan de avanzar.

¿Dónde están las uñas y los dientes para defender el valle del Po? En el lado opuesto».

Lo que le perturba es que los enemigos estén en el Po, no que su gente en Romaña, ya atormentada por la devastadora violencia de los combates, esté siendo acorralada y masacrada en su nombre y a sangre fría por los nazis y los milicianos fascistas.

No, esta circunstancia no parece perturbar a Benito Mussolini.

Ante estas palabras, incluso la mujer enamorada, incluso la amante idólatra, devota y cómplice, incluso ella se exaspera: «Si de verdad tengo que convencerme de que ya no eres tú, ¡dímelo!

Yo también me retiraré a la montaña: al menos, desde lejos, seguiré considerándote el Mito.

Y a propósito, déjame decirte con mi franqueza habitual que llevo meses preguntándome qué te ha pasado.

Ya no tienes valor, ya no tienes determinación, ya no tienes estabilidad: vacilas, eres inseguro, eres débil, eres sugestionable, ya no eres tú […

]. En menudo estado te hallas, y es casi una forma de masoquismo, de complacencia: te repites a ti mismo que estás acabado, que eres la sombra de lo que eras, etcétera, hasta que te convences de ello y acabas convertido de verdad en una nimiedad».

La terrible desilusión lleva a Clara Petacci a sopesar el suicidio, a formular y pronunciar la indecible hipótesis: «El Duce no era más que un espléndido montaje».

Él, el Duce, no replica, no discute, hundiéndose cada vez más en el psicodrama del hombre acabado que, tras haberlo perdido todo, también pierde el amor:

«Querida mía, te ruego que no me hagas llamadas telefónicas con ese tono tan sarcástico, porque no podría soportarlas mucho tiempo más.

Me siento mal físicamente. Y más aún, moralmente.

Todo lo que dices en tu carta es absolutamente cierto […

]. Esta noche me hallo en una especie de colapso.

¿Será el tiempo? ¿La nieve? ¿El agotamiento nervioso?

¿El insomnio? ¿La gripe? Ya no soy nada.

A estas alturas soy un personaje completamente insignificante. Y tú, además, ya no me amas».

A este hombre miserable no le queda ya más remedio que confiar en saber morir dignamente.

Así lo declara el 31 de enero, en su enésima queja a Clara, que equivale a una promesa a sí mismo: «Antes del fatídico julio, era un hombre: hoy soy una sombra.

Habría sido mucho mejor no haber hablado en Milán.

¡Palabras al viento! Espero que seamos dignos de los tiempos venideros, y si debemos caer, caigamos en las barricadas, luchando».

Los hechos, una vez más, le demostrarán que estaba equivocado.

El territorio de la República, sus hombres y sus bienes siguen siendo considerados botín de guerra […].

1. [El aliado] deja a las Fuerzas Armadas de la RSI sin armas ni equipamiento;

2. se lleva «400 millones al día, es decir, más de lo que se impuso a Francia, manteniendo la integridad de su territorio y con una riqueza diez veces mayor»;

3. no tiene consideración por la ciudadanía: «Las autoridades italianas se ven sistemáticamente ignoradas.

Ni siquiera reciben comunicaciones de las medidas adoptadas ni de las detenciones realizadas.

Es humillante que el Jefe de la República no esté en condiciones de responder a las familias que preguntan —seis o doce meses después de la detención— qué ha sucedido con el detenido».

Memorando del Gobierno de la RSI,

Consejo de Ministros,

18 de enero de 1945

La mejora de la situación política debido a la aparición de armas secretas alemanas, la ofensiva en Occidente y el discurso del Duce han desaparecido por completo ante los acontecimientos posteriores.

Se cree que la resistencia alemana solo está añadiendo luto y ruina a los muchos que ya afligían a Italia, y el odio contra los alemanes y el fascismo republicano se intensifica una vez más.

Boletín de la Guardia Nacional Republicana,

Piacenza,

30 de enero de 1945

Los pueblos cuyos habitantes disparen contra un soldado de la GNR u otros agentes del orden, o un soldado alemán, serán incendiados; el asesinato de un soldado de la GNR o de cualquier otro agente de la ley o de un soldado alemán costará la vida a diez lugareños.

Merico Zuccari, bando de la Legión de asalto M Tagliamento,

29 de diciembre de 1944

Estimado Morera:

En julio de 1944, me pidieron que fuera a Monza para hablar ante varios cientos de soldados italianos que partían hacia Alemania […

]. Les dije que iban a Alemania para un periodo de instrucción y que, tal como había sucedido con la «Monterosa», regresarían a Italia.

Ahora bien, las promesas no se han cumplido en absoluto.

Los hombres han sido dispersados por todas partes, dedicados al trabajo, sin ser utilizados ni adiestrados en absoluto como soldados.

Todo esto es deplorable y dañino. Esos hombres han sido engañados, y tendrían, y tienen, todo el derecho a juzgarnos con la mayor dureza.

Os ruego que los localicéis, y, o bien regresan a Italia, o bien permanecen en Alemania como soldados, porque no tengo intención de embaucar a nadie.

Benito Mussolini, carta al general Umberto Morera,

12 de enero de 1945

Sabemos a estas alturas, y ha llegado el momento de decíroslo con total franqueza, que la consigna alemana es que los italianos no pueden ni deben ser utilizados como soldados, sino tan solo como trabajadores.

Rodolfo Graziani a Rudolf Rahn,

20 de enero de 1945

Via Pontevetero, Bottega del Liquore

Piazza Beppo Occhialini, Campo Giuriati

Milán, invierno de 1945

Entretanto, a los milaneses no les queda tiempo para regodearse en su drama interior. No les queda porque conviven a diario con un drama exterior que se despliega a fondo en las calles. En Milán, de hecho, tras una breve tregua, han vuelto a despedazarse unos a otros.

Tan pronto como Mussolini regresa a su retiro lacustre, los GAP desencadenan una nueva ofensiva: un oficial alemán muere en la fábrica Face, dos miembros de las Brigadas Negras son abatidos a tiros, uno en la zona de la Feria y otro en Crescenzago; luego salta por los aires el Caffè Centrale, lugar de reunión predilecto de los soldados de la Wehrmacht y de la X MAS.

En la explosión mueren cinco marineros y un alemán.

La ciudad está exhausta. Los estadounidenses reanudan los bombardeos, cazas de combate descienden a baja altura para ametrallar indiscriminadamente los suburbios, trece civiles mueren en un tren de pasajeros en Santo Stefano, nueve más antes de Nochevieja.

El agua potable ya no fluye, el carbón escasea, el precio oficial de un huevo ha subido a quince liras, un kilo de pan en el mercado negro vale cincuenta; la pasta de trigo, ciento cincuenta.

La temperatura continúa descendiendo por debajo del cero, la nieve no deja de caer, los más débiles siguen consumiéndose.

Se propagan las enfermedades: enterocolitis, neumonía, tuberculosis.

Para las infantiles —varicela, sarampión, tos ferina— no hay cura.