El fin y el principio (M. 5) 1944 #9
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1944 #9

Luego la escena se desmorona. Los combatientes antifascistas, conscientes de su destino, reaccionan, intentando escapar: la línea se deshace.

Los de la Muti abren fuego. Siegan las vidas de los catorce hombres que tienen delante no solo con precisos disparos de fusil, sino también con rabiosas ráfagas de ametralladora.

Los cuerpos son abatidos en el dinamismo de la carrera, destrozados todos ellos por docenas de balas, luego los arrastran por los pies hasta formar un montón.

Uno de ellos logra incluso escapar, perseguido por los legionarios, quienes lo rematan a tiros en via Palestrina.

Su cuerpo es arrastrado a la pila de los demás.

Solo entonces se aplaca la matanza, dejando una masa de cadáveres desfigurados en poses descompuestas, contorsionados, convulsionados, despedazados.

Los nazis ordenan que permanezcan expuestos.

Los fascistas cumplen también esta orden.

En Milán, la obscenidad deliberada de la muerte violenta en masa borra milenios de civilización en una sola mañana.

Después de las seis de la mañana, los obreros milaneses que se dirigen a sus fábricas empiezan a pasar por piazzale Loreto.

Se corre la voz. La gente acude en masa al lugar.

El cordón de legionarios, milicianos y brigadistas la contiene, con las armas en la mano.

Solo se deja un único corredor de paso para que el pueblo de Milán presencie el horroroso espectáculo que ofrece esa pila de cadáveres despatarrados y ensangrentados.

La línea de separación definitiva entre el fascismo y el pueblo de Milán se traza una segunda vez, dentro y más allá de la muerte.

Los camisas negras se carcajean, algunos escupen a los cadáveres, otros regañan a quienes se persignan.

Al otro lado, sin embargo, a despecho de las prohibiciones, una anciana se abre paso entre la multitud para depositar un ramo de flores.

Muchos otros la seguirán. A lo largo del día, una procesión de ciudadanos silenciosos lleva su indignación y dolor a piazzale Loreto. Otros muchos se echarán al monte.

También en este caso, como hizo el 5 de junio, Benito Mussolini pide ver la documentación fotográfica del suceso.

Se demora largo rato contemplando la muerte violenta, observando la espantosa masa de cadáveres.

También en este caso, como ya había hecho antes y volverá a hacer, escribe una carta de protesta al embajador Rahn, en la que deplora no la masacre en sí, sino su inutilidad.

Un testigo, miembro de su secretaría personal, contará haberle escuchado un comentario profético: «Esta sangre de piazzale Loreto —dice al parecer el Duce— la pagaremos cara».

La ley del talión debe ser nuestra ley.

El diente por diente y ojo por ojo no es suficiente.

La represalia debe ser en proporción geométrica al daño moral que las fuerzas antinacionales infligen a nuestra patria. ¡Ha llegado la hora de las escuadras!

El comandante (Franco Colombo), «Estamos hechos así», L’ora delle Squadre , n.º 6, julio de 1944

Asesinato, agresión, saqueo, robo, sabotaje son los crímenes atroces que los G. A. P. (Grupos de Acción Partisana) cometen cobardemente contra la nación […].

Estoy convencido de que toda la población, al execrar estos crímenes cometidos con la más infame cobardía, aprueba las medidas que he adoptado y colaborará en la eliminación de individuos indignos de pertenecer a la raza humana.

Aviso firmado por «Der Sicheheits- Kommandant» (probablemente el general Wilhelm von Tensfeld) publicado en el Corriere della Sera , 1 de agosto de 1944

De un informe oficial se desprende que «la ejecución tuvo lugar en piazzale Loreto de forma convulsiva y sin ninguna de las normas habituales.

A los quince individuos se les bajó del camión en la esquina de piazzale Loreto y se les pidió que se colocaran cara al muro de una casa en construcción.

Parece que los desgraciados desconocían que habían sido condenados a morir fusilados y, al estar vestidos con monos, pensaban que se dirigían a Alemania a trabajar.

Al darse cuenta de que había llegado su última hora, en un ataque de desesperación intentaron huir en varias direcciones.

El pelotón de fusilamiento, sorprendido por este hecho, inició un tiroteo con ráfagas de ametralladora que los mató a casi todos de inmediato, pero con heridas mortales en distintas partes del cuerpo.

Algunos de los cadáveres acabaron con un aspecto horripilante [… ].

«A las 8 de la mañana se le pidió al general Tensfeld de las SS, residente en Monza, permiso para retirar los cadáveres, pero la respuesta fue negativa […

]. A lo largo del día, una multitud considerable se congregó frente a la pila de cadáveres, y se produjeron numerosas escenas de horror y desmayos, especialmente entre las mujeres».

La ejecución y las circunstancias en las que se produjo han dejado una impresión extremadamente dolorosa en toda la población […

]. Con acciones llevadas a cabo de esta manera no solo no lograremos erradicar la rebelión, sino que obtendremos tres resultados:

1. Odio por parte de la población hacia las Fuerzas Armadas alemanas e italianas.

2. Aumento de las filas rebeldes por parte de muchas personas que, temiendo ser capturadas y deportadas a Alemania, prefieren echarse al monte.

3. Deserción de obreros y empleados de sus puestos y oficinas.

Benito Mussolini,

carta al embajador Rudolf Rahn,

finales de agosto de 1944

Existen distintos «grupos» armados que campan por sus respetos y nos sirven.

Benito Mussolini, carta a Clara Petacci,

18 de agosto de 1944

Benito Mussolini

Gargnano sul Garda, otoño de 1944

—¿Habéis traído un fotógrafo?

Ante los camisas negras de la Brigada Aldo Resega que han tomado parte en la masacre de piazzale Loreto, el Duce se muestra «vivo, exultante, lleno de entusiasmo, como en el pasado».

Los elogia profusamente, felicita a su comandante, Vincenzo Costa, por haberle hecho revivir, con su discurso de saludo, los «días radiantes» de la primavera de mil novecientos quince, cuando ambos, jóvenes intervencionistas, empujaron a patadas a Italia a entrar en guerra, y canta incluso « Giovinezza, giovinezza » al unísono con sus fascistas.

Más tarde, Benito Mussolini ordena que se abran de par en par los ventanales de la espaciosa terraza con vistas al lago y, ceñido por el paño gris verdoso de su uniforme de cónsul de la Milicia, posa entre los camisas negras para una foto de recuerdo.

Es el único que lleva gorra militar; los demás tienen la cabeza descubierta, calvos casi todos, con entradas o canas, escuadristas de primera hora, peones de la violencia fascista, llamados a retomar el servicio veinticinco años después, cuando el destino les depara su último lance.

Es el 14 de octubre de mil novecientos cuarenta y cuatro, y ha sido el propio Duce quien ha convocado a la Brigada Aldo Resega en Gargnano.

Los brigadistas tuvieron que viajar desde Milán con las primeras luces del día, evitando la autopista y tomando la carretera nacional para escapar de las emboscadas partisanas.

El domingo anterior, 8 de octubre, a las 12:00, el Duce recibió también a Franco Colombo.

Antes de la reunión con el comandante de la Legión Muti, quien proporcionó los fusiladores para piazzale Loreto, aparece en el registro de audiencias el ministro de Asuntos Exteriores, quien anota en su diario: «Encuentro al Duce muy deprimido: Kesselring no quiere que nuestras tropas luchen, en Alemania amenazan con disolver las dos divisiones que están allí esperando a ser desplegadas […

]. El Duce pronuncia comentarios sinceros y amargos sobre el destino que aguarda al pueblo italiano».

Unos minutos después, sin embargo, Mussolini se muestra confiado y valeroso con Colombo.

Lo escucha de buena gana informarle «sobre la organización de la Legión, sobre sus cuadros y efectivos, casi en su totalidad pertenecientes a la clase obrera, hombres de las antiguas escuadras de acción, reconstituidas después del 8 de septiembre, a los que se han ido uniendo poco a poco nuevos elementos de lealtad inquebrantable».

Franco Colombo sale de la reunión radiante.

En efecto, ni siquiera el nuevo prefecto de Milán, Mario Bassi, quien acude personalmente a Gargnano en estos días, ha logrado persuadir al Duce para que expulse a quienes emplean métodos «drásticos y violentos».