El fin y el principio (M. 5) 1944 #12
48%

1944 #12

Mussolini, junto con Nicola Bombacci, su viejo amigo-enemigo comunista converso al fascismo, visita los barrios afectados por los recientes bombardeos, peregrina al lugar del atentado a Resega, hace una aparición en el comedor social de piazza Diaz, se concede otro momento de oratoria indomable ante sus escuadristas desde la torre del Arengo en piazza San Sepolcro.

Los milaneses de a pie permanecen al margen, espectadores desconcertados, distantes, hostiles, pero el júbilo de los fascistas es una oleada creciente.

A última hora de la mañana del 17 de diciembre, Mussolini baja incluso de su descapotable y recorre a pie corso Monforte, luego largo San Babila, corso Vittorio Emanuele, piazza Duomo, Cordusio.

Tras cruzar el centro de Milán entre los vítores de la multitud fascista, cuando llega a via Dante, ocurre lo inimaginable: los cordones de la Milicia se rompen, la marea humana lo sumerge y se encuentra de nuevo entre los suyos.

Pero el día de Benito Mussolini en Milán aún no ha llegado a su apogeo.

Este se alcanza un poco más tarde, al llegar al cuartel de la Brigada Muti en via Rovello.

El comandante Franco Colombo, quien ha escoltado al Duce durante toda su visita, lo invita a entrar al edificio para mostrarle las distintas estancias: la armería, la enfermería, los almacenes, las oficinas, el garaje, el comedor legionario y el refectorio. Solo omite la cámara de tortura.

La visita dura menos de media hora. Lapso de tiempo suficiente para que una multitud de Osados y militantes se congregue en las estrechas calles cercanas al edificio.

Cuando Mussolini y Colombo, seguidos por Pavolini, vuelven a salir, la multitud es tan densa que no permite el paso.

Nadie va a ninguna parte. Todo el mundo se queda allí. Se queda allí, quizá para siempre.

Benito Mussolini sube a la torreta giratoria de un diminuto, incluso ridículo, tanque rápido L3/35.

Colombo se monta en la parte delantera, un poco más abajo.

El Duce, embutido en un abrigo militar dos tallas más grande, Colombo pavoneándose e inflando el pecho en su ceñido uniforme negro, al estilo nazi.

Mussolini intenta dar otro discurso improvisado, pero el rugido de la multitud se lo impide.

Esta multitud de Osados, asesinos y aventureros, vencidos y embriagados por su propia derrota, no quiere oír discursos; solo quieren aclamar a su ídolo, coreando su nombre con un ancestral ritmo ternario.

«¡Duce! ¡Duce! ¡Duce!». Estos legionarios sin estandartes a los que seguir, estos hombres adictos a la violencia, sin rumbo, quieren un emperador al que aclamar, o, en su defecto, su clamor idiota invoca a un dios al que adorar, aunque sea una deidad menor, envejecida, demacrada, embutida en un holgado abrigo militar, un dios títere apenas medio metro por encima de las preocupaciones terrenales, pero un dios al fin y al cabo, capaz de ordenar, bendecir y, en última instancia, de perdonar incluso toda una vida de repugnantes masacres.

Los fotógrafos, especialmente convocados por Franco Colombo, inmortalizan de esta manera un follaje de manos derechas extendidas oblicuamente sobre una densa multitud, de la que emergen dos figuras verticales, erguidas, estatuarias, en medio del tumulto bullicioso, desordenado y tembloroso de seres vivos.

Mussolini y Colombo, lo sabemos, están de pie sobre un tanque, pero la multitud es tan densa, está tan apretada y el vehículo es tan bajo, que permanece oculta a la vista.

Al observar la foto, uno podría albergar la ilusión de que el jefe del fascismo y el de la Legión han sido generados por la propia multitud, en un parto vertical, una generación ascendente, dos megalitos sagrados que conectan la tierra de los hombres con este cielo maldito.

La evaluación de los acontecimientos nos plantea, una vez más, esta pregunta: ¿quiénes han sido los traidores?

Dado que seguimos llamándonos fascistas y estamos consagrados a la causa del fascismo, como lo hemos hecho desde 1919 hasta hoy y como seguiremos haciéndolo mañana, tras estos acontecimientos hemos dado un nuevo rumbo a la acción, tanto en el ámbito político como en el social.

De hecho, más que un nuevo rumbo, habría que decir con más precisión: un retorno a las posiciones originales.

En este punto, conviene pronunciar unas palabras sobre Europa y su concepto.

No quiero entretenerme en preguntarme qué es esa Europa, dónde empieza y dónde termina desde un punto de vista geográfico, histórico, moral y económico; tampoco me pregunto si un intento de unificación tendría hoy más éxito que los anteriores.

Eso me llevaría demasiado lejos. Me limito a decir que el establecimiento de una comunidad europea es deseable y quizá incluso posible, pero quiero declarar de manera explícita que no nos sentimos italianos en cuanto europeos, sino europeos en cuanto italianos.

La distinción no es sutil, sino fundamental.

Creo tener razón al afirmar que los habitantes del valle del Po no solo no desean, sino que deploran la llegada de los anglosajones, y no quieren saber nada de un gobierno que, a pesar de tener a un Togliatti como vicepresidente, traería de vuelta al norte a las fuerzas reaccionarias, plutocráticas y dinásticas, estas últimas ahora claramente protegidas por Inglaterra.

¡Cuán ridículos se nos aparecen esos republicanos que no quieren la República porque ha sido proclamada por Mussolini y podrían sucumbir a la monarquía deseada por Churchill! ¡Ello demuestra irrefutablemente que la monarquía de los Saboya sirve a la política de Gran Bretaña, no a la de Italia!

No se trata de armas secretas, sino de «armas nuevas», que, es obvio señalarlo, son secretas hasta que se utilicen en combate.

Que tales armas existen lo saben los ingleses por amarga experiencia; que a las primeras les seguirán otras puedo afirmarlo con pleno conocimiento de causa; que sean capaces de restablecer el equilibrio y posteriormente permitir la recuperación de la iniciativa en manos germánicas es, dentro de los límites de la predicción humana, casi seguro y ni siquiera remoto.

Ahora las Fuerzas Armadas Alemanas no solo no han sido destruidas, sino que se encuentran en una fase de creciente desarrollo y potencia.

Queremos defender, con uñas y dientes, el valle del Po; queremos que el valle del Po siga siendo republicano a la espera de que toda Italia lo sea.

El día en que todo el valle del Po esté contaminado por el enemigo, el destino de toda la nación se vería comprometido; pero presiento, veo, que mañana surgirá una forma irresistible y armada de organización, que hará la vida prácticamente imposible para los invasores.

Haremos de todo el valle del Po una sola Atenas.

Por lo que os he dicho, es evidente que la coalición enemiga no solo no ha ganado, sino que no ganará.

La monstruosa alianza entre plutocracia y bolchevismo ha sido capaz de perpetrar su bárbara guerra como si se tratara de la ejecución de un crimen colosal, aniquilando a multitudes de inocentes y destruyendo lo que la civilización europea había ido creando durante veinte siglos.

Pero no logrará aniquilar con sus tinieblas el espíritu eterno que erigió tales monumentos.

Los seis partidos antifascistas se afanan por proclamar que el fascismo ha muerto, porque lo sienten vivo.

Benito Mussolini, discurso en el Teatro Lirico de Milán,

16 de diciembre de 1944

Un pueblo digno de ese nombre nunca es derrotado hasta que depone las armas. Y nosotros no las depondremos hasta el día de la victoria.

Benito Mussolini, discurso desde la torre dell’Arengo de piazza San Sepolcro,

16 de diciembre de 1944

La gran primavera de la Patria es inminente.

Benito Mussolini, discurso desde el balcón del cuartel de la Legión autónoma Ettore Muti,

Milán, 17 de diciembre de 1944

Es verdaderamente un gran hombre, capaz de imponerse a los más grandes de la Tierra. El discurso fue asombroso; una verdadera obra maestra ante la que hay que quitarse el sombrero.

Comentario de Rudolf Rahn, embajador alemán

en la República Social Italiana,

tras la visita de Mussolini a Milán en diciembre de 1944

El viejo histrión ha vuelto a la palestra.

«Discurso de Mussolini en Milán», Libera Stampa,

Lugano, 22 de diciembre de 1944

Desde el sábado, me pregunto con cada vez más incertidumbre: ¿Ha girado la rueda de la fortuna a mi favor? ¿O soy yo mismo quien la ha hecho girar con mi viaje a Milán?

Benito Mussolini, carta a Clara Petacci,

20 de diciembre de 1944

¿Qué es en el fondo la vida? Polvo y altares, altares y polvo.

Benito Mussolini a Rudolf Rahn tras subir al coche que lo llevaría de regreso a Gargnano, 18 de diciembre de 1944