1944 #11
De las actividades de todos estos órganos policiales, dirigidos y guiados por hombres que no se sienten sujetos a ninguna directiva del Jefe provincial, hasta el punto de que este ni siquiera las conoce, se derivan consecuencias perjudiciales para la autoridad del propio Jefe provincial y, además, se esterilizan y eclipsan prácticamente las órdenes superiores que este recibe.
Se da, además, entre la gente, un generalizado sentimiento de desorientación o incluso de consternación, puesto que teme, como ocurre de hecho, verse sometida a acciones incontroladas y arbitrarias contra ellos y sus bienes.
Tal actividad dificulta por parte del Jefe provincial el determinar la suerte de los ciudadanos secuestrados de sus hogares, lugares de trabajo, etc.
, por alguna de las distintas fuerzas policiales, y establecer su grado exacto de responsabilidad.
Mario Bassi, nota para Benito Mussolini,
15 de septiembre de 1944
– Absolutismo y autonomía en la acción investigativa y represiva política;
– Ilegalidad y sadismo en los métodos de la policía judicial;
– Aquiescencia pródiga hacia las autoridades alemanas;
– Apropiación indebida;
– Ilegalidad de numerosas operaciones, arrestos y detenciones;
– Cobro de venganzas personales y sectarias;
– Abusos, extorsiones y concusiones.
Mario Bassi, «Recordatorio sobre la Oficina de Investigación Política», informe a Benito Mussolini,
21 de septiembre de 1944
¡Duce, desátanos las manos!
«¡Duce, desátanos las manos! Queremos vengar a nuestros caídos», en Brigata Nera «Aldo Resega», n.º 10,
30 de septiembre de 1944
La mayor masacre de todos los tiempos tiene un nombre: democracia; palabra bajo la que se esconde la voracidad del capitalismo judaico, que aspira, mediante la masacre de hombres y la catástrofe de la civilización cristiana, a la explotación científica del mundo.
Benito Mussolini, discurso a los camisas negras,
14 de octubre de 1944
Si el universo, como es indudable, se rige por las leyes de la justicia, la monstruosa coalición anglosajona-bolchevique no puede lograr sus objetivos de destrucción y explotación del mundo, dado que está guiada por una concepción puramente materialista de la vida, que es esencialmente una imposición judía y, por lo tanto, antieuropea.
Benito Mussolini, carta al Dr. Kurt Ellwangen,
7 de noviembre de 1944
Para San Agustín, el sublime absurdo que ha de expugnarse era Dios; el absurdo en el que tan firmísimamente creen la República Social Italiana y el Eje es la victoria. Dios y la victoria son dos resplandecientes conquistas del espíritu.
Benito Mussolini, nota para
Corrispondenza Repubblicana,
20 de noviembre de 1944
Y así, poco a poco, toda mi, toda nuestra Romaña, esa tierra de la que te enamoraste, esa tierra que te «aturdía» con su sol, su verdor, sus aromas, su gente, su mar: esa tierra está ahora bajo el odiado jugo [ sic ] de negros, polacos y otros bastardos. Me hace sufrir.
Benito Mussolini, carta a Clara Petacci,
9 de diciembre de 1944
Via Adua 14, Teatro Lirico
Via Rovello 2, cuartel de la Brigada Muti
Milán, 16-17 de diciembre de 1944
Sigue vivo. Ahí está. Ha envejecido.
Cuando Mussolini aparece en el escenario del Teatro Lirico a las 10:30 del 16 de diciembre de mil novecientos cuarenta y cuatro, han pasado ocho años desde su última visita a Milán —era noviembre de mil novecientos treinta y seis, durante los días, gloriosos para él, de la proclamación del Imperio italiano en Etiopía— y veinte meses desde su último discurso público, antes de la caída del régimen fascista.
La primera impresión de los mil seiscientos fieles entregados que abarrotan el patio de butacas y los palcos da la medida de la inclemente obra del tiempo, de los engaños de la juventud, del fin de los mundos.
Por primera vez en su larga trayectoria como irresistible orador, el Duce del fascismo sostiene en sus manos unas hojas donde está impreso su discurso, se pone unas gafas y muestra un rostro desgastado por la erosión de los años, en el que su célebre mandíbula evoca no la fuerza de voluntad, sino el afilado perfil de una calavera.
¿Es realmente él o han mandado a un sosias?
Además, ese hombre tan invocado ha llegado a la ciudad la noche anterior casi a escondidas, la ciudad está tomada por miles de hombres armados del servicio de orden para garantizar su seguridad —están presentes todas las milicias, la GNR, la policía, las Brigadas Negras de Resega, los legionarios de la Muti, la X MAS, el ejército y la fuerza aérea, agentes de la Sicherheitspolizei-Sicherheitsdienst, de la Gestapo nazi—, y por si fuera poco, a los organizadores se les ha ocurrido la desafortunada idea de levantar sobre el escenario un aparatoso podio cubierto de negro, que confiere a la escena un siniestro tono fúnebre.
Milán, la ciudad de las casas, ha quedado reducida a un desgarrador montón de escombros; la de la gente, a un rosario de almas petrificadas por la tragedia.
Sobre todo ello, como remate, cae la nieve.
Lleva días y días cayendo, como si quisiera extender un manto de letargo definitivo sobre los furiosos estremecimientos postreros del fascismo. También esta mañana ha vuelto a nevar.
Luego, sin embargo, Benito Mussolini empieza a hablar. La antigua magia se reanuda.
¿Quiénes han sido los traidores?
La pregunta es siempre la misma; la respuesta, irrelevante; el discurso, larguísimo.
Pero nada de esto importa. Lo que importa es que las enormes y espasmódicas expectativas se vean colmadas.
Miles de personas se han congregado en el Teatro Lirico, decenas de miles en el exterior, apiñadas alrededor de los altavoces prestados por los alemanes para difundir por calles y plazas la voz del Duce, fascistas llegados de noche desde las provincias de Lombardía para responder una vez más a la llamada, mujeres del Servicio Auxiliar Femenino reunidas para la ceremonia de juramento, niños disfrazados de soldados que, conmovidos, contemplan con sus luminosas miradas infantiles los dispositivos electrónicos que reproducen el sonido a distancia.
Su fervor es desesperado y sincero. Su envejecido mesías no los decepciona.
La métrica es la de siempre, la de los mejores días: durante más de una hora, la voz metálica de Benito Mussolini, Duce del fascismo, ametralla frases apodícticas, esparce consignas memorables, profiere certezas inamovibles.
El triunfo de la patria, la ruina del enemigo, la gloria del fascismo.
También el patrón sigue siendo el mismo, no cambia.
Mussolini, fiel a la primordial paranoia animista —si lo peor ha ocurrido, y ha ocurrido, debe haber sido por una maldición—, empieza denunciando la traición y señalando a los culpables.
Prosigue evocando los hermosos días de antaño, los buenos tiempos de los orígenes, el camino a casa.
Luego pasa a azuzar a su pueblo en el odio hacia el enemigo.
Son muchos los enemigos, pero de entre todos ellos, destaca sabiamente a uno en particular porque sabe que no se puede odiar con intensidad al mundo entero: los ingleses, la «pérfida Albión».
Son ellos a quienes hay que odiar. Y, después del odio, el amor.
Amor por él, por el hombre que trae la promesa de una inminente, inesperada e improbable victoria: las armas secretas de Hitler, la contraofensiva alemana en las Ardenas que hoy, por una afortunada pero fatídica coincidencia, los aliados alemanes han lanzado en Bélgica contra los invasores estadounidenses.
Por último, la lucha. El sentido de la lucha que inflama los ánimos, la jauría guerrera desatada contra el odiado enemigo:
—Nosotros queremos defender, con uñas y dientes, el valle del Po…
La multitud grita: ¡Sí!
—Nosotros queremos que el valle del Po siga siendo republicano, mientras esperamos que toda Italia lo sea…
Gritos entusiastas: ¡Sí, toda, toda!
—¡Nosotros haremos de todo el valle del Po una sola Atenas!
Gritos desaforados: ¡Sí, sí, sí!
Como remate, la invocación:
—¡Camaradas, queridos camaradas milaneses! ¡Es Milán quien debe proporcionar y proporcionará los hombres, las armas, la voluntad y la señal de la redención!
En esencia, es el viejo y familiar pentateuco de toda la retórica fascista: traición; retorno a los orígenes; odio al enemigo; promesa milagrosa; invocación a los presentes.
Pero, precisamente por eso, funciona. En la sala y fuera de ella, el discurso de Mussolini despierta un entusiasmo delirante que asombra a los alemanes escépticos, descorazonados y desdeñosos.
La fractura intrapsíquica que, desde hace meses, desde hace años, atormenta el espíritu fascista cada vez que la conciencia de una nueva derrota debe coexistir con la enésima y contumaz proclamación de la certeza de la victoria, esa fractura se repara por fin.
Acaso solo por medio día, pero se recompone.
Todos son conscientes, en el fondo, de que la guerra está perdida, pero precisamente por esa razón la multitud fascista, que no pedía nada más, se exalta en un último instante de alegría devota ante el eco de la antigua promesa.
«¡Duce! ¡Duce! ¡Duce!». Está vivo, ha estado alejado algún tiempo, pero ha vuelto entre nosotros.
Todo ser vivo, todo mortal lo sabe: es reconfortante, es maravilloso entregarse al evangelio del retorno.
En las horas y días siguientes, la visita de Mussolini a Milán prosigue por las calles del triunfo. Son solo las calles del centro, no las de los suburbios obreros, guarnecidas por milicianos y militantes reclutados por el partido, pero a fin de cuentas multitudes que lo vitorean.
Desde el Palacio de Gobierno en corso Monforte, donde se aloja temporalmente, el Duce sale repetidamente fuera, desplazándose siempre en un coche descapotable, a menudo a pie. Quiere demostrar a todos que es intocable, y lo demuestra.