El fin y el principio (M. 5) 1944 #8
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1944 #8

Es la decimoséptima vez que ambos dictadores se ven en persona. Será también la última.

A su regreso a Gargnano, el jefe de lo que queda de la Italia fascista, tras librarse por pocas horas de la muerte, se hunde de nuevo en una autocompasión narcisista: «Querida —le escribe a Clara—, he pasado una semana en Alemania en un periodo de tensión dramática, verdaderamente dramática.

Llevo tres horas aquí en mi mesa y ya me siento asfixiado y asqueado por mil miserias, que ya me hacen sentir disminuido».

El 29 de julio, Benito Mussolini cumple sesenta y un años. Como de costumbre, se niega a celebrar su cumpleaños. La idea de envejecer le resulta intolerable. Solo se concede el placer de una manicura, de la que, pase lo que pase, simplemente no puede prescindir.

Nunca hubiera creído que esos perros angloamericanos llegarían hasta donde están en un mes.

Benito Mussolini, carta a Clara Petacci,

10 de junio de 1944

Con ordenanzas escritas en papel no llegaremos lejos.

Lo que necesitamos en estos momentos es ver, oír y tocar al Gobierno de la República, porque en ciertas situaciones, el hombre solo cree en la presencia real.

Como en las sesiones espiritistas, desde la oscuridad donde hemos estado tanteando dolorosamente durante meses, clamamos a la entidad invocada: ¡Si estás ahí, haznos una señal!

Concetto Pettinato, «Si estás ahí, haznos una señal», La Stampa,

21 de junio de 1944

Suceden acontecimientos inauditos: se funda una república, los italianos se abalanzan unos contra otros como perros, el enemigo avanza y ocupa regiones enteras, el supuesto «aliado», en su retirada, nos saquea y nos expolia cual si fuéramos su peor enemigo, la guerra arrecia sobre esta tierra y sobre este pueblo de la forma más atroz, y Vos, Vos no tenéis nada que decir, permanecéis oculto e inaccesible en un misterioso rinconcito de Italia.

Barna Occhini, carta a Benito Mussolini,

24 de junio de 1944

A medianoche del 25 de mayo, vence el plazo establecido para la presentación en los cuarteles del ejército y de la policía italiana y alemana de los soldados dispersos y miembros de bandas […].

Todos aquellos que no se presenten serán considerados forajidos y pasados por las armas mediante fusilamiento por la espalda.

Rogamos que os aseguréis de que el texto se publique de inmediato en todos los municipios de vuestra provincia.

Directiva a los prefectos, emitida al ministro Mezzasoma por el jefe de gabinete de la RSI, Giorgio Almirante,

17 de mayo de 1944

1. Proceder inmediatamente al encarcelamiento de varios miles de personas y a su envío a un campo de concentración.

Mejor dicho, establecer un vasto campo de concentración en nuestra provincia o en alguna provincia vecina […].

2. Suprimir el máximo número posible de personas sospechosas […].

Pino Romualdi, secretario federal fascista de Parma, carta al jefe de policía Alberto Bettini, 6 de junio de 1944

Art. 1 – La estructura político-militar del Partido se transforma en un organismo de tipo militar y constituye el Cuerpo Auxiliar de las Escuadras de Acción de los Camisas Negras […].

Art. 7 – El cometido del Cuerpo es luchar por la defensa del orden de la República Social Italiana, por la lucha contra bandidos y forajidos […].

Art. 9 – El servicio prestado en el Cuerpo se considera, a todos los efectos, como servicio militar.

Decreto n.° 446 de la RSI, 30 de junio de 1944

Estimado Mischi:

He leído vuestro orden del día en la lucha contra el bandidaje. Muy enérgico e inspirador. Estoy seguro de que las palabras se traducirán en hechos.

Debemos librarnos de esta muy odiosa plaga, a sangre y fuego.

Benito Mussolini, carta al general Archimede Mischi, jefe del Estado Mayor del Ejército, 29 de julio de 1944

10 de agosto – Las deserciones y las ausencias arbitrarias provocan el desbaratamiento de dos baterías del Regimiento de Artillería. Un desertor del III Grupo de Exploración es fusilado en Piana Crixia (Savona).

14 de agosto – Dos suboficiales y dos soldados del III Regimiento de Artillería son fusilados en Varazze.

15 de agosto – Un marinero es fusilado en Varazze y dos en Bastia di Albenga.

16 de agosto – 790 soldados abandonan arbitrariamente sus puestos; Ines Negri, de veintisiete años, es fusilada por incitar a la rebelión.

Del diario histórico de la división San Marcos, destinada a la provincia de Savona con funciones de represión antipartisana, 1944

Hoy en día, el Gobierno controla —y solo hasta cierto punto— la estrecha franja de llanura que se extiende a ambos lados del río Po.

Todo lo demás está prácticamente en manos de los rebeldes […

]. En la práctica, el Gobierno ya no tiene representación, salvo en las grandes ciudades, donde se gestan por lo demás los disturbios más peligrosos.

Informe de Rodolfo Graziani a Benito Mussolini sobre las operaciones coordinadas contra el bandidaje,

finales del verano de 1944

Viale Abruzzi 77

Piazzale Loreto

Milán, 8-10 de agosto de 1944

La primera bomba explota a las 8:15 del martes 8 de agosto.

Estaba colocada debajo de un camión con remolque de la marina militar alemana.

La gente acude al lugar, algunos por curiosidad, otros para ayudar a los heridos.

La segunda bomba explota poco después. Esta vez, el artefacto estalla en medio de la multitud.

El balance es terrible: cuatro transeúntes muertos en el acto, seis heridos de muerte.

Todos italianos. Salvo un soldado de la artillería antiaérea, todos civiles.

Ningún alemán. Se yerra completamente el blanco, un absoluto fracaso.

El único soldado de las tropas de ocupación alemanas alcanzado es el cabo Heinz Kuhn, que iba al volante del camión.

Sufre heridas leves de metralla en la mejilla derecha, que sanarán en pocos días.

Pero eso es suficiente. Cien rehenes fusilados por cada soldado alemán muerto, quince por cada soldado herido.

Theodor Saevecke decide inmediatamente tomar represalias, y el general Wilhelm von Tensfeld, responsable de la represión antipartisana, las autoriza.

El «verdugo de Milán», asistido por sus hombres en San Vittore, elabora personalmente la lista de los condenados.

Sin embargo, quienes apretarán el gatillo serán los italianos, decide Saevecke.

La reunión, celebrada en el Hotel del Turismo, la comandancia milanesa de la Wehrmacht, está impregnada de tensión dramática.

Costa, secretario federal fascista de Milán que ha sucedido a Aldo Resega y que, por lo tanto, encabeza la brigada de camisas negras que lleva su nombre, se declara contrario a la ejecución.

El coronel Pollini, comandante de la Guardia Nacional Republicana en la ciudad, no se muestra favorable a utilizar a sus hombres para el pelotón de fusilamiento.

El podestá Parini y el comisario de policía no han sido convocados para evitar su previsible oposición.

La situación se encamina a un estancamiento sangriento, pero se desbloquea cuando Franco Colombo se pronuncia a favor. Sus hombres abrirán fuego.

A las 4:45 del jueves 10 de agosto, se saca a quince hombres de las celdas de la prisión de San Vittore.

Todos son militantes antifascistas, pero no tienen ninguna relación con el atentado.

El más joven tiene veinte años. Se llama Renzo Del Riccio, es un obrero mecánico, socialista, soldado en primera línea durante la guerra.

Tras el armisticio del 8 de septiembre, no se rindió: continuó luchando contra los alemanes y luego pasó a la clandes tinidad.

El mayor, Salvatore Principato, tiene cincuenta y dos años.

Socialista él también, miembro de la 33.

ª Brigada Matteotti, con el nombre de guerra de «Sócrates», y en la vida civil, maestro de escuela primaria.

Tres guardias de la prisión los entregan a las SS.

Para apaciguar a las víctimas, los alemanes les ordenan que se pongan monos de trabajo o ropa de civil. Luego los suben a unos camiones.

Piazzale Loreto sigue desierta a esas horas.

Ha sido elegida por su proximidad al lugar del atentado y porque en esa explanada abierta y anónima la ciudad se pierde en las afueras.

Solo la abarrotaban un centenar de hombres armados de diversas fuerzas policiales fascistas, apostados para custodiar la plaza.

Están todos allí: legionarios de la Muti, milicianos de la GNR, hombres de la Brigada Negra Aldo Resega, aviadores del Batallón Azul.

Aparte de los perpetradores, la masacre no tendrá testigos.

Los quince rehenes bajan de los camiones.

Un oficial alemán les ordena alinearse contra la valla de madera que rodea las obras de construcción de una casa, cerca de la gasolinera, entre corso Buenos Aires, la plaza y via Andrea Doria.

A los desgraciados se les manda que se coloquen de cara a la empalizada porque los fascistas, considerándolos «traidores», pretenden fusilarlos por la espalda.

Durante un terrible instante, los quince prisioneros permanecen de pie ante los treinta legionarios de la Muti del pelotón de fusilamiento.

Los afrontan, pero, al estar de espaldas, no los miran.

Asesinos y morituri forman un solo grupo, desplegados en dos líneas paralelas, unidos por la muerte dada y recibida, pero abismalmente distantes, dos líneas que se prolongarán eternamente sin encontrarse jamás.

La inmovilidad preside la escena, la demarcación es clara, la muerte acecha.

A un lado y a otro, son todos italianos.

Y son todos combatientes. No hay «víctimas inocentes» esta mañana en piazzale Loreto.

Asesinos y asesinados, fusiladores y fusilados, opresores y oprimidos se afrontan.