El fin y el principio (M. 5) 1944 #10
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1944 #10

Todos estaban allí, en este oscuro otoño de mil novecientos cuarenta y cuatro, todos hombro con hombro en la antesala del dictador decrépito: asesinos, aventureros despiadados, idealistas ilusos y moralizadores, en el mismo barco que se hunde, a orillas de este lago exangüe.

Benito Mussolini no da señales de interrumpir su viaje; sigue aferrado a su apatía, a su alegría de naufragios, a su náusea de marinero de poca monta.

No lo ablanda el informe del joven prefecto y jefe provincial Mario Bassi sobre la peligrosa proliferación de organismos represivos que «ofrecen la oportunidad a forajidos, o en todo caso a elementos del hampa, de proclamarse y hacerse pasar por agentes de policía para cometer libremente incluso actos delictivos».

No lo conmueve la carta de Ildefonso Schuster, arzobispo de Milán, quien le escribe en estos mismos días: «Hemos llegado ya al punto en que, mientras que hace un mes en Milán había al menos siete comisarías de policía independientes entre sí, ahora cada oficial al mando de una escuadra de cincuenta hombres se cree autorizado para atacar aldeas, quemar granjas, encarcelar, torturar, fusilar y saquear por toda Lombardía»; no lo conmueve la noticia de que, el mismo 15 de octubre, al día siguiente de la visita de las Brigadas Negras, en Villamarzana (provincia de Rovigo), por orden del comandante de la Guardia Nacional Republicana local, son fusilados en su nombre nada menos que cuarenta y dos prisioneros, nueve chavales entre ellos, en grupos de seis, ante la mirada de sus familiares.

Al fin y al cabo, Benito Mussolini no ha pedido desembarcar de este trágico barco, ni siquiera cuando, entre el 29 de septiembre y el 5 de octubre, durante seis días y seis noches de atroz violencia, en las laderas del monte Sole, en la provincia de Bolonia, en una frenética orgía de derramamiento de sangre, los granaderos de las Waffen-SS, al mando del mayor Walter Reder, exterminaron a 1.

830 civiles italianos, muchos de ellos mujeres, ancianos y niños, con la complicidad activa de los milicianos fascistas.

No, Benito Mussolini permanece a bordo. Prisionero de la bonanza, engaña la espera de la tormenta entreteniéndose en delirios antidemocráticos («La mayor masacre de todos los tiempos tiene un nombre: democracia […

]») y antisemitas («[…] palabra bajo la cual se esconde la voracidad del capitalismo judaico […

]») y hasta pueriles meditaciones metafísicas («Si el universo, como es indudable, se rige por las leyes de justicia […

]») de las que deduce infaliblemente la absoluta certeza de la victoria.

Mussolini sigue desesperándose en privado, pero persiste en fingir en público que sujeta el timón con mano firme, que conoce a la perfección la ruta y el destino; recibe decenas de veces a Nicola Bombacci, su amigo de juventud, un líder comunista muy popular de principios de los años veinte, que luego cayó en desgracia, fue expulsado del partido y reaparece ahora para vaticinar, mientras todo se derrumba, la realización del sueño socialista en la última fase del fascismo de la República Social Italiana; concede audiencias a los secretarios federales de las provincias supervivientes y los engaña demostrando una certeza total en la victoria alemana gracias a las nuevas y milagrosas armas secretas de Hitler; se muestra tan confiado que llega a predecir la fecha exacta a partir de la cual comenzará la recuperación: la contraofensiva se desatará el día 1 de noviembre.

Pero luego entra noviembre, y no hay rastro del contraataque. Lo que sí llega, en cambio, es el invierno. Un invierno precoz. Los estadounidenses cruzan el Mosa y se adentran en Bélgica, los soviéticos invaden Prusia Oriental, el 9 de noviembre el avance aliado llega a Forlì.

La conquista de su tierra natal por parte del enemigo sume de nuevo al Duce en el lloriqueo: no puede tolerar la idea de los «negros en Romaña».

Una vez más, la regresión de una mente que se ha vuelto ferozmente infantil se fija en un detalle racial: los «odiosísimos negros» pisotean su tierra.

La jaculatoria vuelve a aparecer en sus cartas a Clara: «No he sabido elegir el momento de mi muerte.

¡Qué lástima! Si no fuera yo, sino un señor cualquiera, ¡me volaría la tapa de los sesos! Como me llamo Benito».

Pero no lo hace. Llega, entonces, el invierno.

A mediados de mes, los partisanos del norte de Italia reciben órdenes del general Alexander, comandante supremo de las fuerzas aliadas en el Mediterráneo: detener todas las operaciones a gran escala, asegurar armas y materiales, esperar nuevas instrucciones.

En definitiva, hay que aguardar la primavera.

Los libertadores venidos de las Américas, llegados al valle del Po, acampan durante el invierno.

En sus guaridas de la ciudad, en las colinas y en las montañas, los partisanos hacen lo mismo. Otro invierno, durísimo.

En Villa Feltrinelli, Benito Mussolini ordena encender la enorme estufa de terracota, que calienta todo el edificio desde el sótano mediante un ingenioso sistema de tuberías.

La habitación del ilustre huésped debe mantenerse a una temperatura alta y constante, lo que significa sobrecalentar todas las demás estancias hasta el punto de causar aturdimiento y mareos al personal de servicio, a los miembros del secretariado e incluso a los soldados de guardia.

Pero es bien sabido: el Duce no soporta el frío, el frío ejerce en él un efecto depresivo.

Escuela primaria «Francesco Crispi»,

Piazza Redipuglia, Gorla

Via Mozart 14, Villa Necchi Campiglio

Milán, otoño de 1944

Milán se prepara también para vivir otro invierno de ocupación nazi.

Entre masacres, aniversarios y asesinatos, la capital del primer y del último fascismo se hunde, atónita, en el hielo de su pesadilla.

Los bombardeos angloamericanos se han reanudado, masivos, despiadados.

El 20 de octubre, cien bombarderos estadounidenses despegan de la base de Castelluccio, en la llanura de Foggia, y atacan las tres fábricas de Breda, Alfa Romeo e Isotta Fraschini.

Los pilotos son chicos de veinte años, ignorantes, audaces.

Una bomba de doscientos treinta kilogramos atraviesa el tejado de la escuela primaria Francesco Crispi de piazza Redipuglia, en Gorla, un barrio obrero de la periferia norte.

Mueren la directora, diecinueve adultos entre maestros, conserjes y asistentes, y ciento ochenta y cuatro niños.

Serán recordados durante mucho tiempo por el único nombre que la consternada, exhausta compasión del pueblo milanés fue capaz de pergeñar en su memoria: los «pequeños mártires de Gor la».

Los padres, que acuden de inmediato desde las fábricas cercanas, buscan desesperadamente a sus hijos entre los escombros.

Cuando Franco Colombo llega con la Muti, la guerra civil vive una breve tregua.

Entre los gritos de sus madres, obreros del GAP y milicianos fascistas excavan juntos, con las manos desnudas incluso, buscando a los niños supervivientes entre los escombros.

El balance global del día del bombardeo ascenderá a seiscientos catorce muertos y más de seiscientos heridos.

Con todo, las matanzas entre los italianos no tardan en reanudarse.

Por parte de ambos bandos. La secretaría del Partido Fascista Republicano deja el Garda para mudarse a la ciudad, a via Mozart 14, a la Villa Necchi Campiglio, una magnífica residencia urbana diseñada como prototipo de lujo moderno ecléctico por el arquitecto Piero Portaluppi.

Allí se instala el vicesecretario nacional, Pino Romualdi, antisemita y fusilador de Parma.

Ahora Milán es, a todos los efectos, la capital del fascismo republicano.

En el asma de sus últimos momentos, sus dirigentes se entregan en cuerpo y alma a la caza de partisanos.

A la caza y a la celebración. A horcajadas entre el otoño y el invierno de mil novecientos cuarenta y cuatro, la gran ciudad en medio del valle del Po, como en un último arrebato de vitalidad antes del fallecimiento, es escenario de una letanía casi ininterrumpida de conmemoraciones, ritos colectivos, liturgias públicas.

Se evoca el vigésimo segundo aniversario de la marcha sobre Roma, el vigésimo sexto aniversario de la victoria en la Gran Guerra, el primer aniversario de la fundación de la República Fascista; se celebra toda efeméride, incluso la más reciente, la más arbitraria: la liberación de Mussolini del Gran Sasso, la refundación del Fascio republicano, el propio nacimiento de la Brigada Muti.

Todos en la plaza: soldados de distintas armas, especialidades y unidades, milicianos de todas las milicias, muchachas del servicio auxiliar femenino, viudas de guerra, enfermeras de la Cruz Roja, Osados de toda osadía.

Y los sacerdotes fascistas que los bendicen.

Y los jerarcas fascistas que pontifican.

Franco Colombo, una vez más, eclipsa a todos los demás.

No solo despliega a sus legionarios para marchar en filas compactas por las calles milanesas en los funerales colectivos de sus caídos, sino que también los despliega para celebrar la boda de cinco de sus chicos en la galería Vittorio Emanuele ante una población estupefacta.

De cada una de estas pequeñas aglomeraciones, solitarias y finales, de camisas negras, se alza obsesivamente un único e idéntico grito: «¡Mussolini en Milán! ¡Queremos ver a Mussolini en Milán!».